Rincón desconocido de la semana en Salamanca: Santiago del Arrabal, la iglesia medieval que se volvió a inventar

Junto al río Tormes se conserva uno de los templos más antiguos de la ciudad, aunque apenas queda del edificio que llegó hasta el siglo XX

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Rincón desconocido de la semana en Salamanca: Santiago del Arrabal, la iglesia medieval que se volvió a inventar
Iglesia de Santiago del Arrabal
El autor esTeresa Sánchez
Teresa Sánchez
Lectura estimada: 6 min.

Hay rincones de Salamanca que no son totalmente desconocidos pero por los que se pasa cientos de veces sin detenerse a mirar y, sobre todo, sin conocerse realmente cuál es su historia y la iglesia de Santiago del Arrabal es uno de ellos. Sitada junto al Puente Romano, a orillas del Tormes, prácticamente en el mismo lugar por el que durante siglos entraron en la ciudad viajeros y peregrinos procedentes del sur. A su lado permanecen el antiguo puente y el conocido verraco de piedra, dos elementos que ayudan a entender la importancia histórica de este enclave y que son generalmente los que se llevan casi todas las miradas. El templo, además, suele permanecer cerrado y eso ha contribuido a que siga siendo un rincón relativamente desconocido incluso para muchos salmantinos.

Santiago puede parecer una iglesia más para quien cruza la zona camino del centro o hacia las afueras de la ciudad. Su aspecto de templo románico-mudéjar parece contar una historia que se remonta directamente a la Edad Media y, aunque solo sea en parte, así es. Pero hay algo que conviene saber antes de observar sus muros de ladrillo pensando en aquella época: la iglesia que vemos hoy es el resultado de una reconstrucción llevada a cabo en el siglo XX.

Entre 1951 y 1965, el arquitecto Anselmo Arenillas dirigió una intervención que transformó profundamente el edificio. La restauración partió de una iglesia medieval que se encontraba en un estado de deterioro importante y terminó convirtiéndola en una especie de modelo ideal del románico-mudéjar salmantino. Estudios sobre aquella intervención llegan a calificar el resultado como una reconstrucción en estilo prácticamente completa y por eso la historia de Santiago del Arrabal doble.

Es la historia de una de las iglesias más antiguas de Salamanca, pero también la de una restauración que ha generado debate entre los especialistas. Para entenderlo hay que volver al principio.

La iglesia del arrabal

La iglesia fue fundada en 1145 y estuvo vinculada a la comunidad mozárabe. Su propio nombre explica su ubicación: se encontraba fuera de las murallas, en el arrabal, en una zona que durante siglos tuvo una condición muy diferente a la de la ciudad protegida por el recinto amurallado. Al otro lado del Tormes se extendía un barrio humilde, con viviendas y molinos, especialmente vulnerable a las crecidas del río. El agua formaba parte de la vida cotidiana de sus habitantes y también acabaría siendo uno de los grandes enemigos de la propia iglesia.

Pero aquella posición, que podía parecer periférica, era también estratégica. Por allí discurría uno de los caminos utilizados por los peregrinos que recorrían la Vía de la Plata hacia Santiago de Compostela. La iglesia estaba, por tanto, en uno de los primeros puntos de carácter religioso que encontraban quienes llegaban a Salamanca desde el sur. Su advocación al apóstol Santiago parece cobrar así todo su sentido.

Durante siglos, el templo tuvo una presencia destacada en la vida de la ciudad porque cada año, con motivo de la festividad de Santiago, los miembros del Ayuntamiento acudían a caballo a la iglesia tanto en la víspera como el día de la celebración en un cortejo precedido por un heraldo con la bandera de la ciudad en una tradición que se recoge que permaneció hasta el siglo mismo XIX. No era, por tanto, una pequeña iglesia perdida en los márgenes de Salamanca y una prueba todavía más significativa de su importancia es que Santiago del Arrabal mantuvo, junto con la Catedral, el derecho de asilo hasta 1772.

La imagen que tenemos hoy puede llevar a pensar que estamos ante un edificio prácticamente intacto pero nada más lejos. El  templo original era una construcción modesta de ladrillo, de estilo románico, con planta basilical y una cabecera formada por tres ábsides. El central era poligonal y los laterales semicirculares. Contaba además con una torre situada a los pies y las naves estaban cubiertas originalmente con estructuras de madera.

