"Yo pensaba que no era nada, no dolía ni picaba": el melanoma que cambió la vida de una salmantina

Un lunar "distinto" que pasó meses desapercibido terminó siendo un melanoma. Siete años después, su testimonio se convierte en un aviso claro sobre la importancia de no ignorar los cambios en la piel

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"Yo pensaba que no era nada, no dolía ni picaba": el melanoma que cambió la vida de una salmantina
El autor esTamara Navarro
Tamara Navarro
Lectura estimada: 3 min.

Prefiere no dar su apellido. Incluso su nombre, en realidad, podría haber sido otro. Su madre quiso llamarla María Goretti, en recuerdo del día en que nació. Ella lo cuenta con una sonrisa leve, como un detalle íntimo que, de algún modo, también forma parte de su historia.

Tiene la piel muy clara y más de un centenar de lunares repartidos por el cuerpo. Siempre ha convivido con ellos, igual que con las quemaduras solares de la infancia, en una época en la que la protección frente al sol no era una rutina tan asentada como hoy. "Yo siempre me quemaba, aunque me diera crema", recuerda, con una mezcla de resignación y memoria de otros tiempos.

El cambio apareció de forma silenciosa, debajo de la rodilla izquierda. Una lesión que combinaba un lunar de varios colores con una especie de verruga. No dolía, no picaba ni daba señales claras de alarma. Y precisamente por eso, no le dio importancia durante meses. "Yo lo veía raro, pero como no me dolía ni me picaba, no hice caso".

El aviso llegó fuera del ámbito médico, casi de manera casual, en una comida entre madres al final del curso escolar. Una amiga se fijó en aquella lesión y no lo dudó: tenía que mirarlo un especialista. "Me dijo: 'eso tiene mala pinta, ve a que te lo miren'". Aquel comentario, casi doméstico, acabó siendo decisivo.

A partir de ahí, su marido pidió cita en una clínica privada. Tras la exploración, los médicos decidieron extirpar la lesión y enviarla a analizar. El resultado fue claro: melanoma. "Yo no sabía ni lo que era esa palabra", confiesa todavía hoy, como si la palabra siguiera pesando. Poco después le explicaron que se trataba de un cáncer de piel.

El diagnóstico abrió un tiempo suspendido, extraño, entre la incertidumbre y el miedo. El proceso continuó en el Hospital Clínico de Salamanca, donde fue intervenida quirúrgicamente para ampliar la extirpación y analizar los ganglios linfáticos. Finalmente, no se detectaron metástasis.

La espera entre la sospecha y la confirmación fue, para ella, el tramo más duro de todo el proceso. "El mes de agosto fue el más difícil de mi vida", recuerda. Intentaba seguir con su rutina, pero por las tardes la angustia terminaba imponiéndose. "Me encerraba y lloraba", dice, sin matices ni adornos.

Decidió contar lo justo. Solo su familia más cercana conocía la situación. El resto, incluso algunas amistades, lo supieron más tarde, cuando la operación ya había pasado. "Lo que más me ayudó  frente a la enfermedad fue rezar, soy creyente y me calma orar  me he encomendado a diferentes advocaciones y santos, especialmente San Judas Tadeo". 

Han pasado siete años desde entonces. Hoy continúa con revisiones periódicas cada seis meses. En los primeros años fueron mucho más frecuentes. También le han extirpado otros lunares sospechosos, que finalmente resultaron benignos.

Su relación con el sol cambió por completo. Ya no es la misma. Evita las horas centrales del día y ha incorporado hábitos de protección que antes no formaban parte de su vida cotidiana. "Ahora le tengo respeto al sol", afirma, con una frase que resume todo un aprendizaje. Pero, sobre todo, ha aprendido a mirar su piel de otra manera. "He aprendido a escuchar más a mi cuerpo".

Si tuviera que dejar un mensaje, lo tiene claro, sin dudas ni rodeos: no hay que esperar a que algo duela para acudir al médico. "Si ves algo distinto en la piel, aunque no moleste, hay que mirarlo".

Hoy se considera afortunada. No solo por haber superado la enfermedad, sino por haberla detectado a tiempo. "Esto te cambia la vida, pero también te enseña a vivir de otra manera", reconoce, con la serenidad de quien ha pasado por un punto de no retorno.

Ahora participa en actividades de sensibilización y comparte su historia con un objetivo muy concreto: que sirva para prevenir otros casos. "Si lo que me ha pasado a mí ayuda a que una sola persona vaya antes al médico, ya habrá merecido la pena".

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