Rincón desconocido de la semana en Salamanca: la Casa de María la Brava y su historia de venganza

La sobria fachada gótica de la Plaza de los Bandos esconde una historia ligada a las luchas entre familias nobles que marcaron la Salamanca del siglo XV

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El autor esTeresa Sánchez
Teresa Sánchez
Lectura estimada: 5 min.

Hay lugares por los que se pasa cientos de veces sin detenerse a mirar y, sobre todo, sin conocer realmente cuál es su historia. La Casa de María la Brava, en la Plaza de los Bandos, es uno de ellos. Su fachada gótica forma parte del paisaje cotidiano del centro de Salamanca, pero detrás de sus piedras se esconde el recuerdo de una ciudad dividida por las luchas entre familias nobles y la historia de una mujer cuyo nombre quedó ligado para siempre a una de las venganzas más célebres de la tradición local.

La casa no necesita grandes dimensiones ni una decoración especialmente recargada para llamar la atención. Un portalón con arco de medio punto, un balcón en la parte superior y un alfiz gótico de líneas quebradas, adornado con las características bolas de piedra del siglo XV, componen una fachada sobria en la que también destacan varios escudos nobiliarios. Es una construcción que conserva la imagen de las antiguas casas señoriales castellanas, pero cuyo verdadero interés va mucho más allá de la arquitectura. 

La tradición sitúa la construcción de la casa hacia 1485, después de los episodios que dieron fama a María Rodríguez de Monroy, conocida como María la Brava y del edificio original se conserva fundamentalmente la fachada, aunque su presencia sigue evocando aquella Salamanca de finales de la Edad Media en la que las rivalidades entre linajes podían desembocar en enfrentamientos mortales. Para entender por qué esta casa terminó asociada a una de las historias más conocidas de la ciudad hay que dejar por un momento la arquitectura y retroceder hasta una Salamanca dividida por las disputas entre dos bandos enfrentados.

Una ciudad dividida y una venganza 

La Salamanca del siglo XV era una ciudad en la que las familias nobles no solo buscaban conservar sus privilegios y sus propiedades, sino también imponer su influencia sobre el gobierno y la vida urbana. Las rivalidades entre linajes se traducían en alianzas, enfrentamientos y venganzas que podían prolongarse durante años y no se trataba de una disputa entre dos grupos perfectamente delimitados, sino de una compleja red de intereses familiares en la que los apoyos y las enemistades tenían un peso decisivo.

Aquella división terminó identificándose con dos grandes bandos: el de San Benito y el de Santo Tomé. Sus nombres procedían de las iglesias que servían como referencia a cada grupo y representaban también dos espacios de influencia dentro de Salamanca. En el enfrentamiento participaron familias como los Enríquez, los Maldonado, los Solís, los Manzano y los Monroy, cuyos intereses alimentaron una sucesión de conflictos que marcaron la historia de la ciudad durante buena parte de aquella época.

María Rodríguez de Monroy estaba vinculada al bando de Santo Tomé, a través de su matrimonio con Enrique Enríquez de Sevilla, señor de Villalba de los Llanos. La casa que hoy lleva su nombre se encuentra precisamente en las inmediaciones de la desaparecida iglesia de Santo Tomé, cuya presencia ayuda a explicar la relación entre este lugar y la historia de los Enríquez y los Monroy.

Como contábamos las disputas llegaron a afectar a la convivencia cotidiana y alimentaron una violencia que no se limitaba a los enfrentamientos entre nobles, sino que repercutía sobre el conjunto de Salamanca. Fue así como María de Monroy se convirtió en protagonista de una de las leyendas más persistentes de la ciudad. 

