Una enorme oportunidad

La opinión de Andrés Miguel en Tribuna de Valladolid. 

Lo raro sería no tener miedo, no estar asustado; las noticias son, a veces, tan alarmantes que resulta imposible mantener la calma. Lo entiendo.

 

Tengo casi 54 años y jamás, en todo este tiempo, he vivido una situación similar.

 

Sí, todos hemos visto alguna peli en la que se planteaba un escenario de este tipo, con un virus mortal acechando por las calles, la gente cayendo como moscas, pueblos cerrados a cal y canto, un sinvergüenza intentando hacerse más rico aún a costa de los enfermos, cuatro gilipollas andando por la calle e infectando a todo quisqui  y un militar americano deseando apretar el botón rojo que haría estallar una bomba atómica justo en la plaza mayor del pueblo… y a tomar por saco el virus.

 

Menos mal que, a diez minutos del final, llega un médico, mitad “suasaneger”, mitad “cerebrito” y con un par de litros de alcohol, unas semillas de jengibre y unas gotas de un destilado de su propio ADN, hace una vacuna que resulta la cura de todos los males. Pandemia solucionada en 2 horas de metraje.

 

En la realidad la vacuna va a tardar, de modo que lo que deberíamos hacer es no ser parte de los cuatro gilipollas que andan por la calle infectando a todos.

 

Escuché una vez decir a un juez: “¡… si es que hay poca gente en las cárceles!” (y eso que está en su mano que ocurra lo contrario). Yo creo, a razón de lo que hoy he vivido en mi trabajo, de lo que he visto, que pocas multas se están poniendo por salir a la calle a darse un paseo. Hay comportamientos que, como sociedad, nos deberían dar vergüenza, conductas que son repulsivas por insolidarias, por descerebradas, qué sé yo si por malintencionadas.

 

 

Sin embargo, me enorgullece la respuesta de agradecimiento sincero que, en forma de aplausos, los ciudadanos venimos lanzando desde nuestras ventanas en señal de apoyo y reconocimiento a la figura de los sanitarios, cualquiera que sea su rango, quienes, minuto a minuto, están dando lo mejor de sí mismos por todos y cada uno de nosotros porque, si lo piensas bien, sólo un enclaustramiento eremita nos garantizaría no ser uno de los enfermos que acabe en la cama de algún atiborrado hospital, absolutamente indefensos y en sus manos.

 

 

Ellos, los sanitarios, se están enfrentando a una situación para la que no están preparados ni física ni emocionalmente. Por supuesto que saben de medicina, cada uno de su especialidad, aunque, por suerte para nosotros, son poseedores de un conocimiento troncal de la medicina en general que no se repite casi en ninguna otra profesión, pero nadie les ha preparado para hacer medicina de combate, de guerra, para oponerse a una pandemia. Esas situaciones, afortunadamente, son tan raras en nuestro siglo, tan esporádicas, que resulta difícil entrenarlas.

 

 

Y… ¿qué está resultando de esta situación? Pues sencillamente que, como de la mayoría de los problemas, los profesionales de la medicina están creciendo con el desafío, agarrando los problemas como una oportunidad para la grandeza, enfrentando la dificultad con tanto ánimo, tanta determinación, que, a buen seguro, ganarán para nosotros esta batalla y, lo que es aún mejor, dejarán trazadas las líneas maestras para darle carpetazo a las que, de este calado, se produzcan a futuro.

 

Esta crisis, con su crueldad, con su dureza, al final nos habrá servido a todos para ser mejores.

 

Si no fuera así, no merecemos el personal sanitario que tenemos, con sus flaquezas, sí, pero con sus muchas virtudes. Ese personal sanitario al que antes maltratábamos cuando se nos hacía esperar en una consulta, al que doblegábamos con nuestras peticiones desmedidas y nuestras exigencias estúpidas.

 

Ese personal sanitario que denigrábamos con comentarios poco afortunados se está dejando su propia salud por todos nosotros.

 

Si de todo esto, de su ejemplo y entrega, sólo sacamos unas salvas de aplausos, no les merecemos. Si de todo esto, de su ejemplo y su entrega, sólo revelamos un agradecimiento pasajero que durará lo que dure el miedo, la realidad es que estaremos realmente enfermos, lo cierto es que nos infectará otro virus, el terrible virus de la estúpida condición humana para el que, lamentablemente, me temo que no hay cura.

 

Tenemos ante todos nosotros un gravísimo problema y, al tiempo, una enorme oportunidad de ser mejores. No la malgastemos.