Un taller de bordado charro para combatir las prisas: "dejan todos los problemas en la puerta"

Los hermanos José Antonio y Sergio Martín han convertido su taller y negocio Caireles en mucho más que un espacio para aprender bordado tradicional

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Un taller de bordado charro para combatir las prisas: "dejan todos los problemas en la puerta"
Los hermanos Martín, en su taller Caireles. (Fotos: Ical)
Vicente Ladislao
Lectura estimada: 6 min.
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Nada más cruzar la puerta de Caireles, en la calle Van Dyck de Salamanca, el tiempo parece avanzar a otro ritmo. Sobre la gran mesa se acumulan bastidores, hilos de colores, telas y bordados a medio terminar mientras las conversaciones llenan el taller con la misma naturalidad con la que las agujas atraviesan la tela.

No hay pantallas que interrumpan el momento ni notificaciones que reclamen atención. Sólo personas que comparten dos horas para crear con las manos y, casi sin darse cuenta, dejar fuera las preocupaciones. "La mayoría viene para desconectar de todo lo demás. Dejan ahí, en la puerta, todos los problemas y entran. Son dos horas totalmente diferentes", resume Sergio Martín en declaraciones a la Agencia Ical. Lo que hace más de una década comenzó como un pequeño proyecto familiar es hoy un espacio donde el bordado tradicional salmantino sirve para conservar un patrimonio, pero también para construir relaciones humanas.

José Antonio y Sergio Martín nunca imaginaron que acabarían dedicando su vida al bordado. Todo empezó en casa, ayudando a su madre mientras confeccionaba los trajes charros que la familia utilizaba para participar en un grupo de bailes tradicionales. "Fue un poco casualidad. Empecé ayudando a mi madre en un trabajo que ella estaba haciendo y, poco a poco, me fui involucrando", recuerda José Antonio. Después llegaron las clases en una asociación, las horas estudiando piezas antiguas para descubrir cómo trabajaban los antiguos bordadores y la investigación de técnicas tradicionales que hoy siguen aplicando en cada una de sus obras. Hace trece años y medio decidieron abrir Caireles, un taller artesano especializado en el bordado popular salmantino que se ha convertido en uno de los grandes referentes de este oficio en la provincia.

Una imagen que rompía moldes

Cuando levantaron la persiana del taller, no era extraño que los clientes se sorprendieran al encontrar a dos hombres enseñando a bordar. Ellos nunca lo vivieron como una reivindicación, aunque eran conscientes de que rompían una imagen muy instalada en el imaginario colectivo.

"Se suele asociar sobre todo al uso doméstico, pero el bordado profesional siempre ha tenido hombres", explica José Antonio. La diferencia, añade, es que esos artesanos apenas eran visibles para el gran público. Por eso, durante años decidieron mostrarse sin complejos. Participaron en ferias, impartieron talleres, enseñaron su trabajo en redes sociales y aceptaron cualquier oportunidad para acercar el oficio a la sociedad. "Nuestra labor ha sido dejarnos ver", afirma. Trece años después, esa sorpresa inicial prácticamente ha desaparecido y ellos continúan trabajando con la misma naturalidad con la que comenzaron.

Cada pieza tiene su propia historia

En Caireles ninguna obra nace de la improvisación. Todo comienza con una idea que poco a poco se transforma en un diseño donde intervienen las proporciones, el color, los materiales y la técnica que se utilizará. Después llega el trabajo paciente de trasladar ese dibujo a la tela y comenzar un proceso completamente manual que puede cambiar de una pieza a otra.

"No hay una sola técnica; hay muchísimas", explica Sergio mientras enumera cordoncillos, abalorios, lentejuelas o deshilados, cada uno con un procedimiento distinto. Esa variedad hace que ningún trabajo sea exactamente igual al anterior y que cada encargo termine teniendo personalidad propia.

Por eso les resulta imposible escoger una obra favorita. "Cuando una pieza se marcha, muchas veces da pena. Has estado tanto tiempo con ella que casi es como un hijo", reconoce entre risas. Ambos admiten que les gustaría encontrar tiempo para crear piezas completamente personales, nacidas únicamente de su imaginación, pero el ritmo del taller apenas deja espacio para esos proyectos. "Tenemos varios empezados, pero no nos da tiempo. Hay que sacar el trabajo adelante".

