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La noche en la que la Residencia Provincial de Ciudad Rodrigo se convirtió en el hogar de once mayores evacuados de Ávila
La Residencia Mixta Provincial movilizó a todo su equipo para recibir de madrugada a once residentes evacuados de Piedralaves y hacerles sentir como en casa
Eran la una y media de la madrugada cuando un autobús se detenía frente a la Residencia Mixta Provincial de Ciudad Rodrigo. Dentro viajaban once personas mayores procedentes de la residencia Bosque de Gredos, en Piedralaves (Ávila), evacuada por el incendio forestal que obligó a desalojar el centro. Atrás quedaban horas de incertidumbre, nervios y una despedida precipitada de un lugar que para ellos era su hogar. Delante les esperaba otro completamente desconocido. Sin embargo, al abrirse las puertas de la residencia mirobrigense no solo encontraron habitaciones preparadas, sino también un grupo de profesionales que llevaba todo el día organizándose para recibirles y que había decidido quedarse hasta la madrugada para asegurarse de que ninguno de ellos se sintiera solo en un momento tan difícil.
Todo comenzó muchas horas antes. A las once y media de la mañana del sábado, la directora del centro, Elena Alegría, recibió la llamada de la Diputación de Salamanca. Era una posibilidad, todavía no una certeza, pero había que actuar como si el traslado fuera inminente. La residencia disponía de quince plazas libres y, desde ese mismo instante, el equipo comenzó a movilizarse. Se revisaron habitaciones, se preparó el material sanitario, se avisó al personal de enfermería y a cocina para tener listas las comidas necesarias. Nadie conocía quiénes iban a llegar, cuál era su estado de salud o cuánto tiempo permanecerían allí. Lo único importante era que, si finalmente el fuego obligaba a evacuar la residencia abulense, todo estuviera preparado para recibirlos con la mayor normalidad posible.
La confirmación llegó por la tarde, aunque la espera se prolongó mucho más de lo previsto. El autobús no apareció hasta pasada la una y media de la madrugada. A bordo viajaban once residentes acompañados por dos cuidadoras de su propio centro. El cansancio era evidente. Habían vivido una jornada marcada por el incendio, el traslado y la incertidumbre de no saber cuándo podrían regresar. Aquella noche apenas hubo tiempo para nada más que cenar, acomodarse en las habitaciones y descansar. "Cayeron redondos", recuerda la directora, consciente de que el agotamiento físico y emocional hablaba por sí solo.
A la mañana siguiente comenzó el verdadero reto: conseguir que aquellos once mayores dejaran de sentirse evacuados para convertirse, aunque solo fuera de forma temporal, en un residente más del centro. La atención sanitaria era una prioridad, pero también lo era el acompañamiento emocional. Uno de ellos necesitaba oxígeno, algo de lo que el equipo ya había sido informado antes de su llegada. Nada más entrar fue instalado en una habitación equipada con oxígeno centralizado, evitando así que tuviera que seguir utilizando la mochila portátil con la que había llegado. El resto apenas había podido coger su medicación y algunos objetos personales antes de abandonar la residencia de Piedralaves.
"No hubo que llamar a nadie; todos quisieron ayudar"
Las necesidades materiales fueron resolviéndose sobre la marcha. Cuando las cuidadoras plantearon salir a comprar ropa para algunos de los residentes, la respuesta del centro fue inmediata. No hacía falta gastar dinero ni preocuparse por eso. La residencia les proporcionó prendas del propio servicio para cubrir cualquier necesidad mientras durara la estancia. Era una forma sencilla, pero muy significativa, de transmitirles que allí no eran unos invitados, sino personas a las que había que cuidar exactamente igual que al resto.
Sin embargo, las emociones eran mucho más difíciles de gestionar que cualquier cuestión logística. Al conversar con ellos aparecía inevitablemente el recuerdo de todo lo que habían dejado atrás. Algunos hablaban con serenidad; otros no podían evitar emocionarse al pensar en su residencia, en sus rutinas y en la incertidumbre sobre el futuro. "Alguno echaba alguna lágrima... y te hacía emocionarte también", reconoce Elena Alegría. En esos momentos no hicieron falta grandes protocolos de intervención psicológica. Bastó la cercanía del personal, acostumbrado a acompañar cada día a personas mayores y a comprender que, en ocasiones, escuchar también forma parte de los cuidados.
La casualidad quiso, además, que el domingo coincidiera con la celebración del Día de los Abuelos. Lejos de quedarse aislados en sus habitaciones, los nuevos residentes participaron en todas las actividades organizadas por el centro: un bingo especial, una actuación musical y una sesión de cine compartida con el resto de usuarios. Algunos incluso aprovecharon para salir a pasear por Ciudad Rodrigo y conocer la localidad que, de manera inesperada, se había convertido en su refugio. Durante unas horas, las conversaciones dejaron de girar alrededor del incendio para centrarse en algo mucho más cotidiano: disfrutar de una tarde agradable.
"Hace falta muy poco para que una persona se sienta acogida: una sonrisa, una conversación y que vea que estás ahí para lo que necesite"
Mientras ellos comenzaban poco a poco a adaptarse, el trabajo entre bastidores no se detenía. Había que organizar medicaciones, dietas, consultas médicas, coordinar la información con las cuidadoras desplazadas desde Ávila y mantener el contacto con las familias, preocupadas por la distancia y por la evolución del incendio. El objetivo era sencillo: que ninguno de los residentes sintiera que había perdido la atención y los cuidados que recibía en su centro habitual. "Queríamos que fueran uno más. Que supieran que aquí iban a estar igual de cuidados que en su residencia y que cualquier necesidad que tuvieran la íbamos a intentar cubrir", resume la directora.
La implicación del personal fue, probablemente, una de las imágenes más significativas de toda esta historia. Nadie preguntó por horarios ni por turnos. Quienes ya estaban trabajando decidieron quedarse hasta que los residentes quedaron instalados y, poco a poco, otros compañeros ofrecieron cambiar descansos o doblar jornadas para que todo saliera adelante. No era la primera vez que el centro afrontaba una situación de emergencia. Ya habían acogido a personas afectadas por los incendios de Monsagro y El Payo. Esa experiencia permitió reaccionar con rapidez, aunque, según reconoce la propia directora, nunca deja de emocionar ver cómo los profesionales responden cuando alguien necesita ayuda.
Por ahora, los once mayores siguen en la Residencia Provincial de Ciudad Rodrigo, a la espera de poder regresar a Piedralaves cuando las condiciones lo permitan. Hasta entonces, el objetivo del equipo sigue siendo el mismo que aquella madrugada en la que cruzaron la puerta del centro: que, pese a la incertidumbre y la distancia, se sientan como en casa.
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