La entidad salmantina acompaña a jóvenes y familias en procesos de adicción con un enfoque humano y progresiv
La lucha silenciosa de Nueva Gente: "Lo primero no es hablar de drogas, es ayudarles a dejar de consumir"
La entidad salmantina acompaña a jóvenes y familias en procesos de adicción con un enfoque humano y progresiv
En Salamanca, la Asociación Nueva Gente lleva casi cuatro décadas acompañando a personas con problemas de drogodependencia y a sus familias en un proceso que va mucho más allá del tratamiento: la reconstrucción de vidas. "La entidad surge en 1987", explica Fernando Martín Sánchez, trabajador social del recurso, "sobre todo de la necesidad de las familias, porque era todo el tema del consumo de heroína y toda aquella problemática".
En aquel contexto, recuerda, apenas existían servicios especializados. "Por aquel entonces fue cuando empezaron a surgir este tipo de entidades, porque no había como tal recursos de drogodependencia". Con el paso del tiempo, la asociación ha ido adaptándose a nuevas realidades del consumo y hoy se define como un recurso de primer nivel dentro de la red de atención: "Somos un poco la entrada a la red de drogodependencias".
Actualmente, Nueva Gente atiende tanto a personas con adicciones como a sus entornos familiares. Solo en lo que va de año, han trabajado con 16 familias. "El número está más o menos estable", señala Martín Sánchez, aunque reconoce que lo que sí ha cambiado es el perfil de las adicciones: "Principalmente trabajamos con cannabis y cocaína, y estamos viendo también problemática con alcohol y otras sustancias".
Esa evolución también ha llevado a la asociación a intervenir en las llamadas adicciones sin sustancia. "Nos hemos ido adaptando con el paso de los años a la realidad", explica Martín Sánchez, al recordar que Nueva Gente nació para responder a la crisis de la heroína y que hoy atiende problemáticas mucho más diversas.
Uno de los aspectos más relevantes del trabajo que realizan es la forma en la que los usuarios llegan a la entidad. No existe una única vía. "Hay muchas vías", explica. Algunos casos llegan a través de la unidad de intervención educativa con menores infractores, otros por derivación de centros educativos, y muchos directamente a través de las familias. "Padres y madres que detectan la problemática o creen que puede haberla".

El perfil más habitual es joven, con una media de edad en torno a los 16 o 17 años. "Mayoritariamente sigue siendo un perfil más masculino, pero está bastante equilibrado", matiza el trabajador social. A partir de ahí, el trabajo comienza por un punto clave: la motivación. "Lo primero que hay que trabajar es la motivación para el abandono del consumo", especialmente en los casos en los que los menores no reconocen el problema.
Ese proceso no es lineal ni uniforme. "Cada usuario tiene sus tiempos, cada familia tiene sus tiempos", subraya. La intervención se realiza de forma ambulatoria y flexible, con sesiones semanales en las que participan psicólogas y trabajador social. "Hacemos tanto trabajo individual como con familias y también sesiones conjuntas".
En muchos casos, el punto de partida es la familia, incluso cuando la persona consumidora no acude al recurso. "Hay familias que llegan en las que no trabajamos con el usuario porque no ve la problemática y no quiere acudir", explica. Aun así, el acompañamiento familiar continúa como eje central de la intervención.
El objetivo no es solo la abstinencia, sino el cambio real. "Se trata de que en un determinado momento se desvinculen teniendo ya esas herramientas que vienen a buscar, sobre todo las familias". Cuando se alcanzan los objetivos, se cierra la intervención, pero no el vínculo: "Siempre hay un seguimiento y siempre tienen la oportunidad de volver cuando lo necesiten".
Uno de los retos más complejos es la toma de conciencia del problema. "Tú no puedes llegar y decirle que la droga es mala y ya está", afirma Martín Sánchez. El trabajo se centra en ayudar a que la propia persona identifique las consecuencias en su vida: el deterioro familiar, el fracaso escolar o los conflictos sociales. "Se trata de que ellos vean en qué áreas hay una problemática que tiene que ver con el consumo".
En la práctica, las sustancias más habituales siguen siendo el cannabis y la cocaína. Y sus efectos, advierte, no pueden entenderse de forma aislada: "No puedes trabajar un solo área. Normalmente están entrelazadas: salud, familia, escuela…".

En los últimos años, además, la entidad ha detectado un incremento de la complejidad de los casos, especialmente en jóvenes con problemas de salud mental asociados. "Sí que se está viendo cierto aumento de esa problemática, y es preocupante", reconoce.
Más allá de la intervención directa, la Asociación Nueva Gente desarrolla programas de prevención y reducción de riesgos, así como proyectos en centros de inserción social como Topas. Además, forma parte de la red UNAD, la Red de Atención a las Adicciones, que agrupa a entidades de todo el país.
Uno de los proyectos más recientes en los que participan es el de las "comunidades GPS", una iniciativa desarrollada junto a la Universidad de Salamanca. Su objetivo es mejorar la atención a un perfil especialmente vulnerable: mujeres víctimas de violencia de género con problemas de adicción. "Se trata de dar cobertura a una realidad que no estaba suficientemente trabajada", explica. El proyecto busca coordinar recursos entre entidades de adicciones, servicios de violencia de género, administración y fuerzas de seguridad, con el fin de establecer protocolos de actuación conjunta.
En un ámbito donde los problemas rara vez llegan solos, el trabajo de Nueva Gente se sostiene sobre una idea clara: acompañar sin imponer, intervenir sin juzgar y, sobre todo, entender que la recuperación no es un camino uniforme, sino un proceso profundamente humano.
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