Una vida como misionero en el África central
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Una vida como misionero en el África central

El padre Miguel Gutiérrez, junto a otros religiosos en África. (Fotos: Diócesis Salamanca)

El carmelita Miguel Gutiérrez vivió 50 años en El Congo, Costa de Marfil, Camerún y Ruanda, donde fue testigo de las matanzas entre hutus y tutsis.

Este religioso carmelita fue muy feliz en África, donde vivió más de 50 años, 45 de ellos en El Congo. Fray Miguel Gutiérrez también ha sido testigo de momentos tristes, en un continente africano con sus luces y sombras, como el genocidio de Ruanda, entre otros. Desde hace cuatro años vive en el monasterio del Desierto de San José, en Las Batuecas, donde relata sus vivencias de misionero.

 

Nació en la provincia de Ávila y estudió en los Carmelitas de Medina del Campo, Segovia, Toledo, Ávila y Salamanca. Se ordenó en Salamanca con 26 años, y aunque en un principio estaba destinado a seguir formándose en Roma, finalmente, el provincial le dijo que se fuera a El Congo. “Me dijo que fuera a estudiar Teología al instituto católico de Toulouse, en 1965, y en 1966, ya de vuelta en Salamanca, me dieron el Crucifijo y me marché a El Congo”, relata al Servicio Diocesano de Comunicación Social.

 

 

Además de vivir 45 años en la República Democrática de El Congo, fray Miguel Gutiérrez estuvo tres en Costa de Marfil, uno en Camerún y otro en Ruanda. “Ha habido cosas buenas y malas como en la vida”, reconoce este carmelita. De las peores cosas que ha vivido ha sido el genocidio de Ruanda. En aquel momento, este religioso estaba poniendo la luz en 25 pueblos, “pero no teníamos para enganchar con el transformador, y nos dijeron que nos lo daban y fuimos a la frontera de Ruanda con El Congo, que están separadas tan solo por un río”, explica. Al día siguiente cuando fue a la zona no tenían luz de la cantidad de cadáveres que había en el río, “no iban las turbinas”, de niños, jóvenes y adultos, recuerda entre lágrimas.

 

Los refugiados de Ruanda

 

Luego empezaron a llegar refugiados a su parroquia procedentes de Ruanda, “y me pusieron dos centros de refugiados allí, y los veía, estaba con ellos, y los sentía mucho”. El padre Miguel Gutiérrez recuerda cómo hicieron una iglesia pero no querían entrar, “estaba en el bajo y había una montaña y se quedaban arriba, les decían que entraran, pero no querían porque decían que desde allí veían su pueblo y sus casas”. Y esos ruandeses no querían entrar en la iglesia porque no veían su pueblo. “A otra señora la veía todas las tardes sentada en una piedra y la pregunté qué hacía, y me decía que venía a ver su casa, está allí en la montaña”.

 

Entre las alegrías vividas en África, este carmelita destaca la construcción de templos o la instalación de la luz eléctrica en muchos pueblos, “hacíamos una iglesia enorme, escuelas…. era una alegría ver que teníamos más de 15.000 estudiantes en la parroquia“.

 

 

El padre Miguel Gutiérrez explica que en más de una ocasión temió por su vida, “una vez iba con unos estudiantes y nos dispararon más de 20 veces, pero no nos dieron a ninguno”, pero también que por lo general no puede decir que le hayan tratado mal, “siempre con un cariño y una cosa, no puedo hablar mal de nadie, he estado muy bien tratado, y la gente lloraba cuando me volví para España”. En una ocasión se encontró a una joven ruandesa tras visitar a los mercedarios de Salamanca en la zona y la comentó que llovía mucho, y le dijo: “Padre, no es lluvia, son nuestras lágrimas, hemos llorado tanto que hacemos lluvia”, evoca.

 

Otros religiosos

 

En África convivía con otros religiosos españoles, incluso de Salamanca y de Castilla y León, “y nos unimos todos para fomentar las vocaciones”, confirmó el carmelita. A modo de balance, Miguel Gutiérrez recuerda que se construyeron diez grandes centros en El Congo belga, y tres más en el antiguo Congo francés, “y hemos dejado más de cien sacerdotes carmelitas en El Congo, todos son nativos”. Cuando el padre Miguel llegó a África, en el año 1970, eran 36 carmelitas en todo el continente, “y hoy somos más de 600, y en 23 naciones”.

 

Miguel Gutiérrez asegura que siempre ha vivido con el espíritu del carmelita misionero, “pero también tiene que ser contemplativo”, y en sus vacaciones siempre pasaba unos días en el monasterio que hoy le acoge, el Desierto de San José de Las Batuecas. “Al principio venía a España cada cinco años, después cada tres, y siempre pasaba aquí ocho días”. Y al volver a España pidió poder vivir en este monasterio, “y llevar una vida contraria a la de África, esta vez como carmelita contemplativo, no activo y misionero”.