Vega Terrón: el insistente fracaso de un muelle vacío y cerrado

El solitario muelle de Vega Terrón, visto desde el de Barca D'Alba en Portugal.
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El muelle fluvial fronterizo acumula veinte años de fracasos en la gestión coronados con un escándalo de olvidos y desidia. Su espejo portugués, el de Barca d'Alva, deja en evidencia a las instituciones salmantinas: se ha quedado con el flujo de pasajeros mientras en el español sólo queda la basura.

Vega Terrón y Barca d'Alva. La cara y la cruz de la misma moneda, o más bien, del mismo tramo del Duero. Separados por menos de cinco minutos, en el mismo cauce y con sólo cruzar un puente, las sensaciones que dejan no podrían ser más diferentes. En el lado español, un muelle vacío, lejos de sus habitantes, cerrado a cal y canto y con la basura como único rastro del maná turístico; en el lado portugués, vida, cien pasajeros por barco y los réditos de un turismo de alto poder adquisitivo. ¿Cómo es posible? Veinte años de nefasta gestión lo han hecho posible y, si nadie lo remedia, la cuenta no se detiene. La Diputación, dueña del muelle, quiere darle un giro turístico... mientras mantiene cerrado el centro de recepción de visitantes.

 

 

El nuevo muelle de Vega Terrón ocupa el lugar del histórico, que vivió su etapa de auge a finales del siglo XIX, cuando tuvo un importante tráfico de mercancías, aunque acabó en desuso. A pesar de ello, se planteó repetir la idea y construir un nuevo muelle con la idea de que sirviese de puerto de entrada para la llegada de mercancías. Se invirtieron unos 3 millones de euros en su construcción y se hizo realidad en 1995. El proyecto se reveló como incorrecto: cuando ya estaba hecha la inversión, se topó con que Portugal paraba cuatro meses al año las exclusas que permiten navegar por el cauce.

 

A pesar de ello, el muelle siguió en marcha porque se había adjudicado su gestión en 1997 a una empresa privada, VegaTER, que iba a explotarlo. Sin embargo, hace algo más de dos años que se descubrió que la sociedad no había pagado nunca el canon establecido por la Diputación, la dueña del muelle. El resultado, 17 años de impagos, un agujero de unos 600.000 euros. Bueno, ahora son casi 20 años porque la Diputación ha sido incapaz de resolver el contrato: se dejó pasar los plazos y ahora no podrá cobrar otros dos años de canon.

 

El último proyecto para Vega Terrón, un lugar común a la hora de prometer inversiones para la comarca, fue la creación de un centro de recepción de visitantes y oficina de turismo. Se supone que es la nueva orientación que se le quiere dar al muelle, así que podría ser una inversión acertada. A día de hoy, el muelle exhibe un centro de recepción de visitantes inaugurado en 2011 tras invertir 400.000 euros que está cerrado a cal y canto.

 

 

UN MUELLE VACÍO

 

Cualquier visita a este lugar empieza justo por ahí. Bueno, antes hay que llegar desde La Fregeneda a pie de río por una carretera serpenteante. No hay mucha distancia, pero no está de más pensar si merece la pena por lo que nos vamos a encontrar. Es martes, el calor es intenso y las instalaciones están cerradas; ha sido su situación habitual desde que se inauguró. No podemos entrar a la cafetería ni a la oficina de turismo. No hay nada ni nadie. Nos consolamos porque dicen los que conoce el local que no presentaba el mejor de los aspectos. Al menos, ha recuperado todas las letras de su letrero: varias estaban desaparecidas hace unos meses

 

 

En el muelle está amarrado uno de los barcos de la línea que hace el crucero desde Oporto, y que trae unos 100.000 turistas al año a la zona, pero no hay ni rastro de sus pasajeros. Lógico: no hay nada que se le pueda ofrecer ni nadie que les pueda atender. Nos comentan que, si acaso, conectan sus generadores a la toma eléctrica. El único vestigio de su presencia son las bolsas de basura que desembarcan. A los pocos minutos, se encamina al muelle de la otra orilla, en Barca d'Alva.

 

 

EL OTRO LADO DEL RÍO

 

Son menos de cinco minutos y cruzar un puente, pero parece otra realidad. El muelle es una instalación de la localidad, asentada a la orilla del río. Los portugueses no han abandonado su mundo rural, al menos, no como en el lado salmantino: no sólo el pueblo, también los cultivos lo delatan. El pequeño puerto fluvial portugués tiene todo lo que falta en el lado español. Un centro de recepción con una oficina de turismo con aire acondicionado, atendido (con el plus de la amabilidad portuguesa) y con una tienda. Fuera, tres pequeños edificios con los servicios y otras dos tiendas, un cajero... Y los pantalanes, amplios, con tres barcos que, en temporada alta, son muchos más. 

 

 

Nos explican que los barcos de la naviera que hace el crucero atracan dos días en la cabecera, uno en Vega Terrón y otro en Barca d'Alva. En el salmantino dejan la basura y poco más, pero en el portugués pueden bajar y tomarse algo en las terrazas, dar un paseo, visitar la bonita estación de tren... Lógicamente, los turistas acaban antes en el lado portugués que en el español.

 

Así que la última 'idea' para Vega Terrón parte en una situación difícil. La Diputación quiere volver a dar su gestión y hacerla conjunta con la explotación turística del nuevo itinerario turístico de la vía férrea de La Fregeneda. Antes tendrá que ser capaz de resolver el contrato con la antigua concesionaria del muelle, a la que no se le podrá reclamar casi nada. A partir de ahí, necesita abrir el centro de visitantes y empezar a ofrecer algún servicio que, al menos, se parezca al de Barca d'Alva. Sólo así podrá dar, al menos, una imagen decente. Mientras tanto, seguirá siendo un muelle vacío en busca de un sentido que no encuentra después de veinte años.