Cristina, frente al cáncer de mama: "La sierra de mi pueblo ha sido mi terapia"
Diagnosticada de cáncer de mama a los 38 años, la salmantina de Linares de Riofrío cuenta cómo afrontó el miedo, las secuelas y la ansiedad para aprender a vivir de otra manera
Hay noticias que dividen la vida en un antes y un después. Cristina tenía 38 años cuando el cirujano le dijo que tenía cáncer de mama. Recuerda que también le dijo que había tenido suerte, que lo habían detectado a tiempo. Pero ella no podía entender aquellas palabras. ¿Qué suerte podía haber en tener cáncer con 38 años? Se enfadó, lloró y sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. No pensó en estadísticas ni en posibilidades: pensó que iba a morir y que sus hijos se quedarían sin su madre.
"No podía comer porque me daba la sensación de que alimentaba al cáncer. Tampoco podía ni hablar, ni dormir", recuerda. Todo se detuvo. La enfermedad ocupó cada pensamiento y cada rincón de su vida. "Se me paró como la vida, se me paró la vida", cuenta. Durante aquellos primeros días, solo podía llorar. No entendía cómo había llegado hasta allí ni cómo iba a enfrentarse a todo lo que se abría ante ella.
Cristina es salmantina, de Linares de Riofrío, y en aquel momento tenía motivos de sobra para sentir miedo. Además de afrontar su propio diagnóstico, acababa de descubrir la enfermedad rara de su hija Mena y sentía que tenía que sacarla adelante, que debía garantizarle un futuro feliz y digno. No sabía cuánto tendría que soportar ni qué consecuencias dejaría el tratamiento, pero sí sabía lo que no podía permitirse perder: la posibilidad de estar junto a sus hijos.
"Si me moría, me lo llevaba todo por delante", explica. Y, sin embargo, algo dentro de ella le decía que tenía que levantarse. Que no podía quedarse en la cama ni un momento. Que sus hijos necesitaban verla y que ella quería seguir estando ahí. No porque hubiera dejado de tener miedo, sino porque la vida de quienes más quería seguía dependiendo, en parte, de su presencia. Mientras intentaba encontrar fuerzas para afrontar el cáncer, Cristina también intentaba proteger a sus hijos de un miedo que ni ella misma sabía cómo gestionar.
A su lado estuvo Javier, su pareja, a quien recuerda como su gran apoyo durante todo el proceso. Cristina habla de una enfermedad dura, de momentos en los que el miedo lo invade todo, pero también de la necesidad de reírse cuando se puede. No presenta su historia como una batalla en la que siempre haya sabido cómo actuar. La cuenta desde la incertidumbre, desde las lágrimas y desde el esfuerzo de levantarse cada día sin saber del todo qué le esperaba.
"Si me moría, me lo llevaba todo por delante"
El cáncer que no termina cuando acaba el tratamiento
El diagnóstico fue solo el principio. Después llegaron las pruebas, las consultas, las intervenciones y el tratamiento. Cristina recuerda el miedo a lo desconocido, pero también el daño que pueden hacer las historias que otras personas cuentan con la intención de ayudar. "Todo el mundo conoce a alguien y habla y no se da cuenta del daño que hace", explica. Cada experiencia ajena se queda dentro: quien ha fallecido, quien ha salido adelante, las complicaciones, las recaídas. Aunque sepas que cada caso es diferente, es difícil no pensar en todo lo que puede pasar.
Durante ese tiempo, Cristina deseaba que le quitaran de una vez aquel "bicho" que llevaba dentro. La operación supuso un antes y un después. Hasta entonces sentía que no era persona; después pudo volver a levantarse cada mañana con sus hijos y empezar a mirar hacia delante. Pero salir del quirófano no significó recuperar automáticamente la vida anterior. El tumor podía haber salido de su cuerpo, pero todavía quedaba un largo camino para volver a reconocerse a sí misma.
Una de las partes más difíciles ha sido la relación con su cuerpo. Los tratamientos le hicieron ganar peso y, aunque dejara de comer e hiciera deporte, no conseguía cambiarlo. Se miraba y no se sentía bien. "Yo diría que era una persona segura y me volví una persona totalmente insegura con mi cuerpo", reconoce. A la transformación física se sumaron los cambios hormonales, que afectaron a su forma de pensar y de sentirse. Cristina explica que dejó de reconocerse también por dentro, como si su cabeza ya no respondiera de la misma manera.
