Un planeta ardiente y un clima cambiante

RAMÓN TAMAMES

Fue el profesor sueco Svante Arrenhius, uno de los primeros Premios Nobel de Química, quien a finales del siglo XIX advirtió por primera vez lo que hoy llamamos calentamiento global antropogénico. Concretamente se percató de que había un aumento de CO2 en la atmósfera por las emisiones de la industrialización humana, que originaba un aumento de la temperatura de la atmósfera frenando así, probablemente, lo que de otra manera habría sido una tendencia a la quinta glaciación.

 

Esa alteración atmosférica originaba el efecto invernadero, que ocasiona determinados gases como fundamentalmente el CO2 y el metano. Al estabilizarse en una especie de gran esfera circular alrededor del planeta, que permite el paso de la luz solar, pero que frena la salida al exterior del calor de ese mismo origen.

 

El calentamiento global funcionó durante millones de años en el planeta, permitiendo la vida en el mismo, pues de otra manera estaríamos a -20 grados, como sucede con los exoplanetas. Pero el problema surgió al superarse bruscamente el nivel térmico de siempre, en torno a 15 grados. Siendo posible ese cambio por la gran actividad de la revolución industrial, y del desarrollo humano ulterior, con tecnologías cada vez más impactantes a partir, sobre todo, del fin de la Segunda Guerra Mundial. El problema es si llegáramos a cinco o seis grados por encima de la temperatura preindustrial, con situaciones calamitosas para todos.

 

El efecto global de calentamiento se debe en lo fundamental al consumo masivo de combustibles de origen fósil, como el carbón, el petróleo y el gas natural, que generan el CO2 y otros gases de efecto invernadero (GEI). Así como algunas otras funciones relacionadas con la agricultura y la ganadería, que generan gran volumen de metano.

 

Lo grave del caso son las consecuencias del calentamiento global, que son muchas, y que podrían ser dramáticas si no se frenan: subida del nivel del mar, por lo menos de un metro en lo que queda de siglo, y seguramente más, como consecuencia del deshielo de los glaciares de Groenlandia y la Antártida, y de otros en todo el mundo.

 

Por otra parte, el inmenso aporte de agua dulce a los mares no sólo eleva su nivel (en el extremo muy lejano de total fusión, hasta 70 metros), sino que además produce la acidificación de los océanos, con efectos letales para su fauna y flora. Y asimismo significa la afloración en la superficie marítima del metano del fondo de los océanos en cantidades ingentes, con consecuencias más que perniciosas.

 

La fauna y flora podrían sufrir efectos muy nocivos, e igualmente la salud humana. Con otras consecuencias, como la desertificación, y los rigores extremos meteorológicos, con casos como el del huracán Katrina de hace pocos años, los incendios forestales de Australia, y las prolongadas sequias de Chile y California, y de otros países.

 

La percepción del problema del calentamiento global y sus consecuencias cabe fijarla, en el calendario humano, en la Conferencia de Río de Janeiro en 1992, la Cumbre de la Tierra, en la que se firmó la convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático. Un texto básico desde entonces para los proyectos básicos de frenar, sobre una base de cooperación mundial, el cambio originado por las actividades humanas, con tan graves consecuencias como las descritas.

 

Frente a tantos posibles efectos tan negativos por venir, está la actitud de mantener el planeta en las mejores condiciones posibles, está apoyada en las averiguaciones científicas del llamado Panel Internacional del Cambio Climático (IPCC), que funciona desde los años 80 del siglo XX, dependiendo del Programa de las Naciones Unidas Para el Medio Ambiente (PNUMA), y la Organización Meteorológica Internacional (OMM). Con una indudable apreciación de los fenómenos en curso, y definitivamente con la caracterización de tales fenómenos, en su mayor parte antropogénicos.

 

Pero frente a las apreciaciones científicas del IPCC, en el que colaboran más de 3.000 estudiosos de todo el mundo, hay un conjunto de negacionsitas que consideran que no pasa nada extraordinario, y que ya hubo casos de aumento del calentamiento global en el pasado que se superaron sin más. Negacionistas a los que se unen los observadores TL2, quienes estiman que la actuación humana contra el calentamiento llega demasiado tarde (too late), y con muy poca inversión, demasiado poca (too little).

