En imágenes: Cromos y memoria para volver a empezar en Würzburg

El regreso de la Liga deja una mañana de reencuentros, ritmo creciente y mirada hacia la Copa de la Reina

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El autor esTeresa Sánchez
Teresa Sánchez
Lectura estimada: 2 min.

El domingo amanecía y Würzburg algo empezaba a latir. No era un rugido inmediato, sino más bien un murmullo que crece despacio, como el café calentándose en una mañana fría. El regreso de la Liga tras el parón tenía ese punto de reencuentro tranquilo, de volver a ponerse el abrigo conocido.

Las gradas no estaban llenas, pero sí vestidas. Con ese 'buen aspecto' que no siempre se mide en números, sino en la forma en que la gente se sienta, mira y espera. Aquí un grupo de fieles, allí familias enteras, más allá los habituales que no fallan. Y entre ellos, como dos guiños del pasado colados en el presente, dos siluetas que no pasaban desapercibidas: Silvia Domínguez y Amaya Valdemoro, cada una en su rincón del pabellón, como si Würzburg las hubiera colocado estratégicamente para recordar su propia historia. No hacían falta focos; bastaba con saber que estaban.

En la pista, el partido avanzaba con ritmo de motor que se va afinando, todavía lejos de la máxima revolución pero ya dejando ver chispazos. Mientras, en las alturas, la nueva megafonía hacía su debut sin estridencias, como quien no quiere llamar la atención pero cumple. No era el día de los grandes alardes sonoros, pero sí de las primeras pruebas superadas. Y en medio de ese ensayo general, el estallido inesperado: una canasta desde medio campo del aficionado que cruzó el aire como una moneda lanzada al pozo… y cayó. Entonces sí, el pabellón respondió con ese aplauso que celebra la alegría ajena. 

Porque si algo tenía la mañana era precisamente eso: un aire de patio de colegio. En los pasillos, en los asientos, en los descansos, los más pequeños jugaban su propio partido paralelo con el inconfundible 'sí le / no le' y un taco de cromos que pasaba de mano en mano como si fueran cartas mágicas. Los cromos del club, convertidos en tesoro, en excusa, en ritual. Cambios rápidos, miradas de negociación, sonrisas de victoria. A veces, el baloncesto también sucede ahí.

Y todo, con la vista puesta en la pista y suspirando al ver que con Magarity el horizonte se ve más despejado para llevar la mirada un poco más allá. Porque este no era solo un partido: era la antesala. La última estación antes de la Copa de la Reina, un lugar donde tomar impulso, ajustar sensaciones y, para muchos, empezar a cargar ilusión en la mochila.

Y en esa respiración pausada, entre recuerdos en la grada, cromos que vuelan y tiros imposibles, el baloncesto volvió a abrir la puerta de casa.

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