La vida después del cáncer de mama: la historia de Lurdes, de paciente a trabajadora de Oncología

Diagnosticada a los 42 años, Lurdes ha vuelto al trabajo tres años después. Convive con secuelas y transmite esperanza a otras mujeres: "Hoy, gracias a la ciencia, vivimos la mayoría"

La vida después del cáncer de mama: la historia de Lurdes, de paciente a trabajadora de Oncología
Lurdes Gutiérrez en Valero
El autor esTamara Navarro
Tamara Navarro
Lectura estimada: 6 min.

Hay noticias que cambian la vida en apenas unos segundos. Desde Valero, el pueblo salmantino del que es Lurdes, comienza una historia que dio un giro inesperado poco antes de las navidades, cuando al palparse el pecho notó un bulto. Decidió esperar para contarlo y no preocupar a su familia durante las fiestas. Después se lo contó a su pareja, Ismael, y ambos acudieron al médico de Familia. La primera sospecha de malignidad confirmó sus temores y abrió una etapa marcada por la incertidumbre.

La médica les advirtió de que el bulto probablemente fuera maligno, aunque todavía eran necesarias más pruebas. A Lurdes le preocupaba también cómo comunicar la noticia a sus seres queridos, especialmente porque su hermana Ramona ya había pasado por un cáncer de mama.

"Es muy duro contarle a la gente que tú quieres lo que probablemente es", recuerda emocionada. Finalmente, reunió fuerzas y escribió un mensaje en uno de los grupos de WhatsApp de sus hermanas.

Después de las pruebas llegó la confirmación. Tenía 42 años cuando la cirujana le comunicó que el tumor era maligno. Estaba acompañada por Ismael y parte de su familia. Ante el diagnóstico, tuvo claro que lo importante era actuar cuanto antes.

"Es malo, hay que quitarlo. Cuanto antes empecemos a hacer las cosas, mejor", cuenta. Al salir de la consulta, Ismael y su hermana Isa se vinieron abajo, pero ella trató de mantenerse firme. Cuando la cirujana le explicó que probablemente sería necesario extirparle la mama izquierda, tampoco dudó: "Que hiciera lo que fuera necesario, que el caso era estar bien".

Estaba dispuesta a afrontar el tratamiento y hacer lo necesario para recuperarse. Pero había algo que le preocupaba especialmente, por encima incluso de su propia enfermedad.

Cuando se le pregunta qué fue lo más difícil emocionalmente, Lurdes no habla primero de la operación ni de los tratamientos. Habla de su hijo, que tenía solo cuatro años cuando recibió el diagnóstico.

"Emocionalmente, mi hijo. Que tenía cuatro años solo. Y el miedo a que te pase algo", se rompe.

Era el temor de una madre que se enfrentaba a una enfermedad grave mientras su hijo todavía era muy pequeño. Intentaba mantener una actitud positiva porque las pruebas evolucionaban bien y los tratamientos transcurrían sin grandes complicaciones, pero el miedo a que pudiera ocurrir algo seguía presente.

En ese camino estuvieron Ismael, sus hermanas y sus amigos. "Siempre han estado ahí. Siempre que los he necesitado", recuerda agradecida. También reconoce que no todas las personas cuentan con una red de apoyo semejante y destaca la importante labor de la Asociación Española Contra el Cáncer en Salamanca para quienes necesitan acompañamiento durante la enfermedad.

Mastectomía y tratamientos

El tratamiento comenzó con una operación en la que le extirparon la mama izquierda y le colocaron un expansor para preparar la piel antes de la posterior reconstrucción. Después llegó la quimioterapia, una vez que la herida estuvo suficientemente cicatrizada, y posteriormente la radioterapia.

Lurdes recuerda que sus analíticas salían bien y que no tuvo que retrasar ningún ciclo. Los efectos secundarios fueron escasos y pudo afrontar los tratamientos con una actitud positiva. "Los llevaba bastante bien. Pocos efectos secundarios, por no decir ninguno. Así que siempre he sido positiva y lo he llevado bien", explica.

También guarda un buen recuerdo de la atención recibida en el hospital, donde destaca el trato de los profesionales de Oncología y la cercanía de los voluntarios. "No tengo ninguna queja, todo lo contrario", afirma.

Terminar los tratamientos no significa necesariamente recuperar el cuerpo de antes. Lurdes convive con varias secuelas: la extirpación de los ganglios le provocó un linfedema en el brazo izquierdo, por el que ha necesitado rehabilitación y debe utilizar una manga y un guante. Además, continúa con los pies adormecidos, tiene las venas del brazo derecho dañadas por la quimioterapia y nota molestias en las rodillas y las caderas, especialmente cuando permanece mucho tiempo sentada.

