Una gran faena
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Una gran faena

Lo que todos sospechábamos ya es oficial. No había comité de expertos para asesorar al Gobierno en la desescalada. Ese grupo de científicos cuyas identidades ni Simón ni Illa querían revelar para que no fueran “objeto de presiones” nunca existió. Mienten más que hablan y lo peor es que ni les importa mentir, ni las mentiras tienen consecuencias.

 

Qué lejos queda ahora aquel “los españoles se merecen un Gobierno que no les mienta” con el que Rubalcaba abría en 2004 las puertas de La Moncloa al nefasto Zapatero. Eran seguramente otros tiempos, o la vara de medir a la derecha es más larga que a la izquierda. No me puedo imaginar si gobernando el PP Moncloa dijese lo del comité de expertos y luego no existiese. La Brunete mediática no habría hecho prisioneros. Solo tenemos que esperar y ver cómo acaba lo de la caja B de Podemos, pero seguro que será una menudencia comparado con lo que se dijo del PP.

 

El caso es que esta semana nos preocupan los rebrotes ya convertidos casi en nueva ola, ¿qué podía salir mal poniendo al Torra a controlar el virus? Pero lo que nos ocupa ha sido la comparecencia de Sánchez en el Congreso para explicar esedeal europeo. Ese acuerdo histórico, que según dicen le va salvar la legislatura y nos va a hacer más llevadera esta brutal crisis que ya tenemos encima y que comenzará a manifestarse en toda su crudeza a partir de septiembre, cuando el sector turístico quiera hacer las cuentas y no le salgan. 

 

Nuestro presidente se fue a Europa a buscar ayuda, a pedir dinero a cambio de nada y a torear a ese tal Rutte que durante unos días se convirtió en el supervillano del mundo mundial, la nueva Merkel de esta crisis en la que la presidente alemana, ya pensando en su jubilación, nos ha mostrado su lado más simpático. Visto el paseíllo en La Moncloa y la llegada triunfal de Sánchez al Congreso, jaleado por todos sus diputados, que se saltaron a la torera el acuerdo de mantener la distancia de seguridad en el hemiciclo, Sánchez ha hecho una gran faena y le ha cortado las dos orejas y el rabo al ministro holandés, dicho sea metafóricamente.

 

Claro que, entre tanto paseíllo, tanto aplauso y tanta vuelta al ruedo, inmersos en el alipori de estas demostraciones de fidelidad incondicional al líder supremo, nos hemos quedado sin saber qué pasa realmente con el acuerdo europeo. Sánchez comparecía supuestamente en el Congreso para explicarlo, pero “luego fuese y no hubo nada”, como en el poema de Cervantes.

 

Lo que sí parece es que las transferencias y los préstamos no son dinero gratis, habrá que devolverlos de una u otra manera, y que el morlaco Rutte consiguió imponer algunas condiciones antes de que las mulillas se lo llevaran a toriles. Toda una faena para Sánchez. No se entiende muy bien qué es lo que aplaude con tanta euforia Pablo Iglesias, porque lo que parece claro es que habrá que hacer reformas y no precisamente las que le gustarían al vicepresidente de las cloacas y las querellas a los que le hacen esos escraches que él importó desde Argentina.

 

No lo ha explicado Sánchez, le bastaba con escuchar a su partido aplaudirse a sí mismo y salir a hombros, pero ¿qué será de la reforma laboral, de la actualización de las pensiones al IPC, de la renta mínima vitalicia, del gasto público, de los ajustes que habrá que hacer si alguna vez salimos de esta?

 

En realidad, la condicionalidad está ahí, lo quiera admitir Sánchez o no. Nos van a exigir unos presupuestos razonables y unos planes de reformas creíbles. Y nos van a vigilar. No será tan fácil engañar a Rutte como a los españoles con el comité de expertos. Y dado como pinta el panorama en el Congreso, si Sánchez consigue aprobar los presupuestos, eso sí que va a ser un acuerdo histórico.

 

Para alcanzarlo, lo primero que tendría que hacer Sánchez es volver al mundo real. Y asumir que esas condiciones que nos exigen los frugales parecen no solo razonables, sino muy beneficiosas para España. Nos piden reformas estructurales para que nuestra economía pueda crecer más y mejor. Y un ajuste presupuestario creíble, para que podamos ir poco a poco reduciendo nuestro endeudamiento y aumentando nuestra solvencia. ¿Qué Gobierno no querría para su país más crecimiento y menos deuda? No parece que Rutte nos quiera hundir, sino más bien que España crezca. Es lógico, porque cuanto más crezca, mejor para todos, para él también. Podrá vendernos más tulipanes y nosotros comprarlos.

 

Para aprobar esos presupuestos y ese plan de reformas que quiere Europa, se antoja complicado que el presidente pueda apoyarse en Pablo Iglesias, que lleva años contándonos que el dinero se imprime y que no hay por qué ahorrar, ni reducir gastos ni hacer reformas. Si el vicepresidente no tuviese ahora tantos líos, sería un detalle por su parte que pusiese en marcha la imprenta y todos contentos. ¿O es que todo eso era un cuento y el dinero no se pinta así como así?

 

Europa y los frugales no quieren hundirnos ni machacarnos, eso sería muy malo para ellos. Es todo lo contrario y si no queremos aceptarlo no es por el interés de España, sino por unos intereses partidistas que por otro lado ya no valen de nada. Solo hay que ver los resultados de Podemos cuando en vez de a un encuestador del CIS se pregunta a los votantes en las urnas. Los holandeses, los suecos o los austriacos no van a gastarse su dinero en una campaña electoral para el señor Iglesias, por mucho que Sánchez apele a los consensos y nos repita que Europa no se ha construido con vetos. Como no se ha construido es con los populismos que quieren destruirla.

 

Cuanto antes acepte Sánchez que Rutte defiende mejor los intereses de los españoles que su socio Pablo Iglesias y se dé cuenta de que con ese lastre no se puede superar esta crisis, mejor nos irá a todos. Antes conseguirá unos presupuestos y un plan de reformas, antes llegarán los fondos, antes podremos iniciar la reconstrucción y más tiempo podrá dedicar Pablo Iglesias a sus turbios asuntos en vez de a los nuestros. Para él será una gran faena, y para nosotros todo un alivio.

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