El cansancio constante, la pérdida de memoria, el dolor en las articulaciones, los sofocos, las migrañas y los cambios de peso forman parte de las secuelas con las que ha tenido que aprender a convivir. También habla de la castración química y de la ausencia de estrógenos, una realidad que nunca imaginó que pudiera influir tanto en su bienestar. Son consecuencias que no siempre se ven, que no aparecen necesariamente en una fotografía y que pueden pasar desapercibidas para quienes dan por hecho que, una vez terminado el tratamiento, todo vuelve a la normalidad.
Pero no es así. "El cáncer no termina con la última sesión de radioterapia ni con la única inyección de goserelina", explica. Después queda aprender a vivir con el cuerpo que ha cambiado, con el cansancio, con el dolor y con una cabeza que a veces vuelve al mismo lugar: el miedo a que la enfermedad haya regresado. "La enfermedad me cambió y apareció la ansiedad en mi vida", cuenta. Desde entonces, cualquier molestia puede despertar la sospecha de que ha vuelto "el puto bicho este", como lo llama.
Las consultas y los tratamientos llegaron a ocupar gran parte de sus días. Pasaba tantas horas en el hospital que los trabajadores ya la conocían. "Yo entraba en el hospital y la gente me saludaba porque es que estaba allí todo el día", recuerda. A todo ello se sumaban la enfermedad de su hija, mientras ella trataba de afrontar sus propias secuelas y seguir presente para ellos. Porque el cáncer no solo pone a prueba a quien recibe el diagnóstico: también cambia la vida cotidiana, las relaciones y la manera de mirar cada día que viene.
Para afrontar algunas de las consecuencias físicas de los tratamientos, existen recursos como Ginecáncer, un servicio de Patología Mamaria dirigido a mujeres jóvenes con cáncer de mama. Allí se ofrece orientación para hacer más llevaderos los efectos de los tratamientos hormonales, con recursos como "el aprendizaje del uso de dilatadores y las infiltraciones de ácido hialurónico". Son apoyos que buscan aliviar algunas de las secuelas que pueden prolongarse más allá del tratamiento y que forman parte de ese camino que Cristina todavía tiene que recorrer para aprender a convivir con los cambios que ha dejado la enfermedad.
"Eso de que eres una campeona, que eres fuerte, a mí eso no me gustaba nada, nada de nada"
La sierra donde podía dejar de ser fuerte
En medio de todo aquello, Cristina encontró en la sierra de Linares de Riofrío un lugar en el que no necesitaba fingir que estaba bien. Allí caminaba durante horas, muchas veces sola. Lloraba, gritaba y reía. Dejaba salir el miedo, la rabia y la tristeza, pero también encontraba momentos de alivio. No tenía que dar explicaciones ni responder a las expectativas de nadie. Podía, sencillamente, sentir lo que sentía.
"La sierra de mi pueblo, que me he pasado horas y horas caminando sola, llorando, gritando, riendo. Esa ha sido mi terapia, la sierra", cuenta. En esa imagen aparece una Cristina distinta a la que tantas veces se espera ver cuando alguien enferma: no una mujer invencible, siempre sonriente y dispuesta a poder con todo, sino una persona que ha necesitado su espacio para romperse un poco y volver a levantarse. En la sierra no tenía que demostrar que era fuerte. Podía permitirse tener miedo.
Hay una escena que sigue doliéndole especialmente cuando la recuerda: el momento en que tuvo que contarle a su hijo que estaba enferma. El niño se había enterado en el colegio y le preguntó si se iba a morir. Cristina tuvo que responder a una pregunta para la que ella misma tampoco tenía una certeza absoluta. Le dijo que no, que no se iba a morir, que se curaría como tantas otras personas.
Es difícil imaginar lo que supone escuchar esa pregunta de boca de un hijo cuando tú también tienes miedo. Cristina estaba intentando asimilar su diagnóstico y, al mismo tiempo, debía encontrar palabras que tranquilizaran al niño. Quería protegerlo, aunque ella necesitara también que alguien la protegiera del miedo. En aquellos momentos, Javier estuvo a su lado y se convirtió en el apoyo al que hoy sigue agradeciendo haberla acompañado como nadie.

