¿Viva el 8M?

“Lo digo alto y claro: ¡Viva el 8M!”, dijo el presidente en el Congreso. Y tiene toda la razón. Que viva, si es que eso quiere decir que viva el feminismo, que tenemos que erradicar los comportamientos machistas, que eliminar cualquier discriminación hacia las mujeres, que conseguir que todos, independientemente de nuestro sexo, tengamos las mismas oportunidades. Creo que poca gente discutiría eso. Es una lástima para el feminismo que la fecha de la celebración haya resultado luego tan inoportuna.

 

Se ha liado una buena porque el Gobierno autorizó esa manifestación pese a conocer, tal vez o tal vez no, los riesgos sanitarios que podría entrañar. Pero se autorizaron también en esa fecha partidos de fútbol, congresos políticos y otros actos multitudinarios. ¿Por qué entonces se ha creado este problema con el 8M? Quizá la clave esté en que el Gobierno no autorizó la manifestación, sino que en realidad la convocó y la encabezó.

 

Resulta muy sorprendente ver a tanto ministro, a tanto cargo público encabezando una manifestación y al propio presidente aplaudiendo su celebración. Ya sé que vivimos tiempos de pensamiento líquido, en los que las realidades se confunden, los principios mutan como los virus y las ideas se desvanecen. Pero yo creía que una manifestación, como concepto, es una protesta contra el Gobierno o contra la autoridad. Es una exigencia del pueblo a quienes dirigen la sociedad, a quienes legislan, a quienes tienen el poder de cambiar las cosas, precisamente para que las cambien.

 

Así que ver a la ministra de Igualdad en una manifestación feminista resulta tan sorprendente como ver a un ministro del Interior en una manifestación contra la violencia policial o a un ministro de trabajo en una manifestación contra la reforma laboral. Si el ministro está de acuerdo con lo que se reivindica, en vez de manifestarse, lo que debe hacer es, desde la responsabilidad de su cargo, tomar medidas para satisfacer esas reivindicaciones. ¿Pero qué sentido tiene que encabece una manifestación? Y menos aún cuando no es solo el ministro del ramo, sino el Gobierno en pleno el que lo hace.

 

Detrás de todo esto hay una situación tristemente cómica, como cuando Charlot recoge una bandera en 'Tiempos modernos', detrás de él hay una manifestación, se da cuenta de que él la encabeza y entonces empieza a gritar y a agitar la bandera. Porque es evidente que hay un problema en el trato a las mujeres, y por lo tanto hay una manifestación latente, digamos social, para exigir reformas. Y lo que hace el Gobierno es ponerse delante a agitar la bandera, como si no fuesen ellos los que tienen que resolver el problema, para atraer hacia sus siglas a todos esos que, con razón, no están contentos con lo que pasa. Por eso no quieren ver a miembros de otros partidos en la marcha.

 

La manifestación se convierte entonces en un mitin político y los ministros pasan a ser propagandistas. Parece de locos, pero es más habitual de lo que creemos. Recuerden si no cuando Pablo Iglesias llamaba desde la vicepresidencia del Gobierno a los agricultores a seguir presionando, como si al que presionasen no fuese a él y a sus compañeros del Consejo de Ministros. Y ese mitin del 8M al que el Gobierno no quiso de ningún modo renunciar es el que nos trae ahora a todos de cabeza.

 

Lo que ocurre es que muchos de los políticos actuales entienden la política no como una oportunidad para mejorar las vidas de sus vecinos, sino como una competición propagandística para ver quién construye el relato más convincente, el más popular para conseguir votos. Y el problema viene cuando llegan al poder y no son capaces de cambiar el chip. Siguen en la propaganda y en la construcción del relato, siguen encabezando manifestaciones. Pero no saben gestionar, no saben utilizar las herramientas que el poder les concede para mejorar las vidas de los ciudadanos, para sacar el mayor partido de sus impuestos, para resolver los problemas.

 

Por eso seguimos enredados en la manifestación del 8M, un acontecimiento que ocurrió hace tres meses, que puede parecer poco tiempo, pero que es una eternidad si nos paramos a pensar lo que el mundo ha cambiado desde entonces. Y mientras siguen discutiendo y ocupando todos sus esfuerzos en el 8M, no hay rastro de la mesa de reconstrucción, no hay medidas reales para solucionar los problemas, no hay apuestas de futuro, no hay plan para salir de esta lo antes posible.

 

Afortunadamente, no todos los políticos son así. Hay, tanto en el PP como en el PSOE, algunas excepciones. Algunos que desde sus responsabilidades políticas no se dedican a la propaganda y al relato, sino a buscar soluciones. A identificar proyectos necesarios y a ponerlos en marcha, a mirar al futuro, a buscar la colaboración de la empresa privada para crear riqueza y empleo en sus ciudades y comunidades. Es el caso de Juan Espadas, alcalde socialista de Sevilla, que está elaborando con empresarios, sindicatos, científicos y universidades un plan extraordinario de empleo e inversiones. O el alcalde de Madrid, que ya está poniendo en marcha importantes proyectos de infraestructuras para generar empleo y externalidades en colaboración con la empresa privada. O el Gobierno de Andalucía, que ha anunciado más de 500 millones de inversión para mejorar las infraestructuras hidráulicas, tan necesarias en la región.

 

Son solo algunos ejemplos, hay más. Y son estos políticos, los que miran al futuro y no a su cuenta de Twitter, los que nos ayudarán a salir de esta crisis. Convendría recordarlo el día que tengamos que volver a votar, porque en este lodazal a veces es difícil distinguir entre manifestantes charlatanes y buenos gestores. Pero es necesario hacerlo.

Comentarios

Abulense 05/06/2020 08:53 #2
Esta señora por decir algo de ella se cree que define algo para las mujeres y ese día las puso a todas en peligro se podía quedar en su CASA Y no volver al desgobierno que tenemos en España.Me da vergüenza lo que ha hecho.

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