Laura, la salmantina con cáncer de mama que cuestiona la obligación de ser una guerrera: "Mañana me levantaré y seguiré adelante"

Reivindica no tener que mostrarse siempre fuerte y recuerda que el cáncer no termina cuando acaba el tratamiento: la carga mental y las cicatrices también forman parte del proceso

Laura, la salmantina con cáncer de mama que cuestiona la obligación de ser una guerrera: "Mañana me levantaré y seguiré adelante"
El autor esTamara Navarro
Tamara Navarro
Lectura estimada: 9 min.

Escribir sobre Laura es también escribir sobre una amiga. Y eso hace que encontrar las palabras sea mucho más difícil. Como periodista, una aprende a escuchar, a preguntar y a contar las historias de los demás; pero cuando la persona que tienes delante es alguien a quien quieres, la distancia que exige el oficio se vuelve más complicada. Laura tiene 37 años, es salmantina y natural de Los Santos. Recibió el diagnóstico de cáncer de mama unos días antes de la Navidad de 2024 y, desde entonces, ha atravesado la quimioterapia, las operaciones y la radioterapia. Su tratamiento continúa y todavía le quedan años de medicación. Su historia habla del miedo, de las secuelas que no siempre se ven y de la importancia de acompañar también cuando parece que todo ha terminado. Pero, sobre todo, habla de una mujer que no necesita ser una heroína para seguir adelante.

Aquel diagnóstico llegó en un momento cotidiano que nunca habría imaginado que acabaría recordando para siempre. Su madre le estaba haciendo un alisado permanente cuando decidió abrir la aplicación del médico. Llevaba meses siguiendo la evolución de un bulto y, después de varias pruebas, intuía que algo no iba bien. Lo que todavía no tenía era un nombre. Hasta que leyó en el informe aquellas palabras: adenocarcinoma infiltrante. "En ese momento te quedas sin saber muy bien la que se viene encima", recuerda.

Lo primero fue el miedo, pero también la necesidad de entender. Quería saber qué significaba aquello, qué iba a pasar a partir de entonces y qué podía hacer para encontrarse mejor. Sin embargo, durante las primeras semanas sintió que le faltaba información y que las respuestas no llegaban al ritmo que necesitaba. No fue hasta después de Reyes cuando los médicos comenzaron a explicarle con más detalle lo que estaba ocurriendo. En medio de aquella incertidumbre, su oncóloga también le orientó sobre otros aspectos importantes para afrontar el proceso, como la alimentación, el ejercicio físico y el apoyo psicológico, complementos al tratamiento médico que le permitieron empezar a cuidar de sí misma desde una perspectiva más amplia.

Porque recibir un diagnóstico de cáncer no significa saber cómo enfrentarse a todo lo que viene después. También significa aprender a convivir con preguntas para las que todavía no hay respuesta, mientras se intenta asimilar una noticia que cambia la vida de una persona y de quienes la rodean. Cuando se lo contó a su pareja y a su familia, todos tuvieron que encontrar su propia manera de afrontar lo que estaba sucediendo. Hubo momentos en los que ella intentó mostrarse fuerte para que los demás la vieran mejor y otros en los que fueron ellos quienes tuvieron que sostenerla. "Yo lo iba a sufrir, evidentemente, pero ellos me iban a cuidar y van a tener que estar ahí fuertes para mí", explica. En ese camino, aprendió que el cáncer también afecta a quienes acompañan a la persona que recibe el diagnóstico.

"¿Qué pasa, que si me muero no he luchado lo suficiente? ¿No he sido lo suficientemente valiente?"

Las cicatrices que no siempre se ven

El tratamiento también ha cambiado la relación con su propio cuerpo. La caída del cabello fue uno de los primeros momentos difíciles: ver cómo se desprendía en puñados cada vez que se peinaba resultaba impactante. Después llegó el día de raparse la cabeza, que recuerda como un momento menos duro de lo que había imaginado. Sin embargo, con el tiempo descubrió que algunas de las imágenes más difíciles de afrontar llegaban después, cuando volvió a tener pelo y se encontró mirando las fotografías de aquellos meses. "Cuando veo las fotos de esos meses, el corazón se encoge, se encoge y tienes que respirar hondo y seguir", cuenta. En esas imágenes no ve únicamente los cambios físicos, sino también los sentimientos y las emociones que tuvo que atravesar durante el tratamiento.

