La antigua portada de las Bernardas, casi escondida en el Parque de los Jesuitas, es el último vestigio visible de un convento del siglo XVI desaparecido casi por completo
Rincón desconocido de la semana en Salamanca: La puerta que sobrevivió a un convento y casi nadie mira
La antigua portada de las Bernardas, casi escondida en el Parque de los Jesuitas, es el último vestigio visible de un convento del siglo XVI desaparecido casi por completo
Hay lugares de Salamanca que no necesitan estar en una gran plaza ni aparecer en las primeras páginas de una guía para contar una buena historia. Basta con saber dónde mirar. En el Parque de los Jesuitas, alejada del bullicio de la Plaza Mayor y de las colas frente a la Universidad, permanece una de esas pequeñas piezas de la ciudad que pasan desapercibidas para muchos: la antigua portada del convento de las Bernardas.
A simple vista puede parecer únicamente una entrada monumental a un parque. Sin embargo, esas piedras fueron durante siglos la puerta de acceso a un convento que ya no existe como tal y que nació en la Salamanca del Renacimiento. Su historia habla de religiosas, familias poderosas, arquitectura, transformaciones urbanas y, sobre todo, de cómo una ciudad puede perder un edificio entero y conservar, casi por casualidad, una parte de su memoria.
El origen hay que buscarlo en 1552, cuando Francisco de Herrera y María de Anaya fundaron el convento del Santo Nombre de Jesús para religiosas cistercienses de San Bernardo. La decisión de levantarlo fuera de las murallas no fue casual: dentro de la llamada cerca nueva ya no había espacio suficiente para construir el complejo que habían proyectado. El nuevo convento se levantó junto a la antigua Puerta de Santo Tomás, siguiendo las trazas de Rodrigo Gil de Hontañón y Martín Navarro, dos arquitectos vinculados a algunas de las construcciones más importantes de la Salamanca del siglo XVI. El conjunto tenía una estructura mucho más compleja de lo que hoy permite imaginar la solitaria portada: un patio cercado, un claustro de dos plantas inspirado en el del Colegio del Arzobispo Fonseca y una iglesia. De todo aquello, el visitante actual apenas puede reconstruir la historia a través de unos pocos vestigios. Y ahí está precisamente el interés de esta portada.

LA PUERTA QUE DEJÓ ATRÁS SU CASA
La iglesia y el claustro consiguieron sobrevivir a la desaparición del convento, aunque quedaron integrados posteriormente en el colegio de San José de Calasanz de los Padres Escolapios. La portada, en cambio, tomó otro camino. El acceso que durante siglos marcó la entrada al recinto conventual terminó separado del edificio al que pertenecía.
Hoy se encuentra en el Parque de los Jesuitas, convertida en una especie de pieza arqueológica al aire libre. Ya no conduce al convento de las Bernardas ni separa la vida cotidiana de la ciudad del espacio reservado a una comunidad religiosa. Ahora simplemente abre el paso a un parque.
Ese cambio de función es, probablemente, una de las cosas más curiosas del lugar. Al atravesarla, resulta fácil olvidar que no fue concebida como decoración para un jardín, sino como la entrada a un complejo religioso del siglo XVI. Y merece la pena detenerse unos minutos antes de cruzarla.
La portada está organizada en dos cuerpos. En el inferior se encuentra el acceso, con un arco de medio punto rodeado por columnas clásicas. En las enjutas aparecen los medallones de San Pedro y San Pablo. Sobre ellos, una hornacina cobijada por una venera contiene la representación de la Virgen con el Niño y San Bernardo. A ambos lados aparecen los escudos de los fundadores, Francisco de Herrera y María de Anaya, mientras que todo el conjunto queda rematado por un frontón triangular de inspiración renacentista.
No hace falta ser experto en arquitectura para descubrir que hay algo especial en ella. Basta con saber que cada uno de esos elementos formaba parte de un mensaje pensado para quienes cruzaban aquella puerta hace casi cinco siglos.
EL CONVENTO QUE SALAMANCA FUE PERDIENDO
La historia de las Bernardas tampoco terminó con la construcción del convento. Con el paso del tiempo, el conjunto fue transformándose hasta que buena parte de sus edificios acabaron desapareciendo. Los cambios urbanos terminaron imponiéndose y el antiguo recinto conventual quedó reducido a unos pocos supervivientes. La iglesia y el claustro quedaron incorporados al colegio de los Escolapios. La portada fue separada del conjunto y trasladada a su ubicación actual.
A finales de los años cincuenta, además, las Madres Bernardas abandonaron aquel espacio y se trasladaron a un convento más modesto en el Camino de las Aguas, en las afueras de la ciudad.
De aquella Salamanca religiosa queda hoy una huella fragmentada: una iglesia escondida dentro de un colegio, un claustro que ha perdido su contexto original y una portada que encontramos en un parque. Quizá por eso este rincón resulta tan interesante. No estamos ante un monumento intacto que permita contemplar cómo era un convento del siglo XVI. Estamos ante los restos de una historia que la ciudad ha ido desmontando y recolocando con el paso de los siglos.
El Parque de los Jesuitas no suele competir en las rutas turísticas con las catedrales, la Universidad o la Plaza Mayor. Y la portada de las Bernardas tampoco tiene el protagonismo de otros grandes monumentos salmantinos. Precisamente ahí reside su encanto.
Porque Salamanca también se descubre en estas pequeñas piezas que han quedado fuera del relato más conocido de la ciudad. Una portada puede parecer simplemente una portada hasta que alguien cuenta que es la puerta superviviente de un convento desaparecido, que fue diseñada en el siglo XVI y que hoy se encuentra lejos del edificio para el que fue concebida.
Quizá la próxima vez que alguien entre Parque y atraviese ese arco ni siquiera se dé cuenta de que está cruzando una pequeña frontera entre dos épocas. Pero las piedras sí lo saben y llevan casi quinientos años contando la historia.
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