06/09/2026
La anestesia de una sociedad
Lectura estimada: 4 min.
Mientras la vida cotidiana absorbe nuestra atención, decisiones y acontecimientos capaces de condicionar el futuro de España avanzan ante nuestros ojos. Ceuta es hoy uno de esos avisos.
Hay momentos en la historia en los que los grandes cambios no llegan con estruendo. No existe un día concreto en el que todo se transforme ni suenan alarmas. Simplemente, mientras la sociedad continúa con su vida cotidiana, las decisiones que condicionarán su futuro se van tomando casi sin que se dé cuenta. Quizá España esté atravesando uno de esos momentos.
La mayoría de los ciudadanos tiene razones más que suficientes para concentrarse en lo inmediato: pagar la hipoteca o el alquiler, llegar a final de mes, conservar un empleo, mantener una empresa abierta, cuidar de los hijos o de los mayores, conseguir una cita médica o preguntarse qué futuro podrán construir los jóvenes. Son preocupaciones absolutamente legítimas. Pero precisamente ahí puede esconderse el peligro: mientras estamos ocupados sobreviviendo al presente, podemos dejar de prestar atención al futuro.
Y quizá lo que está sucediendo estos días en Ceuta debería obligarnos a levantar la mirada. No estamos hablando únicamente de inmigración. Estamos hablando de una frontera española y europea, de personas que consiguen entrar irregularmente en territorio nacional, de menores que deben ser protegidos, de una ciudad sometida a una enorme presión, de ciudadanos preocupados por la convivencia y de unas administraciones que tienen la obligación de responder.
Ceuta nos plantea preguntas incómodas que no deberíamos resolver desde el miedo, la demagogia ni el enfrentamiento ideológico.
¿Cómo debe proteger España sus fronteras? ¿Cómo conjugamos esa protección con nuestra obligación de respetar los derechos humanos? ¿Qué capacidad real tenemos para integrar a quienes llegan? ¿Qué responsabilidad corresponde al conjunto de España y de Europa? ¿Y qué papel desempeña Marruecos, un país imprescindible para el control de nuestra frontera sur y con el que España mantiene una relación estratégica tan necesaria como compleja?
Preguntar todo esto no convierte a nadie en contrario a la inmigración. Como tampoco defender la dignidad y los derechos de quienes llegan significa renunciar al derecho de un país a controlar sus fronteras. Una sociedad madura debería ser capaz de defender ambas cosas al mismo tiempo.
España afronta decisiones que van mucho más allá de Ceuta y mucho más allá de una legislatura o de unas elecciones.
Hablamos de la calidad de nuestras instituciones, de la sostenibilidad del Estado del bienestar, del sistema de pensiones, de la vivienda, de la inmigración, del modelo territorial, de la educación, de nuestra capacidad industrial, de la revolución tecnológica y la inteligencia artificial, del papel de Europa en un mundo cada vez más inestable y, en definitiva, del país que heredarán quienes hoy son jóvenes.
Sin embargo, demasiadas veces contemplamos estos debates como espectadores: nos indignamos durante unas horas, compartimos una noticia, discutimos en una red social y al día siguiente volvemos a nuestras obligaciones.
No porque no nos importe España, sino porque la vida cotidiana ocupa prácticamente toda nuestra capacidad de atención. Esa puede ser una de las formas más eficaces de anestesia social.
No hace falta que nadie silencie a una sociedad cuando está demasiado cansada para preguntar, ni ocultar las decisiones importantes cuando quedan sepultadas bajo miles de estímulos, polémicas, titulares, vídeos y enfrentamientos que duran apenas unas horas. Vivimos, paradójicamente, en la época con mayor acceso a la información de la historia y, sin embargo, cada vez resulta más difícil distinguir lo verdaderamente importante de lo simplemente inmediato.
Sabemos muchísimo de lo que ocurre hoy, pero quizá pensamos demasiado poco en lo que ocurrirá mañana. A ello se añade una política instalada con demasiada frecuencia en la confrontación permanente. Cuando la política se convierte fundamentalmente en espectáculo, la ciudadanía termina cansándose. Y cuando una ciudadanía se cansa de la política, esta no desaparece: simplemente deja más espacio para que otros la hagan por ella. Ese es probablemente el verdadero riesgo.
Una democracia no consiste únicamente en votar cada cuatro años. También necesita ciudadanos atentos, informados y críticos, capaces de exigir explicaciones tanto a quienes gobiernan como a quienes aspiran a gobernar. Los medios de comunicación tenemos igualmente una responsabilidad. No podemos limitarnos a perseguir el titular más llamativo, la polémica más rentable o la declaración que genere más audiencia. También debemos explicar aquello que quizá hoy interesa menos, pero mañana será decisivo.
Informar no consiste solo en contar lo que ha ocurrido, sino en ayudar a comprender lo que puede ocurrir como consecuencia de lo que está ocurriendo. No se trata de alarmar a nadie ni de decirle a la sociedad lo que tiene que pensar. Precisamente lo contrario: se trata de conseguir que piense, pregunte, contraste, dude y participe. También de que comprenda que determinadas decisiones económicas, políticas, institucionales o sociales, aparentemente lejanas, terminarán entrando, antes o después, por la puerta de su casa.
La historia demuestra que las sociedades no siempre pierden oportunidades porque adopten decisiones equivocadas. A veces las pierden simplemente porque cuando quisieron reaccionar, las decisiones importantes ya estaban tomadas. España necesita ciudadanos preocupados por el precio de la vivienda, por su salario, por sus hijos, por sus empresas y por llegar a final de mes.
Pero también necesita ciudadanos capaces de levantar la mirada por encima de sus problemas cotidianos y preguntarse qué país estamos construyendo. Ceuta debería servirnos estos días precisamente para eso. No para alimentar el miedo. No para enfrentar a unos españoles contra otros. Y tampoco para mirar hacia otro lado. Sino para preguntarnos con serenidad qué política migratoria queremos, qué fronteras queremos, qué relación queremos mantener con nuestros vecinos, qué capacidad de integración podemos asumir y qué responsabilidades estamos dispuestos a compartir como país y como europeos.
Porque el futuro nunca llega de repente. Se construye cada día, decisión a decisión, renuncia a renuncia, silencio a silencio. Y quizá la pregunta que deberíamos hacernos no sea únicamente qué está pasando hoy en España. La pregunta verdaderamente importante es otra. ¿Qué está pasando hoy que dentro de diez años lamentaremos no haber visto?
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