A las consecuencias visibles se suman las cicatrices de las operaciones, la del reservorio por el que recibía la quimioterapia y las que le han quedado en las axilas. Aunque en su caso le han reconstruido el pecho y han realizado una intervención para simetrizarlo, reconoce que su cuerpo ya no es el mismo que antes. También ha tenido que convivir con importantes secuelas físicas que durante meses le impidieron utilizar los brazos con normalidad. Recuperar movimientos cotidianos, volver a hacer deporte o coger peso son tareas que requieren tiempo y una adaptación constante. La enfermedad no termina en el quirófano ni desaparece cuando el cuerpo empieza a recuperarse: permanece también en esas pequeñas limitaciones que obligan a aprender de nuevo cosas que antes parecían sencillas.

En todo ese proceso, su pareja ha sido su principal refugio, aunque también destaca el apoyo de sus padres, su hermana y sus amigas. Guarda un recuerdo especialmente entrañable de sus sobrinos y de la manera en la que entendieron lo que le estaba pasando. Su forma sencilla de explicar la enfermedad y de intentar comprender qué iban a hacerle, especialmente durante la operación, se le quedó grabada. En medio de tantas preguntas, el cariño de los suyos ha sido una de las constantes a las que agarrarse.

Pero hay algo que le ha resultado especialmente difícil durante estos meses: la forma en la que hablamos del cáncer. Las expresiones relacionadas con la lucha, la guerra o la figura de la mujer guerrera están muy presentes cuando alguien recibe un diagnóstico. Se utilizan con la intención de transmitir ánimo, pero ella cree que también pueden convertirse en una carga para quien ya está soportando demasiado. "¿Qué pasa, que si me muero no he luchado lo suficiente? ¿No he sido lo suficientemente valiente?", se pregunta.

No se siente una superheroína ni cree que esté librando una batalla contra un monstruo al que pueda vencer con más fuerza de voluntad. Se siente una persona que preferiría estar haciendo planes con su pareja, su familia y sus amigas, disfrutando de la vida sin tener que cargar con la enfermedad. No quiere que se confunda el valor con la obligación de poder con todo. "Si no puedo, tampoco pasa nada. Mañana me levantaré y seguiré adelante", afirma. Hay días en los que puede con todo y otros en los que necesita ayuda; momentos en los que se siente preparada para continuar y otros en los que la incertidumbre pesa demasiado. Y eso no la hace menos valiente.

"No es un año malo y se acaba. Esto es una carrera de fondo"

El cáncer no termina cuando acaba la quimioterapia

Durante los primeros meses intentó compaginar el tratamiento con el trabajo. Continuó trabajando desde casa mientras recibía la quimioterapia porque mantenerse ocupada le ayudaba a tener la mente distraída. También siguió las pautas de una nutricionista oncológica e incorporó el ejercicio de fuerza para afrontar mejor el tratamiento farmacológico. Aun así, reconoce que lo más duro no siempre fueron los efectos físicos, sino la carga mental de intentar sostenerlo todo mientras las cosas no salían necesariamente como esperaba.

Hubo momentos, especialmente a mitad de la quimioterapia, en los que se planteó varias veces si necesitaba atención psicológica. Cuando las noticias no eran las esperadas y las certezas empezaban a tambalearse, aparecían las dudas: si tenía fuerzas suficientes, si podía asumir lo que estaba pasando o si necesitaba más apoyo. "Para mí, lo más duro de todo es la carga mental", reconoce. Cuidarse, seguir las pautas médicas y hacer todo lo posible para encontrarse mejor no garantiza que el camino vaya a ser sencillo. En esos momentos, la red de apoyo formada por su pareja, su familia y sus amigas ha sido fundamental.

Sin embargo, uno de los aspectos que más le gustaría que la gente entendiera es que el cáncer no termina cuando acaba el tratamiento más agresivo. Después de la quimioterapia llegaron las operaciones, la radioterapia, la rehabilitación y la vuelta al trabajo. Más tarde tuvo otra intervención para completar la reconstrucción y la simetrización del pecho. Y el proceso continúa: Tiene por delante cinco años de tratamiento farmacológico oral, con inibidores de la aromatasa, además de terapias dirigidas durante dos años, para reducir el riesgo de que el cáncer vuelva.

Son tratamientos que también condicionan su vida cotidiana, con efectos secundarios, menos fuerzas y limitaciones que le impiden hacer algunas de las cosas que antes realizaba con normalidad. A todo ello se suma el miedo a una posible recaída, una incertidumbre que no tiene por qué ocupar cada día, pero que permanece en algún lugar de la experiencia de quienes han pasado por una enfermedad oncológica.

