La pequeña capilla de Nuestra Señora de la Misericordia que nació para alojar a quienes llegaban a Salamanca seis siglos después ofrece alojamiento a visitantes
Rincón desconocido de la semana en Salamanca: Las seis vidas de una ermita escondida
La pequeña capilla de Nuestra Señora de la Misericordia que nació para alojar a quienes llegaban a Salamanca seis siglos después ofrece alojamiento a visitantes
En Salamanca hay edificios que parecen formar parte del paisaje desde siempre y que, sin embargo, esconden historias capaces de sorprender incluso a quienes llevan toda la vida pasando junto a ellos. Uno de esos lugares está en la Plaza de San Cristóbal. Frente a la iglesia románica que da nombre a la plaza se levanta una pequeña construcción de piedra de Villamayor que puede pasar inadvertida entre el patrimonio monumental de la ciudad. Es la Ermita de Nuestra Señora de la Misericordia que tiene más de seis siglos de historia y, probablemente, pocas construcciones salmantinas hayan cambiado tantas veces de vida.
Nació en 1389 como lugar de acogida para peregrinos. Después se convirtió en espacio de asistencia a los condenados a muerte y en lugar de enterramiento de los ejecutados. En el siglo XX fue escuela, sede de actividades obreras, cine parroquial e imprenta. Llegó después el abandono, el deterioro y su entrada en la Lista Roja del Patrimonio. Ahora acaba de comenzar otra etapa, convertida en apartamentos turísticos.
Y ahí está quizá la historia más curiosa de todas: la pequeña capilla que nació para alojar a quienes llegaban a Salamanca vuelve, más de seis siglos después, a ofrecer alojamiento a quienes visitan la ciudad.
Primera vida: un hospital para peregrinos
Para encontrar el origen de este discreto edificio hay que viajar hasta 1389. Ese año, doña Sancha Díaz dejó en su testamento una casa y un lagar con el propósito de crear un albergue u hospital destinado a atender a romeros y peregrinos. La fundación nacía, por tanto, vinculada a una de las necesidades más importantes de la Salamanca medieval: ofrecer cobijo y asistencia a quienes llegaban a la ciudad. La actual capilla es heredera de aquella fundación.
Su primera vida no fue exactamente la de un templo monumental, sino la de un lugar de acogida. Antes de las portadas barrocas, de las cofradías y de las historias de condenados a muerte, hubo allí viajeros que necesitaban un lugar donde descansar. Más de seiscientos años después, esta primera función adquiere un curioso eco en el presente. Pero antes tendrían que pasar muchas cosas.

Segunda vida: la capilla de los condenados
Durante el siglo XVI se produjo una profunda reorganización de la asistencia hospitalaria en Salamanca. Los pequeños hospitales que se habían ido repartiendo por la ciudad fueron concentrándose en instituciones de mayor tamaño, y la fundación de la Misericordia perdió su función hospitalaria. Según la documentación recogida por Hispania Nostra, la reorganización se produjo en época de Felipe II, después de la correspondiente reorganización hospitalaria mediante Real Cédula. El edificio adquirió entonces una función mucho más inquietante.
Bajo el amparo de la Cofradía de Nuestra Señora de la Misericordia, comenzó a atender a los condenados a muerte. Los cofrades acompañaban y consolaban espiritualmente a los reos durante sus últimas horas y, después de la ejecución, se encargaban de recoger sus cuerpos y darles sepultura. La función se mantuvo hasta bien entrado el siglo XIX y la propia Diócesis de Salamanca señala que la atención a los condenados a muerte se prolongó hasta casi mediados de ese siglo. La pequeña capilla de la Plaza de San Cristóbal se convirtió así en un lugar asociado a los últimos momentos de quienes iban a ser ejecutados.
Tercera vida: la piedra que todavía cuenta su historia
Aunque el interior ha cambiado profundamente, el exterior conserva algunas de las huellas más interesantes de su pasado. La capilla está construida con piedra de Villamayor, el material que da buena parte de su identidad al paisaje monumental salmantino u conserva dos portadas de épocas diferentes. La primera es plateresca, del siglo XVI, y contiene un pequeño relieve de la Virgen de la Misericordia.
La segunda corresponde al siglo XVIII y es mucho más exuberante. Su decoración barroca está formada por tallas, follajes, colgantes, tarjetas, conchas y líneas quebradas. Hispania Nostra recoge la atribución de esta portada a Andrés García de Quiñones, uno de los grandes arquitectos vinculados a la Salamanca del siglo XVIII.
Las dos portadas son, en cierto modo, un resumen de la propia historia de la capilla: una fundación medieval que fue creciendo, transformándose y adaptándose con el paso de los siglos.
Hubo además otro elemento que hoy ya no puede verse en la plaza y es que tuvo una espadaña churrigueresca, pero en 1916 fue desmontada y trasladada a la Iglesia Vieja de Pizarrales, donde todavía se conserva.

