El Tormes vuelve a encenderse: Salamanca se rinde a la magia de los Barcos de Fuego

Cientos de personas siguieron el recorrido de las embarcaciones iluminadas en una de las citas más singulares del calendario cultural salmantino

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Los salmantinos disfrutan del espectáculo de los barcos de fuego (Fotos: Arai Santana)
El autor esTamara Navarro
Tamara Navarro
Lectura estimada: 2 min.
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La noche cayó lentamente sobre Salamanca y, con ella, llegó la magia. El río Tormes se convirtió este jueves en un escenario de fantasía donde el fuego, la luz y el arte navegaron sobre el agua ante la mirada de cientos de personas que siguieron el recorrido de los ya tradicionales Barcos de Fuego.

Desde primera hora de la noche, familias, curiosos y amantes de esta singular propuesta comenzaron a reunirse en los distintos puntos del itinerario organizado por la Fundación Mil Caminos-Santiago Uno. El ambiente era de expectación. Niños señalando el río, cámaras preparadas y conversaciones en voz baja mientras la ciudad se preparaba para uno de esos espectáculos que no se contemplan todos los días.

La primera parada tuvo lugar en la Plaza del Mercado Viejo, donde comenzó un recorrido que fue ganando intensidad a medida que avanzaba la noche. Poco después, el espectáculo se trasladó al Puente Romano, convertido por unos minutos en un privilegiado balcón desde el que contemplar cómo las embarcaciones iluminadas avanzaban lentamente sobre las aguas del Tormes.

 

 

Los reflejos dibujaban destellos cambiantes sobre la superficie del río. El fuego parecía bailar al ritmo de la corriente mientras las siluetas de los barcos emergían entre luces y colores. Por momentos, el paisaje adquirió un aire casi irreal, como si el tiempo se hubiera detenido entre la oscuridad y el resplandor.

El recorrido continuó por las Salas Bajas y concluyó en el Embarcadero, donde se vivieron algunas de las imágenes más espectaculares de la velada. Allí, con la noche completamente instalada sobre la ciudad, las embarcaciones mostraron toda su fuerza visual, reflejándose en el agua y arrancando aplausos entre los asistentes.

Más allá del componente artístico, el espectáculo volvió a demostrar su capacidad para reunir a personas de distintas generaciones en torno a una experiencia compartida. Los más pequeños observaban fascinados cada movimiento de los barcos, mientras muchos adultos aprovechaban para redescubrir espacios cotidianos bajo una luz completamente diferente.

 

 

Durante unas horas, Salamanca dejó de mirar únicamente hacia sus monumentos para volver la vista hacia el río. Y el Tormes respondió convirtiéndose en el gran protagonista de una noche que mezcló cultura, creatividad y emoción.

Cuando las últimas luces comenzaron a apagarse y los asistentes emprendían el camino de regreso, quedaba la sensación de haber asistido a algo más que un espectáculo. A un instante efímero capaz de transformar la ciudad y de recordar que, a veces, la magia también navega por el Tormes.

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