"Lo de ser una campeona no me gustaba nada"
La enfermedad ha cambiado la manera en que Cristina mira la vida. En su muñeca lleva tatuado el símbolo del cáncer de mama, un recordatorio al que vuelve cuando se enfada por algo cotidiano o siente que está dando demasiada importancia a una preocupación. Se lo hizo para no olvidar lo que ha vivido y para recordar qué es lo verdaderamente importante.
"Solamente importa la salud, la salud tuya y de los tuyos", resume. Si pudiera hablar con la Cristina de antes del diagnóstico, le diría que hubiera ido antes al médico. Recuerda que entonces sentía que lo tenía todo sin saberlo, hasta que, de repente, la vida cambió. Ahora intenta mirar con más amor los ratos buenos, disfrutarlos y llevárselo todo de esos momentos que antes quizá pasaban inadvertidos.
También piensa en las mujeres que están empezando a recorrer el mismo camino. Se encuentra con ellas en las consultas, en las tiendas y en la vida cotidiana. Sabe que cada experiencia es distinta, pero que muchas comparten la incertidumbre, el miedo y la necesidad de aprender a convivir con una realidad que no habían elegido. Cuando le preguntan qué les diría, recuerda cómo vivió ella su propia enfermedad y cómo intentaba mantener una sonrisa.
Hay, sin embargo, algo que nunca le gustó escuchar. Que era una campeona. Que era fuerte. "Eso de que eres una campeona, que eres fuerte, a mí eso no me gustaba nada, nada de nada", afirma.
Quizá porque aquellas palabras, aunque nacieran del cariño, no siempre dejaban espacio para expresar el agotamiento, la tristeza o el miedo. Cristina no necesitaba ser una heroína todos los días. Necesitaba poder llorar, sentirse insegura, enfadarse con su cuerpo y reconocer que había momentos en los que todo resultaba demasiado difícil. No quería que la enfermedad la obligara a ser fuerte a todas horas; necesitaba poder ser ella misma, incluso en sus días más vulnerables.
Su experiencia también le ha enseñado a mirar de otra manera a quienes no han podido superar el cáncer. Por eso, junto al recuerdo de los días más duros, aparece el agradecimiento por seguir aquí. "Nos tenemos que reír y agradecer que estamos aquí porque es que hay muchas que no están", dice. No lo expresa como una obligación de estar siempre contenta, sino como una forma de valorar la vida después de haber sentido tan cerca la posibilidad de perderla.
Cristina sabe que no es la misma persona que era antes. El cáncer le cambió el cuerpo, la cabeza, las prioridades y la manera de entender el tiempo. Le dejó secuelas y un miedo que puede reaparecer ante cualquier molestia, pero también le enseñó a detenerse, a mirar con más cariño a los suyos y a dar valor a los momentos que comparte con ellos.
"La sierra de mi pueblo ha sido mi terapia: me he pasado horas caminando sola, llorando, gritando, riendo"
Hoy, cuando necesita llorar, gritar, reír o simplemente caminar, Cristina sabe adónde ir. La sierra de Linares de Riofrío sigue siendo su refugio, el lugar en el que puede dejar atrás por un rato las consultas, los tratamientos y la obligación de aparentar que todo está bien. Allí, entre los caminos de su pueblo, encuentra ese espacio que necesitó durante los días más difíciles y que sigue formando parte de su vida.
Su historia no es la de una mujer que venció el miedo para siempre ni la de alguien que salió del cáncer sin mirar atrás. Es la de una madre que pensó que podía morir y dejar solos a sus hijos, la de una mujer que tuvo que aprender a vivir en un cuerpo distinto y la de alguien que descubrió que incluso después de una enfermedad así hay que volver a aprender muchas cosas.
Porque, como Cristina quiere que se entienda, el cáncer no termina necesariamente cuando acaba el tratamiento. A veces continúa en el cansancio, en la ansiedad, en las secuelas y en el temor que despierta un dolor inesperado. Pero también continúa la vida: los hijos, el amor de Javier, los pequeños momentos buenos y los caminos de una sierra en la que ha podido llorar y reír sin tener que demostrar nada.
Y quizá ahí esté una de las lecciones más íntimas de su historia: no en que haya tenido que ser fuerte, sino en que ha podido permitirse no serlo siempre. En que, después de todo, sigue buscando motivos para disfrutar de la vida que tiene delante. Y en que, cuando necesita recordar lo que importa de verdad, no tiene más que mirar su muñeca, pensar en los suyos o volver a caminar por la sierra de su pueblo.








