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Un verano compartido entre el Sáhara y Salamanca
Quince niños saharauis disfrutan este verano del programa 'Vacaciones en Paz' en Salamanca gracias a la solidaridad de otras tantas familias de acogida
Hay veranos que se miden por los días de vacaciones, por los viajes o por el descanso. Otros, en cambio, se recuerdan por las personas que llegan a casa y la transforman para siempre. Eso es lo que ocurre cada año con 'Vacaciones en Paz', un programa que permite a niños saharauis pasar los meses de julio y agosto lejos de los campamentos de refugiados de Tinduf (Argelia), donde las temperaturas superan los 50 grados y las condiciones de vida continúan marcadas por décadas de exilio. En Salamanca, la Asociación de Amigos del Pueblo Saharaui (Ampusasa) ha conseguido que este verano quince menores vivan una experiencia que va mucho más allá de unas simples vacaciones.
Durante dos meses, estos niños encuentran una familia, una cama, revisiones médicas, una alimentación equilibrada y la posibilidad de disfrutar de una infancia muy distinta a la que conocen en el desierto. Pero el programa no solo cambia la vida de quienes llegan desde el Sáhara Occidental. También transforma profundamente a quienes deciden abrir las puertas de su casa. "Es mucho más lo que uno recibe que lo que da", resume Anabel Sánchez, profesora de la Universidad Complutense de Madrid y salmantina, que este verano repite por segundo año como madre de acogida.
Una puerta abierta al Sáhara
Su decisión nació del compromiso con una realidad que conocía desde hacía tiempo. Tras haber trabajado en cooperación internacional, sintió que podía seguir aportando desde un ámbito mucho más cercano. "Quería que la vida de un niño saharaui durante al menos dos meses fuera un poco más cómoda. Ellos son felices con sus familias, que los quieren muchísimo, pero viven en condiciones muy duras. Era mi forma de aportar un pequeño granito de arena", explica.
El programa 'Vacaciones en Paz', implantado desde hace décadas en España y que Ampusasa desarrolla desde hace casi treinta campañas en Salamanca, persigue precisamente ese objetivo: aliviar durante el verano las duras condiciones que soportan los menores refugiados, facilitarles revisiones sanitarias, mejorar su alimentación y ofrecerles experiencias que difícilmente podrían vivir en los campamentos. En torno a 180.000 personas continúan sobreviviendo en los asentamientos saharauis de Tinduf, donde la ayuda humanitaria sigue siendo esencial y donde los meses estivales alcanzan temperaturas extremas.
La acogida, sin embargo, comienza mucho antes de que el niño llegue a España. Las familias atraviesan un proceso de selección y formación en el que se evalúan aspectos como la disponibilidad, la estabilidad y el compromiso, además de cumplir todos los requisitos legales para garantizar la protección de los menores. "Es una responsabilidad enorme y los protocolos son muy cuidadosos. Se trata de ofrecer todas las garantías posibles", señala Anabel.
El primer abrazo
Este año comparte el verano con una niña de diez años que aterrizó en Salamanca el pasado 3 de julio. Los primeros días no fueron fáciles. Era su primera experiencia lejos de su familia y la nostalgia apareció desde el primer momento. "Las primeras noches lloró un poquito. La comunicación era complicada porque todavía no hablábamos el mismo idioma, pero con gestos, con un traductor y, sobre todo, transmitiéndole seguridad, poco a poco todo fue encajando", recuerda.
La adaptación también pasa por pequeños detalles cotidianos que para cualquier niño español resultarían casi imperceptibles. Dormir en una cama en lugar de hacerlo en el suelo, descubrir nuevos alimentos o acostumbrarse a unos horarios completamente diferentes forman parte del proceso. "Ellos están acostumbrados a que la vida en los campamentos empiece cuando baja el sol porque durante el día el calor es insoportable. Aquí hemos ido adaptando poco a poco sus rutinas", explica.
Descubrir otro mundo
Las sorpresas son mutuas. Mientras Tfarrah no deja de maravillarse con el color verde de los parques, las hojas de los árboles, las flores o algo tan cotidiano como pulsar el botón de un ascensor o de un semáforo, Anabel asegura que lo que más le impresiona es la enorme capacidad de adaptación de los menores y la generosidad de sus familias biológicas. "Tengo contacto con la madre de Tfarrah y siento un agradecimiento inmenso por la confianza que deposita en nosotros. Compartimos el amor por la niña y le agradezco profundamente que me permita cuidarla y quererla durante estos meses", afirma.
El verano transcurre entre campamentos urbanos para favorecer la convivencia con otros niños, tardes de piscina, paseos por Salamanca, visitas a los monumentos, excursiones y juegos. Tfarrah ya tiene un plato favorito, la tortilla de patata, y un cuaderno donde ambas apuntan nuevas palabras en español y en hasanía. Aprender el idioma constituye además uno de los objetivos del programa, ya que puede facilitar futuras oportunidades educativas para estos menores.
Cuidar también es sanar
Junto al componente afectivo existe otro aspecto esencial: la salud. Nada más llegar, los niños son incorporados temporalmente al sistema sanitario para realizar revisiones pediátricas completas, controles analíticos, revisiones odontológicas o cualquier tratamiento que necesiten. La prevención y la detección precoz de posibles patologías forman parte del compromiso que asumen las familias de acogida, respaldadas en todo momento por la asociación.
Ampusasa organiza además numerosas actividades conjuntas para que los menores mantengan el contacto entre ellos, puedan hablar en su lengua materna y compartan experiencias con otros niños saharauis acogidos en la provincia. Esa red también resulta fundamental para las familias, especialmente para quienes participan por primera vez. Monitores saharauis y familias con más experiencia acompañan todo el proceso para resolver dudas y ayudar en momentos especialmente delicados, como los primeros días o los inevitables episodios de añoranza.
Un vínculo para siempre
Porque si hay un momento difícil, ese llega a finales de agosto. La despedida. "Claro que se genera un apego, pero seguimos en contacto con las familias. Nos enviamos fotos, vídeos y al final sientes que has ampliado la familia al otro lado del mundo", explica Anabel. Lejos de vivirlo como una pérdida, lo entiende como una oportunidad para mantener un vínculo que trasciende la distancia.
Por eso no duda cuando se le pregunta si volverá a participar. "Sí, todos los años que tenga fuerzas", responde con una sonrisa. Después de dos veranos, asegura que la experiencia le ha enseñado que cuidar nunca resta. "Maternar es muy difícil, pero el amor es infinito. Cuando uno quiere cuidar siempre hay alternativas para hacerlo y esta es una de las mejores maneras. Colaboras con otras madres que generosamente te dejan querer a sus hijos y eso nos hace felices a todos".
El mayor deseo de Anabel es que otras familias se animen a dar el paso. Cada verano siguen siendo muchos los niños saharauis que no encuentran un hogar temporal donde pasar estos dos meses lejos del desierto. "Ojalá más familias de Castilla y León se sumen. Lo que uno gana ampliando la familia y compartiendo cariño es muchísimo mayor que el esfuerzo que supone abrir la puerta de casa durante un verano".
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