El encuentro de Santa Teresa con Felipe II

Julio Darío Martín García, Catedrático de Historia, Licenciado y Doctor en Pedagogía por la Universidad Complutense de Madrid

El encuentro de Santa Teresa con Felipe II
Julio Darío Martín
Lectura estimada: 7 min.

Las  relaciones entre santa Teresa y Felipe II, dos figuras gigantes, tienen lugar en la segunda mitad del siglo XVI. Santa Teresa muere en 1582 y Felipe II en 1598. Un gran rey y una líder de la espiritualidad y la mística en un tiempo común.

Felipe II, continuando la tradición reformista de la iglesia de los Reyes Católicos, de Cisneros y de su padre, Carlos I, imprime un gran impulso a esta empresa. Hay un gran viraje a partir de 1559, potenciado por el Concilio de Trento, concluido en 1563. En las luchas entre calzados y descalzos de la década de los  setenta, el rey terminará decantándose por los descalzos que consiguen una provincia separada. Gregorio XIII sancionaba su creación por el breve Pia Consideratione, fechado en 22 de junio de 1580. A través del mismo, la Orden del Carmen se dividía en calzados y descalzos. Sin duda, Teresa de Jesús había sabido realizar una lectura correcta de los acontecimientos políticos y había maniobrado en la Corte de Felipe II para alcanzar sus fines. La intervención real fue decisiva.

Las relaciones entre ambos  discurren entre lo histórico y lo legendario. En lo histórico, es básico conocer el epistolario. Del rey a santa Teresa no se conserva carta alguna, ya que es discutido que se produjera en algún momento. En cambio, de la Santa al rey han llegado a nosotros 4 cartas auténticas. Dos de ellas autógrafas de su puño y letra. En la primera, escrita en Ávila el 11 de julio de 1573, pide amparo al rey ante los ataques del Concejo de Ávila con motivo de la fundación del convento de San José. En la segunda, escrita en Sevilla el 19 de julio 1575, suplica al monarca se haga una provincia aparte de descalzos y se encargue tal misión  al padre Gracián.

Las otras dos no nos han llegado en el manuscrito original, pero llevan el sello de la Santa con plena seguridad. En la primera, escrita en Ávila el 18 de septiembre 1577, ruega al monarca  la defensa del Padre Gracián, a quien él bien conoce. La otra, también, escrita en Ávila el 4 de diciembre de 1577, tiene como objetivo suplicar la salida de prisión de San Juan de la Cruz. Pide al rey justicia. Porque "está todo el lugar escandalizado (Ávila)… estando este lugar tan cerca de donde está su Majestad".

Durante los siete meses que permaneció en Toledo, en 1562, en el palacio de doña Luisa de la Cerda, aprendió las formas, maneras y costumbres de la aristocracia. En la primera carta, el encabezamiento se atiene rigurosamente al protocolo: "A la sacra católica cesárea real majestad del rey nuestro señor". En las siguientes prescinde de este tratamiento y emplea: "La gracia del Espíritu Santo sea siempre con". En la última llama la atención su espontaneidad. Comienza: "No puedo dejar de acudir a vuestra majestad". ¿Esa espontaneidad, naturalidad, incluso, hasta amistad, es fingida o sincera y fruto de un posible encuentro anterior?

Hay otras cartas que se han perdido, pero, en ninguna de las cuatro citadas, se alude a un encuentro con el rey.

La supuesta audiencia dispensada por Felipe II a santa Teresa entre 1569 y 1577 hay dudas de que llegara a producirse. La documenta o la pretende documentar, una carta de Teresa de Jesús dirigida a doña Inés Nieto, esposa de don Juan de Albornoz, de la facción del duque de Alba, íntimo y secretario suyo. La descubrió hacia 1915 un teresiano, Bernardino Melgar Abreu, que la pasó al Boletín Oficial de la Academia de la Historia. Se apoya en el historiador y pintor Antonio Rotondo (1808-1869) que sitúa  el encuentro de Teresa y Felipe en 1577 en su obra: 'Historia descriptiva, artística y pintoresca  del Real Monasterio de San Lorenzo, 1863'. En la carta a doña Inés encontramos la  narración del encuentro. "Mire vuestra merced, doña Inés, que no sentiría esta mujercilla cuando viese a un tan grande rey delante de sí. Toda turbada empecé a hablarle porque su mirar penetrante, desos que ahonda el ánima, fijo en mí, parecía ferirme, así que baje la vista, y con toda brevedad le dije mis deseos". Los estudiosos de la Santa como el Padre Silverio de Santa Teresa y, posteriormente, el Padre Efrén y Otger Steggink en sus obras completas han desmontado al falsario. Según ellos, ni el léxico, llamar Cesar al rey es un cultismo nunca empleado por la Santa. Tampoco es teresiana la grafía, ni el estilo, ni los sentimientos humanos. No obstante, vemos que en  el encabezamiento de la primera carta emplea el adjetivo 'cesárea'.

