El motivo son problemas con los paneles informativos de las marquesinas y el retraso en aplicar los nuevos medios de pago previstos en los pliegos del contrato
El Vía Crucis de Jesús Despojado recorre las calles universitarias en el primer domingo de Cuaresma
A la luz serena de la tarde, la Hermandad celebra la oración dedicada a San Juan de la Cruz con especial intención por el mundo universitario
Pasadas las cinco de la tarde cuando el sol aún se derrama con suavidad sobre la piedra dorada de Salamanca, se abrieron las puertas de la iglesia parroquial de San Sebastián. Era en esa hora clara en la que la ciudad sigue latiendo, pero el corazón comienza a recogerse cuando Jesús Despojado cruzó el umbral entre el murmullo respetuoso de los fieles. La luz de la tarde iluminaba su rostro, marcando con claridad la serenidad de quien acepta el despojo como entrega. No había sombras dramáticas, sino una claridad que parecía subrayar el sentido profundo de la Cuaresma: caminar con Cristo, paso a paso, hacia el amor que se da sin medida.
El Vía Crucis de este año, dedicado a San Juan de la Cruz, añadió una hondura especial al recorrido. Salamanca, ciudad universitaria por excelencia, volvía a unir fe y pensamiento bajo el eco del místico carmelita. Entre la Plaza de Anaya y la calle Libreros, las estaciones se fueron desgranando como versos pronunciados con pausa, como si la poesía del santo dialogara con el sufrimiento redentor de Cristo.
En la Plaza de Fray Luis de León, el aire era limpio y la luz clara. Allí, donde la tradición intelectual de la ciudad se hace más visible, la figura de Jesús Despojado parecía interpelar a estudiantes, profesores y transeúntes. La intención especial por el mundo universitario no fue solo una fórmula leída, sino una súplica sincera: que la búsqueda del conocimiento esté siempre guiada por la verdad y sostenida por valores humanos y espirituales.
El recorrido avanzó por Rúa Antigua y Rúa Mayor mientras la tarde comenzaba lentamente a declinar. Salamanca no estaba en silencio absoluto; seguía siendo ciudad viva. Pero en medio de esa vida cotidiana, el rezo marcaba otro ritmo. Un ritmo interior. El despojo de Cristo -contemplado bajo la luz franca del día- hablaba de humildad, de entrega, de confianza. Y en esa claridad, la enseñanza de San Juan de la Cruz cobraba fuerza: solo quien se vacía puede llenarse de Dios.
Cuando el cortejo regresó a la Plaza de Anaya y volvió a entrar en San Sebastián, la tarde aún no había caído del todo. Sin embargo, en muchos corazones ya se había encendido una luz distinta tras una tarde de oración compartida. Una tarde en la que Salamanca volvió a caminar con Cristo.
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