La tradición sitúa en torno a 1465 el episodio que marcó la vida de María Rodríguez de Monroy. Según el relato transmitido durante generaciones, sus hijos, Pedro y Luis, fueron asesinados por los hermanos Manzano en el marco de esas rivalidades. Algunas versiones cuentan que el enfrentamiento se desencadenó durante una partida de pelota, a raíz de una disputa que terminó de forma violenta aunque los detalles varían según los relatos, pero todos coinciden en el desenlace. La noticia habría dejado a María ante una pérdida irreparable, pero lejos de ser una mujer resignada surgió como alguien dispuesta a perseguir a los responsables de la muerte de sus hijos.

La leyenda cuenta que los hermanos Manzano escaparon a Portugal y que María organizó una expedición para encontrarlos, acompañada por hombres armados y criados. La búsqueda habría terminado en Viseu, donde, según la tradición, consiguió dar con los fugitivos y matarlos para después regresar a Salamanca con sus cabezas para llevarlas a la iglesia de Santo Tomé. Algunas versiones añaden que las depositó sobre los sepulcros de sus hijos mientras que otras incorporan detalles todavía más dramáticos sobre su entrada en la ciudad y la exhibición de las cabezas.

Más allá de todo lo que haya de leyenda o verdad en estos hechos la realidad es que ayudan a comprender cómo un episodio asociado a la violencia nobiliaria fue adquiriendo, con el paso del tiempo, una dimensión legendaria. María Rodríguez de Monroy pasó a ser conocida como María la Brava, una denominación que resume la imagen de una mujer que habría respondido a la muerte de sus hijos con una venganza implacable. Su figura quedó asociada a la determinación, el valor y la severidad, aunque también a un mundo en el que el honor familiar y la represalia podían alimentar una cadena interminable de violencia.

La violencia no terminó con un único episodio ni desapareció por la muerte de algunos de sus protagonistas y Salamanca vivió así una etapa en la que las rivalidades nobiliarias condicionaron la convivencia y dejaron una profunda huella en la memoria de la ciudad.

En ese escenario destacó Juan de Sahagún, fraile agustino al que la tradición atribuye un papel decisivo en la pacificación de los bandos. Su labor de mediación contribuyó a que las familias enfrentadas aceptaran poner fin a sus disputas y el 30 de septiembre de 1476 se firmó la concordia que simbolizó el final de aquella etapa de enfrentamientos y la actual Plaza de los Bandos conserva precisamente esa memoria. 

Es en esta plaza de Los Bandos donde la casa de María la Brava constituye uno de los testimonios más visibles de aquella época aunque no debe confundirse el edificio conservado con la vivienda original de la protagonista.

Una fachada que ha sobrevivido a los siglos

Del edificio histórico se conserva, como hemos dicho, fundamentalmente la fachada, que ha llegado hasta el presente con algunas modificaciones. El interior y la evolución posterior del inmueble impiden contemplarlo como una casa nobiliaria que hubiera permanecido intacta desde el siglo XV y es que como tantos edificios de Salamanca, ha atravesado distintas etapas, usos y transformaciones.

La Casa de María la Brava también ha formado parte del proceso que han vivido otros muchos edificios del centro hasta conseguir darles una función sin perder ese valor histórico que los convierte en parte de la identidad de Salamanca. Viinculada durante años al patrimonio de la antigua Caja de Ahorros de Salamanca y posteriormente a Unicaja, fue objeto de actuaciones de rehabilitación y de propuestas para incorporarlo a la vida cultural de la ciudad.

Una de las iniciativas más destacadas ha la creación de la Casa de la Ciencia 'CSIC-María la Brava', concebida como un espacio dedicado a la divulgación científica. El proyecto comenzó a tomar forma institucional en septiembre de 2026, cuando el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), la Junta de Castilla y León, el Ayuntamiento de Salamanca y Unicaja anunciaron su colaboración para ponerlo en marcha.

Unicaja cedió gratuitamente el uso del inmueble al CSIC para este fin y el convenio para su puesta en marcha quedó formalizado en octubre de 2024 y el pasado verano se aprobó una financiación por parte de la Junta de 500.000 euros para cubrir diferentes necesidades para el desarrollo de la actividad.

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