También, documenta el encuentro el historiador  Baltasar Porreño (1569 __ENDASH__ 1639). Es casi contemporáneo de los hechos. En su obra: 'Dichos y hechos del señor rey Don Felipe II, el Prudente, potentísimo y glorioso monarca de las Españas  y de las Indias', nos dice: "Con gran humildad y devoción leía las cartas que le escribía la santa Madre Teresa de Jesús… fue gran protector y padre de su religión". Porreño, para los estudiosos de santa Teresa, ya citados, es poco creíble, por la gran fama que gozaba en  su época la  Santa, ya canonizada, en 1620. La creencia del encuentro estaba muy extendida.

Entre los contemporáneos de Teresa debemos citar  a Francisco de Ribera: 'Vida de la Madre Teresa de Jesús', de 1590, donde describe la gran estima del Rey por la  Santa. Mayor importancia alcanza Diego de Yepes, Obispo de Tarazona y confesor de Teresa en Toledo en 1562. En su obra de 1606: 'Vida, Virtudes y  Milagros de santa Teresa, Libro I, Cap. 18', comenta: "Quiso su majestad hablar con ella, y habiéndola llamado, la vio y habló  largo rato, con grande contento, maravillándose de su prudencia y discreción". El autor, en verdad, parece ser  el carmelita Tomás de Jesús Sánchez. La orden y él, dado el prestigio de Diego de Yepes, acordaron que figurara el nombre de Yepes para asegurar la  máxima difusión. Yepes había sido confesor de santa Teresa y de Felipe II. Tomás de Jesús, eminente teólogo y místico, como procurador en el proceso  de beatificación de la Santa, escuchó el testimonio y la declaración de numerosos testigos. Estaba, pues, bien informado.

A la lista de los especialistas escépticos al encuentro hay que añadir a María  Teresa Granero Ruiz; 'La estrategia diplomática de santa Teresa', afirma: "Según los estudiosos más recientes, no se puede probar que hubiera ninguna audiencia entre Felipe y Teresa". A Slade que plantea, incluso, que Teresa pensara en el Rey como principal destinatario de sus cartas. En la misma línea, María Pilar Manero Sorolla, en Santa Teresa de Jesús y Felipe II: "No ve probable que el Rey leyera  las cartas de Teresa, solo lo harían los secretarios. Aunque tampoco puede negarlo con rotundidad".

Sin embargo, en clara discrepancia, contamos con varios historiadores de la actualidad, de talla internacional, que no dudan de la veracidad de una  audiencia. Así, Gregorio Marañón en Antonio Pérez: "Hasta Teresa de Jesús, la más grande mujer de la época se sintió turbada y casi muda en la única ocasión en que le vió la cara". El hispanista Joseph Pérez se apoya en Porreño y, tal vez, en Marañón para apoyar la discutida  audiencia real. En 'La España de Felipe II' habla de "contactos personales", pág. 221, entre santa Teresa de Jesús y el  monarca. Los  grandes hispanistas británicos Henri Kamen, en Felipe de España, y Geoffrey Parker defienden la tesis del encuentro. Este último, en Felipe II, pág. 214: "Por su parte, Teresa de Jesús, a quien el rey concedió, al menos, una audiencia, le llamaba Santo Padre". En la pág. 798, se ve la influencia clara de Bernardino Melgar. Finalmente, en pág. 214, nos recuerda que las obras de santa Teresa, la única mujer, figuraban en los anaqueles del  dormitorio real del Escorial.  A estos cuatro grandes, se une José Luis González García en 'Felipe II. Un monarca y su época'. Cita a Porreño para  refutar a Efrén sobre la relación de la  Santa con el  rey.

Por otra parte, debemos reseñar que santa Teresa trabó amistad con las dos facciones que se disputaban en la corte el favor de Felipe II. Los Mendoza y aliados, capitaneados por el Príncipe de Éboli, y los Alba y aliados, liderados por el III Duque de Alba. Principalmente, con las esposas. María de Mendoza  le presentó a Leonor de Mascareñas, antigua aya de Felipe II.  A través de esta, conoció a la princesa Juana, hermana de Felipe II, fundadora de las Descalzas Reales de Madrid. Precisamente, en su viaje a  la fundación de Pastrana, se alojó en este convento. También se interesó en alto grado por Teresa la otra hermana, la emperatriz María. Fallecido su marido, Maximiliano II de Austria, dejó Viena y regresó a España en  1576 ya que su hermano, el rey, le tenía un  gran cariño.

En este contexto, entre los partidarios del sí y los del no, no debemos descartar que el muy católico monarca concediera una audiencia a Teresa. El debate sigue abierto. El Carmelo  descalzo habría fracasado sin el apoyo decidido de Felipe II.

 

 

 

 

 

 

 

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