El oftalmólogo salmantino Ernesto Alonso regresa a África, acompañado por su hija, para liderar una expedición médica que devuelve la luz a pacientes sin recursos
El quirófano de la esperanza desde Salamanca: 120 cirugías en Gambia para volver a ver
El oftalmólogo salmantino Ernesto Alonso regresa a África, acompañado por su hija, para liderar una expedición médica que devuelve la luz a pacientes sin recursos
Hay momentos en los que un quirófano se convierte en algo más que un lugar donde se practica medicina. En ocasiones se transforma en una frontera entre dos vidas distintas: la de antes y la de después. Antes de abrir los ojos y después de volver a ver.
Eso es lo que ocurrió durante cinco días en un hospital de Gambia, donde un grupo de profesionales sanitarios vinculados a Salamanca pasó jornadas de más de diez horas operando sin descanso. Cuando regresaron a España llevaban en la memoria 120 intervenciones de cataratas, varias operaciones de glaucoma y decenas de historias que difícilmente se olvidan.
Detrás de la expedición está el oftalmólogo salmantino Ernesto Alonso Juárez, director médico del Instituto Salmantino de Oftalmología (Insadof), que decidió volver a África más de dos décadas después de su primera experiencia en el continente. Lo hizo acompañado por un equipo sanitario formado por médicos, enfermeras e instrumentistas, y también por su propia hija, residente de Medicina de Familia.
Durante cinco días seguidos el equipo trabajó prácticamente sin descanso. Madrugaban, se desplazaban al hospital y comenzaban una cadena de intervenciones que solo se detenía brevemente para comer. Cuando terminaban, ya de noche, regresaban al pequeño hotel donde se alojaban para comentar el día, compartir impresiones y preparar la siguiente jornada.
Pero para entender por qué alguien decide cruzar medio mundo para operar gratis a desconocidos hay que retroceder 25 años atrás.
Una primera vez imposible de olvidar
La primera vez que Ernesto Alonso pisó África tenía apenas treinta años. Corría el año 2001 y trabajaba entonces en una clínica de Santander que colaboraba con proyectos médicos en Togo. Allí tuvo la oportunidad de participar en una expedición quirúrgica en la ciudad de Dapaong, cerca de la frontera con Burkina Faso.
Lo que encontró al llegar fue un escenario muy diferente al que conocía. El hospital donde iban a trabajar apenas tenía equipamiento. El primer día, antes de poder operar, tuvieron que sacar literalmente una carretilla llena de tierra del quirófano. La escena que vio al entrar le quedó grabada para siempre. En una sala cercana, dos médicos locales practicaban una cesárea sobre una paciente tumbada en una tabla improvisada. Aquella visión fue su primer contacto real con la medicina en un contexto donde los recursos eran mínimos y cada intervención se realizaba con lo que había a mano.
Aun así, la expedición consiguió sacar adelante cerca de 200 operaciones de cataratas en apenas diez días. Los pacientes llegaban caminando desde aldeas situadas a decenas de kilómetros. "Venían con un bastón, guiados por algún familiar", recuerda. "Dormían fuera del hospital esperando su turno". Muchos de aquellos pacientes apenas tenían cincuenta años. En aquel momento, explica el oftalmólogo, la esperanza de vida en la zona era muy baja y los problemas de visión aparecían mucho antes que en Europa.
Al año siguiente regresaron al mismo lugar. Esta vez lo hicieron con un proyecto más ambicioso: transportar contenedores marítimos y convertirlos en un quirófano portátil completamente equipado que acabaron quedando allí totalmente operativos.
Después la vida siguió su curso. Llegaron nuevos proyectos profesionales, la apertura de su clínica en Salamanca, la familia, los hijos y las responsabilidades cotidianas. África quedó en el recuerdo hasta este año.
Un regreso 25 años después
La idea de volver llevaba tiempo rondándole la cabeza. Pero el empujón definitivo llegó de una manera inesperada: su hija mayor. Ella acababa de terminar la carrera de Medicina y estaba iniciando su residencia. Cuando surgió la posibilidad de participar en una nueva expedición organizada por la Asociación Contra la Ceguera Internacional (ACCI), Ernesto decidió que había llegado el momento.
El proyecto se desarrollaría en Gambia y reuniría a profesionales sanitarios de distintas partes de España. Desde Salamanca viajaron ocho personas: dos oftalmólogos, dos instrumentistas, una enfermera, una anestesista y dos médicos. En total, el equipo que trabajó allí durante aquellas semanas superaba la quincena de profesionales.
El objetivo era claro: operar el mayor número posible de cataratas, una de las principales causas de ceguera en muchos países africanos. Sin embargo, la realidad con la que se encontraron no fue sencilla. Organizar una expedición médica de este tipo implica superar un laberinto burocrático. Los equipos deben enviar con antelación el material quirúrgico, obtener permisos sanitarios, gestionar visados y sortear controles administrativos, en algunos casos incluso hay que negociar con autoridades locales o pagar tasas inesperadas para poder transportar los equipos médicos.
El grupo estuvo a punto de cancelar el viaje apenas un día antes de empezar a operar. El hospital donde iban a trabajar inicialmente dejó de estar disponible y tuvieron que trasladar toda la expedición a otro centro sanitario estatal aunque finalmente consiguieron instalarse y comenzar a operar.