Con el paso de los siglos, Santiago fue cambiando. Como tantos otros templos, incorporó elementos de diferentes épocas y en el siglo XVIII experimentó una transformación barroca y sobre el ábside mayor se abrió una ventana-camarín, uno de esos elementos que recordaban que las iglesias históricas no permanecen congeladas en el momento en que fueron construidas. Pero el cambio profundo estaba por llegar. 

El templo antes de la restauración

 

El edificio presentaba a mediados del siglo XX graves problemas de conservación por el paso del tiempo, el mantenimiento deficiente y seguramente también por las continuas crecidas del Tormes que habían hecho mella en una construcción con cubiertas hundidas, algunos muros desplazados y la estabilidad comprometida. Y así comenzaron en 1951 unas obras con el objetivo aparente de contener la ruina y reparar los elementos más dañados. Había que reconstruir la armadura del tejado, reforzar los ábsides y encontrar y subsanar problemas en muros de carga que pudieran abocar a su desplome. Pero aquella actuación terminaría yendo mucho más lejos.

De restaurar a reconstruir

Al frente de las obras estaba Anselmo Arenillas Álvarez, un arquitecto formado en Valladolid que desarrolló buena parte de su actividad en el ámbito de la restauración monumental y que se planteó recuperar su aspecto medieval. En sus estudios llegó a descubrir estructuras que habían quedado enterradas hasta más de un metro de profundidad y a partir de aquellos restos, Arenillas fue reconstruyendo la imagen que consideraba que debía haber tenido la iglesia.

Ahí está precisamente el origen de la controversia porque algunas de las partes que se incorporaron no eran reconstrucciones basadas en documentos que permitieran saber exactamente cómo habían sido, sino interpretaciones realizadas a partir de los elementos conservados y del conocimiento que el arquitecto tenía de la arquitectura románico-mudéjar.

Desapareció la antigua torre, se modificaron los accesos, se reconstruyeron los ábsides y se actuó sobre las paredes interiores y exteriores. También se levantó un nuevo remate sobre el crucero y se construyó una nueva espadaña de piedra. Y de ahí las críticas que señalan que el arquitecto llegó a "inventar un nuevo edificio". José Ramón Nieto llegó a señalar que prácticamente nada de lo antiguo se conservaba tras las obras, mientras que otros especialistas calificaron la intervención de arbitraria y hablaron directamente de una "obra inventada" o de una "reinvención".

Arenillas consieró que estaba realizando una restauración rigurosa y que los nuevos elementos servían para recuperar la unidad y la comprensión del templo medieval con un método partía de los restos encontrados y, a partir de ellos, completaba aquello que consideraba coherente con el estilo románico-mudéjar. El problema es que ese modo de entender la restauración, basado en recuperar una supuesta pureza estilística, podía acabar borrando precisamente las huellas de las distintas épocas que habían formado parte de la historia del edificio.

Las obras se prolongaron durante catorce años. Se reconstruyeron cubiertas, se actuó sobre las fachadas, se modificaron elementos interiores y se incorporaron puertas, ventanas y vidrieras. En 1960 se proyectó una nueva linterna sobre el crucero y poco después se levantó la espadaña.

De esta forma lo hoy parece una iglesia medieval perfectamente reconocible es también el producto de una determinada manera de entender la restauración monumental a mediados del siglo XX. Por eso, quizá sea más interesante visitar Santiago sabiendo que no estamos simplemente ante los restos de un templo fundado en 1145. Estamos ante algo más complejo: una iglesia medieval transformada por los siglos y, finalmente, reinterpretada por un arquitecto que quiso devolverle una imagen ideal de su pasado.

La controversia no está únicamente en cuánto se reconstruyó. Está en una pregunta mucho más difícil: ¿hasta dónde puede llegar una restauración antes de convertirse en una recreación? Quizá por eso merezca la pena detenerse la próxima vez que pasemos por allí. Mirar sus muros de ladrillo, su silueta y sus ábsides con otros ojos.

 

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