 

Esas voces de negacionistas y escépticos pesan todavía mucho en la batalla dialéctica que hay sobre el cambio climático, figurando entre los más peligrosos en ese aspecto los lobbies de la producción de combustibles de origen fósil y, últimamente, la actitud del Presidente de EE.UU., Donald Trump, así como unos pocos líderes más.

 

¿Qué hacer? Esa es la pregunta, pudiendo decirse que con base en la citada Convención de Río-1992, se publicó el llamado Protocolo de Kioto, que entró en vigor en 1997. Estableciéndose en él un sistema de cuotas nacionales de las emisiones de GEI, a efectos de contener la subida térmica. Y con criterios no sólo de mitigación, sino también de adaptación al cambio.

 

Sin embargo, el Protocolo de Kioto, cuya caducidad definitiva es en 2020, fue un fracaso colectivo, ya que solamente los países de la Unión Europea, y unos pocos más, quisieron aceptar sus preceptos, con un gran negacionismo colectivo: los mayores contaminadores del mundo (China y EE.UU.) quedaron al margen por entero de las aspiraciones de recorte.

 

Fue en Copenhague, en 2009, cuando se tomó conciencia de la enorme gravedad del fracaso de Kioto. Y por entonces, se esbozaron nuevos criterios para que todos los países entraran en el proyecto de acabar con las emisiones de CO2 y otros GEI. Propósito que se alcanzó en la Conferencia de las Partes (COP), número 21, con el llamado Acuerdo de París de 2015, en el que todos los países de la Tierra (193) apoyaron, en principio, el principal objetivo señalado, con una nueva esperanza de llegar a tiempo para frenar un problema de otra manera dramático. Porque ya los niveles de contaminación de GEI alcanzaron las 400.000 toneladas, y el contenido de carbono en la atmósfera se situó en más de 400 partes por millón. Fijándose el objetivo de no superar los 2ºC de la era preindustrial.

 

Sin embargo, el Acuerdo de París de 2015 no resolvió todo, ni mucho menos. Entre otras razones, porque los mayores contaminadores no aceptaron la idea de ir con rapidez al centro del problema. En el caso de EE.UU. (que emite el 9 por 100 del total GEI), incluso la aprobación del presidente Obama en 2015 quedó sustituida por la decisión de Trump de retirarse del Acuerdo, lo que sucedería en 2020.

 

Y en cuanto a China (emisor del 19 por 100 de los GEI), obtuvo en París el permiso de empezar a recortar emisiones solamente en 2030, con un aporte más que formidable al empeoramiento de la situación hasta esa fecha. Por lo demás, con resultados muy poco favorables en el caso de Rusia –que solo en 2019 se incorporó al Acuerdo de París— y de Arabia Saudí y otros países de la OPEP, que siguen, normalmente, en la era del petróleo y el gas natural.

 

Para terminar, en 2019, en la COP-25 (celebrada en Madrid, por sucesos políticos de violencia política en Chile que era la sede antes prevista), se declaró la emergencia climática en la Unión Europea, que agrupa a 28 países, poniendo medios en proyectos adecuados, para lograr la completa descarbonización de la sociedad en 2050. Con un cambio total del modelo energético, para sustituir los mencionados combustibles de origen fósil por las energías renovables (eólica, solar, maremotriz, biomasa, etc.).

 

El camino marcado por la Unión Europea es el más avanzado de todos. Con un consenso conseguido en la Comisión y en el Consejo que son un modelo para los demás partícipes del Acuerdo de París de 2015. Pero no hay que engañarse, estamos muy lejos de haber llegado a una verdadera senda de solución. La atmósfera está deteriorándose más que nunca, y será preciso un radical reajuste de los objetivos del Acuerdo de París para que, en un momento dado, pueda empezar a frenarse el avance térmico hacia lo catastrófico. Las horas de reflexión tienen que venir seguidas, muy pronto, de la verdadera acción de todos los países del planeta Tierra, si realmente queremos que éste siga siendo un hábitat hospitalario para todos.

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