Diez horas al día en quirófano
Una vez dentro del hospital, el ritmo de trabajo fue constante. El equipo empezaba temprano y pasaba el día encadenando operaciones. En España una cirugía de cataratas suele programarse con tiempo, en un entorno perfectamente preparado y con todo el equipamiento necesario. En Gambia, en cambio, cada jornada era una carrera contra el reloj. El objetivo era operar a tantos pacientes como fuera posible. Durante cinco días realizaron 120 intervenciones de cataratas, además de otras operaciones oculares. "Si trabajas a ritmo puedes operar a más personas", explica el médico. "Sabes que cada operación significa que alguien va a volver a ver".
Las jornadas se prolongaban hasta siete u ocho de la tarde. Entonces regresaban al hotel donde se alojaban, un pequeño establecimiento que, según cuentan entre risas, estaba "muy bien para lo que es África y un poco justo para lo que es España". Allí llegaba el momento de descansar, una cerveza, la conversación sobre las operaciones del día y la sensación de haber hecho algo útil.
Decidir a quién operar
Uno de los lugares más intensos de la expedición no era el quirófano, sino la zona de triaje. Allí se evaluaba a los pacientes para decidir quién podía beneficiarse realmente de una operación. En ese punto trabajaron la hija de Ernesto y también su hermana, cardióloga, que se sumó al equipo para colaborar en lo que hiciera falta. Su labor consistía en examinar a decenas de pacientes cada día. Había que comprobar si realmente tenían cataratas o si la pérdida de visión estaba causada por otro problema ocular que no podía resolverse con cirugía.
En contextos con recursos limitados cada decisión cuenta. "Si operas a alguien que tiene la retina dañada, por ejemplo, la operación no va a servir para nada", explica. "Estás utilizando material y tiempo que podrían ayudar a otro paciente".
La presión era constante, además, en ocasiones aparecían intentos de colar pacientes por delante de otros: familiares, conocidos o personas con algún tipo de relación con el personal local. Ordenar todo aquello exigía paciencia, criterio médico y una enorme capacidad de trabajo.
Historias que no se olvidan
En una expedición de este tipo cada día deja imágenes difíciles de borrar. El oftalmólogo recuerda todavía casos de hace 25 años: niños con heridas graves en la cara, bebés con cataratas congénitas o ancianos que recuperaban la vista después de años viviendo en la oscuridad, este año también hubo momentos especialmente intensos. Uno de ellos ocurrió cuando el equipo ya había terminado todas las operaciones programadas. El material quirúrgico para cataratas se había agotado y estaban preparando el regreso, entonces llegó una mujer joven. Tenía poco más de veinte años y sufría un glaucoma muy avanzado, una enfermedad que daña el nervio óptico y puede provocar ceguera irreversible. En uno de sus ojos ya había perdido completamente la visión mientras que en el otro apenas conservaba un pequeño resto visual.
El equipo decidió intervenirla, aunque no formaba parte del plan inicial. La operación no podía devolverle la visión perdida, pero sí frenar el avance de la enfermedad y evitar que quedara completamente ciega. "Fue como la guinda del viaje", recuerda el médico.
Un choque con la realidad
Viajes como este también cambian la forma de mirar el propio país, cuando el equipo regresó a España, la sensación predominante fue una mezcla de alivio y reflexión. "Te das cuenta de la suerte que tenemos", reconoce.
No se trata solo del sistema sanitario o de los recursos médicos. También de algo más básico: el simple hecho de haber nacido en un lugar donde las oportunidades son distintas. "Puedes quejarte de muchas cosas", explica, "pero cuando vuelves de un sitio así entiendes lo afortunados que somos", al mismo tiempo, la experiencia demuestra que la felicidad no depende necesariamente de tener más. En muchos de los lugares que visitaron encontraron personas que, pese a tener muy poco, mantenían una actitud vital sorprendentemente optimista. "Ves que se puede ser feliz con muy poco", reflexiona.
Una experiencia compartida
Para Ernesto Alonso, uno de los aspectos más especiales del viaje fue compartirlo con su hija. Trabajar juntos en un contexto tan exigente reforzó aún más su relación y permitió que la joven médica viviera una experiencia que probablemente marcará su forma de entender la profesión. "Son vivencias que crean mucha unión", explica.
Para ella fue también una forma de descubrir otra cara de la medicina: aquella que se practica lejos de los hospitales modernos y donde el objetivo no es tanto la perfección técnica como ayudar al mayor número posible de personas.
El próximo viaje ya está en marcha
La experiencia ha dejado una huella profunda en todo el equipo, tanto que ya están preparando la siguiente expedición. Si todo sigue según lo previsto, volverán a Gambia en enero de 2027. La organización ya trabaja en la financiación, la logística y los permisos necesarios para repetir el proyecto.
La respuesta de los profesionales sanitarios interesados en participar ha sido enorme. "Hay mucha gente que quiere ir", explica Ernesto. Algunos incluso se ofrecen a pagar sus propios gastos con tal de poder formar parte de la expedición. Porque, como descubren quienes viven una experiencia así, ayudar también transforma a quien ayuda.
Una gota en el océano
Cuando se le pregunta si realmente estas expediciones cambian algo, el oftalmólogo responde con una mezcla de humildad y sinceridad. "Es una gota en el océano", admite.
La necesidad en muchos países africanos es enorme y ningún grupo de médicos puede resolverla por completo, pero cada operación cambia la vida de una persona concreta. Cada paciente que vuelve a ver puede trabajar, caminar con seguridad, reconocer a su familia o leer y eso basta para justificar el esfuerzo. "Ya que sabes hacer algo", concluye, "qué menos que intentar que sirva para alguien".