"No es un año malo y se acaba. Esto es una carrera de fondo", afirma. A veces, cuando una mujer vuelve al trabajo o recupera el pelo, quienes la rodean creen que todo ha quedado atrás. Pero los tratamientos pueden prolongarse durante años, las secuelas continúan y el cuerpo necesita adaptarse a una realidad diferente. También puede ocurrir que, pasado el primer impacto, la presencia de quienes acompañaban se vuelva más distante. No necesariamente porque se hayan olvidado, sino porque la enfermedad deja de ocupar el mismo espacio en sus vidas mientras sigue muy presente en la de quien la atraviesa.

Por eso, su petición es sencilla: que no se olvide la empatía de los primeros meses. No hace falta preguntar constantemente por la enfermedad ni obligar a nadie a hablar de sus sentimientos. Basta con interesarse de vez en cuando, preguntar sinceramente cómo está y dejar la puerta abierta para que pueda contar lo que necesite. Un mensaje, una conversación o la posibilidad de compartir un día difícil pueden marcar la diferencia. Porque quizá es precisamente después, cuando parece que todo ha terminado, cuando una paciente puede sentirse más desamparada.

En su caso, la experiencia también le ha enseñado a cuidarse más y prestar atención a su propia salud. Ha descubierto las dificultades que existen para encontrar cosméticos adecuados a las necesidades de las pacientes oncológicas, especialmente cuando aparecen problemas dermatológicos, y la importancia de informarse sobre sus ingredientes. Pero también ha encontrado algo inesperado: una nueva relación con el ejercicio físico. Antes del diagnóstico nunca había practicado deporte de fuerza como lo hace ahora y ha descubierto que le gusta, que se siente bien y que es capaz de levantar peso. "De sentirme fuerte, de sentirme más viva quizá", explica. En medio de un proceso difícil, también ha descubierto nuevas formas de cuidarse y de sentirse fuerte.

Si pudiera volver a aquel día en el que leyó el diagnóstico, sabe lo que haría: abrazaría muy fuerte a aquella mujer que todavía no sabía todo lo que estaba por venir. Le diría que el camino sería largo, que aprendiera a cuidarse desde todos los ámbitos y que siguiera apoyándose en las personas que quiere. Porque, si algo ha sido fundamental durante estos meses, ha sido precisamente ese cariño que la ha sostenido cuando ella no encontraba fuerzas suficientes.

Ese sería también su mensaje para cualquier mujer que reciba un diagnóstico de cáncer de mama: que se apoye en las personas a las que quiere, que pida ayuda cuando la necesite y que cuide de sí misma con el acompañamiento de los profesionales sanitarios. La alimentación, el ejercicio y la atención psicológica pueden formar parte de ese cuidado, siempre junto al tratamiento médico indicado.

"Para mí, lo más duro de todo es la carga mental"

Contar esta historia también significa enfrentarse a la dificultad de encontrar el equilibrio entre la mirada de periodista y los sentimientos de amiga. Querer a Laura hace que algunas de sus palabras pesen de otra manera y que resulte imposible leer su experiencia como si fuera una historia más. Pero precisamente por eso importa contarla: porque detrás de las cifras, los tratamientos y las campañas de concienciación hay personas que siguen viviendo, trabajando, queriendo y haciendo planes mientras atraviesan la enfermedad.

La historia de Laura no es la de una mujer que se ha convertido en invencible ni la de alguien que ha dejado atrás todas las dificultades. Es la historia de una persona que continúa con su tratamiento, que convive con las secuelas y que intenta recuperar su vida mientras aprende a vivir con todo lo que ha cambiado. Una mujer que quiere seguir haciendo planes, compartiendo tiempo con su pareja, su familia y sus amigas, y disfrutando de las cosas cotidianas que antes formaban parte de su día a día.

Y, sobre todo, es la historia de alguien que no necesita que la llamen guerrera ni que le recuerden que puede con todo. Necesita que la acompañen también cuando el resto del mundo crea que ya está bien. Que alguien vuelva a preguntarle cómo está, que escuche la respuesta y que permanezca a su lado cuando los tratamientos, el miedo o las secuelas sigan formando parte de su vida. Porque a veces, frente a una enfermedad que lo cambia todo, el gesto más importante no es encontrar las palabras perfectas, sino quedarse.

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