Cuarta vida: obreros, escuela y cine
El siglo XX volvió a cambiar por completo el destino del edificio. El Obispado cedió la capilla a la Unión Ferroviaria y Obrera para la celebración de actos culturales. Después, el inmueble tuvo también uso como escuela parroquial y hacia 1945 llegó otra de sus vidas más inesperadas: se convirtió en cine parroquial. Durante un tiempo, aquel espacio que había acogido peregrinos y acompañado a condenados a muerte sirvió para proyectar películas. Es difícil encontrar un edificio que concentre en tan pocos metros una sucesión semejante de usos: hospital, capilla de reos, espacio de actividad obrera, escuela, cine y queda un uso más.
Quinta vida: la imprenta
A partir de los años setenta, la antigua capilla fue desacralizada y pasó a utilizarse como imprenta. El uso industrial se prolongó durante décadas y así el edificio dejó definitivamente de ser un espacio religioso y pasó a formar parte de una Salamanca mucho más cotidiana: la de los talleres, los negocios y la actividad comercial. Paradójicamente, aquel último uso fue también uno de los factores que contribuyeron al deterioro del inmueble y es que la capilla llegó al siglo XXI muy lejos de la imagen de una construcción histórica cuidada. La piedra de Villamayor sufría un intenso proceso de arenización y el edificio presentaba problemas de humedad, deterioro y diferentes añadidos realizados a lo largo del tiempo.
En 2014, Hispania Nostra incluyó la capilla en su Lista Roja del Patrimonio, señalando precisamente el grave deterioro del inmueble y la necesidad de una intervención. Entre los problemas descritos estaba la arenización de la piedra de Villamayor, agravada desde la reurbanización de la Plaza de San Cristóbal a finales de los años noventa por las condiciones de evacuación y contacto con el agua. Durante años, aquella pequeña capilla histórica permaneció así: visible para cualquiera que cruzara la plaza, pero cada vez más olvidada.

Sexta vida: de la Lista Roja a los apartamentos
El cambio comenzó finalmente con la rehabilitación del edificio. En 2025 arrancaron las obras para transformar la antigua capilla en un conjunto de ocho apartamentos turísticos así que una de las primeras actuaciones fue retirar la deteriorada cubierta de fibrocemento y sustituirla por una nueva solución constructiva.
El proyecto contemplaba una inversión de algo más de 325.000 euros y ocho apartamentos con capacidad para alojar hasta 32 personas y la intervención ha supuesto la consolidación de los muros, la limpieza de las fachadas, la sustitución de carpinterías y la renovación de la cubierta, entre otras actuaciones.
De esta manera ha tenido una consecuencia especialmente significativa desde el punto de vista patrimonial porque el 25 de mayo de 2026, Hispania Nostra retiró la Capilla de Nuestra Señora de la Misericordia de la Lista Roja y la incorporó a su Lista Verde, al considerar que la intervención ha evitado el riesgo de ruina. La asociación señala, no obstante, que el uso turístico no es el más apropiado para el inmueble y que sus espacios interiores han quedado muy transformados. La noticia pone fin, al menos por ahora, a una etapa especialmente delicada en la historia del edificio.
Seis siglos, seis vidas
La historia de la capilla de la Misericordia puede leerse como una pequeña historia de Salamanca y quizá por eso merece una mirada diferente. No es uno de los grandes monumentos de Salamanca ni pretende competir con las catedrales, la Universidad o la Plaza Mayor. Su valor está precisamente en otra parte: en todo lo que ha ocurrido alrededor de ella y en las distintas generaciones que han encontrado un uso para sus mismos muros.
Hay además una última coincidencia que parece cerrar el círculo y es que como hemos dicho en 1389, doña Sancha Díaz dejó una casa y un lagar para crear un albergue donde pudieran ser atendidos romeros y peregrinos. Ahora, más de seis siglos después, la antigua capilla vuelve a tener entre sus paredes a personas que llegan desde fuera de Salamanca para pasar unos días en la ciudad. Ha cambiado todo: el edificio, la sociedad, la plaza y hasta la manera de viajar pero, en cierto modo, la ermita ha vuelto a vivir como nació: dando cobijo al viajero.
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