De los grandes cines del centro a los multicines: medio siglo de películas en Salamanca

La transformación de la exhibición cinematográfica en Salamanca desde el nacimiento de Van Dyck hasta la era de las plataformas

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De los grandes cines del centro a los multicines: medio siglo de películas en Salamanca
El autor esTeresa Sánchez
Teresa Sánchez
Lectura estimada: 6 min.

Hay cambios que pueden parecer pequeños, pero que sirven para contar una historia mucho más grande y que los cines del Centro Comercial El Tormes cambien de manos es uno de ellos. A partir del 1 de octubre, Ocine asumirá la gestión de las salas de Santa Marta, después de que Van Dyck haya estado 26 años al frente. Los cines, eso sí, continúan abiertos, mientras Van Dyck concentra ahora su actividad en las salas de Torres Villarroel, el lugar desde el que la empresa salmantina ha construido buena parte de su historia y que se acerca ya a su medio siglo de vida.

El relevo permite mirar un poco más allá de este cambio empresarial, porque si algo ha cambiado en Salamanca durante las últimas décadas ha sido la forma de ir al cine: de los grandes edificios del centro, con una única pantalla y cientos de butacas, a los multicines de los centros comerciales y, después, a una época en la que buena parte de las películas también llegan directamente al salón de casa.

Cuando Van Dyck comenzó su historia hace medio siglo, la ciudad todavía conservaba buena parte de aquel paisaje cinematográfico de grandes salas que había marcado las décadas anteriores. Salamanca había llegado a tener una importante concentración de cines en el centro, con edificios de cientos de localidades que acogían tanto las películas de estreno como espectáculos teatrales y musicales. El Coliseum, con 1.500 butacas; algunas menos el Gran Vía; el Cine España, con alrededor de un millar; o el Cinema Salamanca, también por encima de las 800, formaban parte de una ciudad en la que ir al cine constituía una experiencia 'grandiosa' y mucho más ligada al espacio urbano que hoy por hoy. 

La historia del cine en Salamanca, en realidad, venía de mucho antes. Las primeras exhibiciones se remontan a 1896, cuando el café El Siglo, en la calle del Prior, acogió una demostración de imágenes en movimiento, y un año después el Liceo ofreció una de las primeras proyecciones del cinematógrafo Lumière. Durante las primeras décadas del siglo XX fueron teatros como el Liceo, el Bretón o el Moderno los que incorporaron el cine a su programación, hasta que las salas cinematográficas fueron ganando cada vez más protagonismo.

A mediados del siglo XX aquel modelo ya estaba plenamente asentado. El Coliseum abrió en 1933; el Cinema Salamanca, en 1944; el Gran Vía, en 1945, y el Cine España, en 1956. Junto a ellos existían también salas más próximas a los barrios, como el Cinema Garrido, después conocido como Taramona en la avenida Federico Anaya, o los cines Llorente y Victoria, que desde los años sesenta llevaron el cine a zonas más alejadas del centro.

Salamanca era entonces una ciudad en la que los cines podían encontrarse a pocos minutos unos de otros y en la que las grandes salas funcionaban también como espacios para otros espectáculos. El Gran Vía, por ejemplo, acogía representaciones teatrales durante las Ferias y Fiestas de septiembre, mientras que el Coliseum también recibía a compañías que giraban por todo el país. También, al revés, el teatro Bretón se convertía en sala de cine cuando no había obras e incluso se llegaron a habilitar otras dos pequeñas salas en el edificio. Cine y teatro compartían así buena parte de aquel mapa cultural del centro de Salamanca aunque ese paisaje comenzó a desaparecer con la llegada de un nuevo modelo, basado en salas más pequeñas y en la posibilidad de proyectar varias películas de forma simultánea.