Compartir las penas

El éxito de Caireles no solo se explica por la calidad de sus bordados. También por las personas que cada semana ocupan las sillas alrededor de la gran mesa del taller. Actualmente cuentan con siete grupos estables y una lista de espera que les impide abrir nuevas plazas. Los grupos apenas cambian con los años y muchas alumnas llevan cinco o seis cursos compartiendo el mismo horario.

"Algunos grupos salen de aquí y se van a tomar un café juntas", cuenta José Antonio. Las clases han terminado convirtiéndose en mucho más que un aprendizaje técnico. Entre puntada y puntada se habla de la familia, del trabajo, de la salud o de las alegrías de la semana. El bordado acaba siendo solo una parte de todo lo que ocurre durante esas dos horas.

"Se cuentan de todo. Nosotros oímos, callamos y nos hacen pasar un rato muy agradable", comenta Sergio. Incluso ha habido alumnas que, deliberadamente, han dejado la labor en casa para acudir simplemente a compartir ese tiempo con el grupo. "Han venido solo para hablar, para desahogarse, para estar un rato relajadas", explica.

Por eso ambos sonríen cuando recuerdan una frase que ya han repetido más de una vez durante los talleres que imparten en los pueblos. "Somos casi más un grupo de terapia que de bordado". Una expresión que resume perfectamente lo que encuentran muchas personas cuando atraviesan la puerta de Caireles.

Recuperar el valor de parar

En una sociedad acostumbrada a la inmediatez, el bordado representa casi un acto de resistencia. Frente al consumo rápido y al movimiento constante del dedo sobre la pantalla del teléfono móvil, ellos proponen detenerse, concentrarse y crear algo que requiere tiempo.

"Cuando lo pruebas, te das cuenta de que desconectas del teléfono móvil, ayuda a relajarse y ves las cosas de otra manera"

"Cuando lo pruebas, te das cuenta de que desconectas del teléfono móvil, ayuda a relajarse y ves las cosas de otra manera", explica Sergio. El problema, asegura, no es tanto despertar el interés de los jóvenes como conseguir que encuentren un hueco en unas agendas cada vez más saturadas. "Lo difícil muchas veces es sacar el tiempo".

Sin embargo, quienes consiguen incorporarlo a su rutina descubren pronto sus beneficios. Dos horas semanales dedicadas exclusivamente a una labor manual que obliga a bajar el ritmo y concentrarse en una única tarea. "Cuando vemos todo con tranquilidad, lo vemos diferente. Si lo vemos con prisas, prácticamente ni lo vemos", reflexiona.

La artesanía también viaja a los pueblos

La labor de los hermanos Martín no termina en Salamanca capital. Buena parte del año recorren la provincia impartiendo talleres organizados por ayuntamientos, asociaciones y programas de la Diputación de Salamanca. Este verano, por ejemplo, participan en una iniciativa que les llevará a recorrer dieciocho localidades.

En cada pueblo vuelven a repetirse escenas muy similares a las del taller. Vecinos que se reúnen alrededor de una mesa para aprender una técnica tradicional mientras conversan y comparten experiencias. "Hay varias formas de llegar. A veces nos llaman directamente los ayuntamientos o asociaciones y otras veces vamos dentro de programas organizados por la Diputación", explica José Antonio.

Ese contacto constante con el medio rural les permite acercar un patrimonio que consideran inseparable de la identidad salmantina. No solo enseñan a bordar; transmiten una manera de entender la cultura ligada a las manos, al tiempo y a la memoria colectiva.

Salamanca por bandera

Fuera de la provincia, los bordados charros despiertan admiración. Los hermanos aseguran que muchas veces es precisamente lejos de casa donde más se valora el trabajo que realizan.

"Somos de Matilla de los Caños del Río, somos de pueblo, y sí que es un orgullo representar a Salamanca",

"Somos de Matilla de los Caños del Río, somos de pueblo, y sí que es un orgullo representar a Salamanca", afirma José Antonio. Cuando participan en ferias o actividades fuera de Castilla y León sienten que ejercen también como embajadores de una tradición que identifica a toda una provincia.

Sergio comparte esa misma idea. "Es llevar la cultura a todas partes. Llevar la cultura de Salamanca y nuestra identidad". Porque detrás de cada puntada no solo hay una técnica aprendida durante años. Hay una historia familiar, un oficio transmitido con paciencia y una forma de demostrar que la artesanía sigue teniendo un lugar en un mundo que cada vez corre más deprisa. Mientras existan personas dispuestas a sentarse alrededor de una mesa para compartir dos horas de conversación, silencio y bordado, los hilos de esa tradición seguirán cosiendo también los vínculos entre quienes la mantienen viva.

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