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El Descendimiento: cuando Salamanca contiene la respiración
Liturgia del ocaso: el cuerpo de Cristo desciende y la ciudad se recoge en el humilladero del Campo de San Francisco
Salamanca ha vivido uno de esos momentos en los que una ciudad deja de ser espacio para convertirse en emoción contenida. Ese instante que llega cada Viernes Santo a las 16:30, cuando el tiempo parece arrodillarse ante el misterio del Descendimiento que este año sí pudo celebrarse en todo su esplendor tras la suspensión de 2025 por culpa de la lluvia.
En el humilladero del Campo de San Francisco, la escena no es solo representación: es memoria viva. Desde 1615, la Cofradía de la Vera Cruz ha tejido un rito donde lo teatral y lo litúrgico se funden sin fisuras. No hay artificio, sino pedagogía del alma. No hay espectáculo, sino verdad escénica.
El Cristo Nuestro Bien, suspendido aún en la cruz, parece sostener el último latido de la tarde. Y entonces, el silencio se vuelve protagonista. Los clavos son retirados con una lentitud casi reverencial, como si cada gesto buscara no herir de nuevo el cuerpo ya muerto. Las articulaciones de la talla permiten que los brazos caigan con una naturalidad estremecedora: la gravedad, en ese instante, no es física, sino espiritual. Salamanca observa. El descenso no es solo físico; es también simbólico. Cristo baja de la cruz, pero también desciende al corazón de quienes contemplan la escena. La ciudad, acostumbrada a la piedra dorada y al bullicio universitario, se vuelve íntima, recogida, casi monástica.
Cuando el cuerpo es entregado a su Madre, la escena alcanza su clímax emocional. Es la Piedad sin mármol, la ternura desgarrada hecha carne. Después, el beso de los fieles rompe la distancia entre lo divino y lo humano: no hay barreras, solo fe que se acerca.
Y finalmente, la urna. Allí, en el tránsito hacia el sepulcro, el drama se apaga lentamente, como una vela que no se extingue, sino que se transforma en espera. Porque el Descendimiento no es un final: es el umbral de la esperanza. En ese instante, Salamanca ya no es escenario. Es testigo que se enfrenta al dolor del viernes.
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