"Físicamente ya no vuelves a ser la misma", resume. Aunque insiste en que se encuentra bien, sabe que hay consecuencias que no siempre se ven desde fuera. "La mentalidad es que ya eres un enfermo para toda la vida", afirma.

La pérdida del cabello y la extirpación de una mama pueden afectar profundamente a la imagen personal, pero explica que no fueron los aspectos que más le costó asumir. Cuando empezó a perder el pelo, decidió rapárselo e incluso pidió que le hicieran una fotografía durante el proceso. "El pelo crece", recuerda.

Al día siguiente de la operación, cuando la cirujana acudió a revisarla, también pidió a una de sus hermanas que le hiciera una fotografía para poder verse.

Su manera de afrontar la enfermedad sorprendió incluso a la psicóloga de la AECC, que la valoró antes de participar en una actividad de bachata organizada por la asociación. Según recuerda, la profesional le comentó que contaba su experiencia con mucha naturalidad y que podría colaborar como voluntaria.

Ella, sin embargo, no pretende que su manera de vivir el cáncer sirva como modelo para otras personas. "Cada paciente afronta la enfermedad de una forma distinta y necesita un acompañamiento diferente", explica.

También reflexiona sobre las frases que se dicen con buena intención, pero que no siempre ayudan. Expresiones como "eres una campeona", "eres una luchadora" o "esto no es nada" pueden hacer que una persona enferma sienta que los demás no comprenden realmente lo que está viviendo.

"Es que no hay que decir nada", explica. Para ella, acompañar no consiste en encontrar la frase perfecta ni en intentar quitar importancia a lo que sucede, sino en estar presente, compartir un rato y escuchar. A veces, hablar de cualquier otra cosa y hacer compañía puede ayudar mucho más que repetir palabras de ánimo.

Su familia y sus amigos estuvieron ahí durante todo el proceso. Por eso insiste en que acompañar también significa saber estar en silencio, sin exigir a la persona enferma que se muestre fuerte ni que hable constantemente de su enfermedad.

"Hoy, gracias a la ciencia, vivimos la mayoría"

Trabajar en Oncología para cerrar un ciclo

Tres años después de la operación, Lurdes ha regresado a la vida laboral. Hasta entonces había trabajado en una clínica dental, pero, cuando recibió una oferta a través de la bolsa de empleo del hospital, pudo elegir entre cuatro servicios. Escogió Oncología, una decisión que para ella tenía un significado especial.

"Escogí el de Oncología porque es una manera de cerrar un ciclo y porque creo que con el paciente iba a empatizar mucho. Porque los entiendes, porque entiendes lo que les pasa, entiendes todo", explica.

Era la primera vez que trabajaba en un hospital y regresaba al servicio que había conocido como paciente, aunque ahora desde el otro lado. La experiencia le ha permitido comprender mejor a quienes atraviesan la enfermedad y recuperar parte de su rutina. "Te viene fenomenal trabajar, te viene fenomenal porque al final estás ocupada. Y te vuelves a sentir válida", afirma.

Aunque los tratamientos terminaron, las revisiones continúan. Al principio acudía cada dos meses para realizarse analíticas relacionadas con la medicación que mantuvo después. Tras finalizarla, en febrero, los controles se espaciaron hasta los seis meses.

En septiembre se sometió a una nueva revisión con mamografía, ecografía y analítica. La evolución favorable permite espaciar las consultas, pero la inquietud no desaparece. "Cada vez que vas a revisión vas con un poco de miedo, aunque te encuentras bien", reconoce.

Poco a poco, el trabajo y las rutinas vuelven a ocupar su lugar. Sin embargo, hay cosas que no desaparecen cuando termina el tratamiento: el recuerdo de lo vivido, el temor que reaparece con cada revisión y una nueva forma de entender a quienes reciben un diagnóstico como el suyo.

Un mensaje

Desde su propia experiencia y la confianza en los avances médicos, Lurdes lanza un mensaje de esperanza a las mujeres que acaban de recibir un diagnóstico de cáncer de mama. "Pues que sean valientes. Porque hoy, gracias a la ciencia, vivimos la mayoría. Así que que sean valientes", aconseja.

Ahora, desde su trabajo en Oncología, acompaña a personas que están pasando por aquello que ella misma vivió. Sabe lo que hay detrás de una mirada preocupada, de la espera de unos resultados o del miedo que cuesta poner en palabras. Porque ella también estuvo ahí.

Quizá por eso entiende que no siempre hacen falta palabras de ánimo ni promesas de que todo saldrá bien. A veces basta con escuchar, compartir un rato o permanecer al lado de alguien cuando el miedo no deja espacio para nada más.

Lurdes conoce ahora las dos caras de esa experiencia: la de quien espera una respuesta y la de quien acompaña a otra persona mientras llega. Y entre ambas hay algo que permanece: la importancia de no tener que atravesar el miedo en soledad.

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