ADIÓS A LAS GRANDES SALAS 

A finales de los setenta y, sobre todo, durante los ochenta, la forma de consumir entretenimiento empezó a cambiar. La televisión se había instalado definitivamente en los hogares y después llegarían el vídeo doméstico, los videoclubes y nuevas formas de acceder a las películas sin necesidad de acudir a una sala. Al mismo tiempo, el sector comenzó a experimentar con un modelo diferente de exhibición: más pantallas, salas más pequeñas y una oferta cinematográfica más diversificada.

En Salamanca, la transformación trajo consigo sucesivos cierres. El Taramona dijo adiós en 1982 y tres años después fue el Cine España el que cerró sus puertas. Entre 1986 y 1988 desaparecieron el Gran Vía y, posteriormente, el Coliseum. En apenas seis años se perdió buena parte de aquella generación de grandes salas que había definido la vida cinematográfica de la ciudad. Los edificios fueron encontrando destinos muy diferentes y así el Gran Vía terminó convertido en viviendas después de pasar por una etapa como bingo, mientras otros locales se transformaron en establecimientos comerciales. El Cinema Salamanca intentó adaptarse al nuevo escenario convirtiéndose en multicines antes de cerrar definitivamente en 2006.

Y precisamente en aquellos años, a comienzos de los ochenta, aparecieron los Cines Van Dyck en Torres Villarroel. Su nacimiento coincidió con ese cambio de modelo, que dejaba atrás las grandes salas de una sola pantalla para apostar por complejos con varias salas, diferentes películas y más posibilidades para el espectador en un mismo lugar. La paradoja es que, mientras los grandes cines del centro iban cerrando, el nuevo modelo consiguió mantener el cine en el centro de la ciudad.

También fueron apareciendo nuevos espacios para el cine a medida que Salamanca crecía y cambiaban los lugares donde los salmantinos compraban, se desplazaban y pasaban su tiempo libre. Llegaron así los multicines asociados a nuevas zonas comerciales. Los Ábaco de Los Cipreses representan bien esa transición, aunque su recorrido terminó cuando la empresa gestora abrió posteriormente los cines de Vialia, un complejo que acabaría incorporándose al nuevo mapa de la exhibición cinematográfica salmantina. El cine comenzó así a integrarse en centros comerciales, donde la película era una parte más de una oferta de ocio que incluía tiendas, restaurantes y otros servicios. En ese contexto se sitúan los cines de El Tormes, abiertos en el año 2000 y ubicados ya fuera del término municipal de Salamanca, en Santa Marta.

La transformación urbana también podía verse en el trayecto que tenía que hacer el espectador. Antes se iba al cine del centro; después, en determinados casos, también se iba al centro comercial para ir al cine.

CINE NO SOLO CONTRA OTROS CINES

Durante este recorrido, Van Dyck ha mantenido una posición singular porque sus salas de Torres Villarroel han seguido formando parte de la vida cinematográfica del centro mientras el negocio se transformaba alrededor. También ha evolucionado su programación: junto a los grandes estrenos comerciales, el complejo mantiene espacio para el cine independiente y europeo, las películas de autor, las versiones originales, los ciclos y las retransmisiones de ópera, ballet, teatro, conciertos o documentales.

Es una diferencia importante respecto al modelo de hace medio siglo. La sala ya no compite únicamente por tener una película que el espectador quiere ver, sino también por ofrecer una experiencia que justifique salir de casa. Porque la última gran transformación todavía está en marcha. Después de la televisión y del vídeo llegó internet y, con él, las plataformas de streaming. Hoy una película puede estar disponible en el salón de casa, en el ordenador o incluso en el teléfono, lo que vuelve a modificar la relación entre el espectador y las salas.

La historia de los cines salmantinos permite observar ese proceso casi como un mapa. Primero fueron algunos cines de barrio y los grandes edificios del centro, con cientos de butacas y una única pantalla; después llegaron las salas más pequeñas y los multicines que encontraron nuevos espacios junto a la estación o en centros comerciales. Algunos proyectos desaparecieron y otros consiguieron adaptarse y esta es la historia de cómo una ciudad ha ido cambiando su manera de relacionarse con el cine. Y, probablemente, todavía no es el último capítulo.

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