Los dos toros de Osborne en Salamanca: del boceto a 70 años de huella en la carretera

Entre la N-630 y la N-501, las siluetas de Osborne siguen en pie como parte del paisaje que los conductores ya no buscan, pero siempre encuentran

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Toro Osborne en Salamanca (Fotos: T. Sánchez)
El autor esTamara Navarro
Tamara Navarro
Lectura estimada: 3 min.

En Salamanca, el paisaje de carretera tiene una memoria propia. No está escrita en señales ni en mapas, sino en imágenes que se repiten hasta volverse familiares. Una de ellas es el Toro de Osborne, que este año cumple 70 años y que, lejos de desaparecer, se ha convertido en una presencia fija en la provincia, especialmente en dos puntos concretos que muchos conductores reconocen casi sin nombrarlos.

En la N-630, a la altura del kilómetro 4 en el término de Las Torres, se levanta el Toro nº 82, instalado en 1974. Más al este, en la N-501 en Cordovilla (km 186), el Toro nº 95, colocado en 1986, observa otro flujo de tráfico, otra rutina de carretera. No son monumentos ni señales, pero funcionan como algo intermedio: referencias silenciosas en un territorio donde el viaje es parte de la vida cotidiana.

El toro nació en 1957 como una campaña publicitaria para el brandy Veterano. Antes incluso de convertirse en estructura, fue un boceto de Manuel Prieto: una silueta negra, rotunda y sencilla, pensada para integrarse en el paisaje sin imponerse del todo, pero con la suficiente fuerza como para ser recordada desde la distancia. Aquel dibujo inicial acabaría creciendo en la carretera: primero madera, después chapa metálica. Creció hasta los 14 metros, como si la propia carretera hubiera ido pidiendo más distancia para seguir viéndolo.

 

 

Con el tiempo, su historia se volvió más compleja. La prohibición de la publicidad en carretera amenazó su continuidad y, al mismo tiempo, comenzaron a aparecer episodios de desgaste e intervención: algunas siluetas fueron dañadas o intervenidas con pintadas, convertidas en soporte de protesta o en superficie de disputa simbólica. El toro dejó de ser solo anuncio, pero todavía no era del todo otra cosa.

Esa fragilidad del símbolo no pertenece solo al pasado. En 2025, uno de los toros situados en la provincia de Salamanca, en el entorno de Arapiles, en el acceso sur a la capital, apareció con una pintada sobre su superficie negra, recordando que incluso aquello que parece inmóvil sigue expuesto al tiempo, al gesto y al conflicto.

En 1997, el Tribunal Supremo resolvió parte de esa tensión al reconocer su valor cultural y estético. Desde entonces, el Toro de Osborne dejó de entenderse como publicidad para pasar a formar parte del paisaje cultural español. Hoy sobreviven 92 siluetas en todo el país, distribuidas como una geografía paralela a las carreteras.

Su mantenimiento es constante. El Grupo Osborne se encarga de su conservación mediante trabajos de pintura, refuerzo estructural y reparación de daños provocados por el tiempo y las condiciones climáticas. No son figuras estáticas: envejecen con el viento de la meseta, con la lluvia, con los años de exposición continua.

También han tenido que adaptarse a las transformaciones del territorio. En 2007, el toro de la N-501 fue desplazado 60 metros debido a obras en la carretera y a la planificación de una futura autovía, un movimiento mínimo en distancia pero significativo en términos de permanencia.

Setenta años después, el Toro de Osborne ya no pertenece del todo a la publicidad ni del todo a la empresa que lo creó. En Salamanca, donde aparece en la N-630 y en la N-501 como parte del trayecto habitual, ha terminado siendo otra cosa: una presencia que no se mira, pero se reconoce; que no anuncia, pero acompaña.

 

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