Un Hernán Cortés poliédrico y creativo

Querría decir a los amigos de la ancha Castilla y León que mi artículo anterior en Tribuna, sobre “Hernán Cortés en Valladolid” ha originado muchas observaciones de los lectores al autor; muestra de que el gran personaje sigue interesando, y mucho. Sobre todo, en relación con la Academia que supo fundar en lo que entonces era la Corte de España, de Carlos V y su emperatriz Isabel de Portugal, con indudables elementos de misterio, para investigar qué se discutía allí y cuál era la función más o menos presidencial de Don Hernán en ese areópago, del que, esperamos, se sepan más cosas buceando en los archivos.

 

Uno de esos lectores vallisoletanos me pidió que completara mi artículo con un perfil sobre el gran conquistador, con algunas indicaciones sobre quien hizo posible que 500 años después México sea el primer país hispanohablante, de casi 130 millones de habitantes. Incluido su Presidente, Andrés Manuel López Obrador. Quien personalmente no parece partidario de Don Hernán: dicen que por influencia de su esposa, Beatriz Gutiérrez Müller, periodista e investigadora, que no siente precisamente gran entusiasmo por Don Hernán.

 

La idea que yo tengo del “inventor de México” –según le llamó el historiador mexicano Jaime Miralles—, procede de mis lecturas preparatorias del libro Hernán Cortés, gigante de la Historia (Erasmus, Barcelona, 2019), entre las que se incluyen biografías y monografías de Salvador de Madariaga, Hugh Thomas, María del Carmen Martínez, Christian Duverger (a quien nos referimos ampliamente en el artículo anterior), y los mexicanos José Luis Martínez y el ya citado Jaime Miralles; amén de Rodrigo Martínez Baracs y Alicia Meller. Un elenco importante para conocer a quien nació en Medellín, y a quien el pasado 9 de marzo honramos en Badajoz, en el Auditorio Conquistadores de El Corte Inglés; en una sesión presidida por Guillermo Fernández Vara, líder de la Junta de Extremadura.

 

Ahora, tratando de contestar a los lectores, insistiré en que Cortés fue un personaje poliédrico, con muchas actividades, todas ellas desarrolladas con decisión y coraje.

 

Ante todo, Cortés fue un gran empresario. Porque supo organizar una expedición de once naves que salieron del Puerto de La Habana, para ultimar su navegación en la ciudad que él mismo creó en la costa del Golfo de México, de la Villa Rica de la Vera Cruz. Él tuvo que organizar a sus 400 capitanes y soldados procedentes de España; proveerles de vituallas para la navegación y los primeros tiempos en tierra firme: financiar todo eso con su entero patrimonio, e incluso recurriendo a operaciones societarias. Para ser luego un auténtico manager de recursos humanos, asignando tareas a cada uno para su mejor cumplimiento. Y diríamos hoy, monitorizando todas las operaciones. Que incluyeron también las grandes novedades para aquellas tierras: de los caballos, la pólvora, los cañones, los arcabuces, vehículos de ruedas… Todo ello con la evangelización que inmediatamente querrían emprender de los religiosos que acompañaban a Cortés.

 

Además de empresario, Cortés fue un soldado valiente, que luchó siempre al lado de sus hombres, y que en la batalla de Otumba, siete días después de la Noche Triste, levantó los ánimos de su ejército de españoles y tlaxcaltecas, con un triunfo debido en gran parte a su arrojo personal: montado en un corcel, que algunos identificaron con el caballo blanco del Apóstol Santiago. Pero como dice Bernal Díaz del Castillo, en su Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, aquel guerrero no era Santiago, era Don Hernán, mismamente.

 

Además de soldado, Cortés fue un estratega. Y lo demostró fehacientemente en la reconquista de Tenochtitlán, la hermosa ciudad lacustre de los mexicas, tan grande o más que Valladolid o Granada. Allí planteó toda su acción como si se tratara de una gran batalla naval, para lo cual había ordenado construir una armada de trece bergantines, que luchó contra las miles y miles de canoas de los valerosos combatientes de la triple alianza de los mexicas con los Texcoco y los Tacuba.

 

Pero además de empresario, soldado y estratega, Cortés fue un gran diplomático negociador, porque supo engrandecer su ejército, prácticamente sin límites. Con sus aliados indígenas que generalmente odiaban a los mexicas, por sus pesados tributos y sus exigencias de carne humana joven para los sacrificios a los dioses aztecas. Así se formó la alianza con los primeros toconecas del Cacique Gordo, los zautlatecas del Cacique Temblador; y los tlaxcaltecas en masa, como amigos para siempre. Sin olvidar a los cholutecas, sólo convencidos después de una gran matanza históricamente vituperada por todos, pero también inevitable. Con todas esas naciones originarias mexicanas negoció Cortés las condiciones de la coalición, y estableció los premios a recibir después de la derrota de Cuauhtémoc.

 

Pero no se acaba ahí la retahíla de funciones y méritos del gran Cortés. También fue un singular estadista. Sencillamente, porque supo construir un Estado renacentista en las Indias: la Nueva España. En un territorio no limitado al de los mexicas, sino de costa a costa, del Golfo de México al Océano Pacífico. Mayor que la propia vieja España, y con mucha más población. Tras la victoria de Tenochtitlán, supo reconstruir una nueva ciudad en la laguna, fundar otras nuevas en el ancho territorio, trazar caminos, crear monasterios y hospitales, puertos en ambas costas, preámbulo de su actividad como navegante y naviero…

 

Y por último, por no prolongarme mucho más, Cortés fue un gran escritor. Por sus cinco cartas de relación al emperador Carlos V. Incluyendo, además, la célebre Carta del Cabildo, firmada en Veracruz, con la que se legalizó frente al emperador, a quien hubo que convencer, además, con el envío de un gran tesoro. Esas cartas de relación fueron la base de todo el conocimiento de la conquista, cierto que completadas con trabajos como el de Bernal Díaz del Castillo, Tapia, el cronista López de Gómara, y otros muchos que vinieron a continuación. Tales misivas se hicieron famosas en toda Europa, algunas de ellas traducidas al latín para conocimiento de los más ilustres y afanosos próceres de aquel entonces.

 

Queda hecho, pues, el perfil que se me pedía del personaje que estos últimos años disfruta de la ignorancia, en España, de un gobierno Sánchez infiltrado por la Leyenda Negra, y avergonzado del conquistador. Sin embargo, somos muchos los que queremos conmemorar el 500 aniversario de la llegada a Veracruz, así como la conquista verdadera de la Nueva España, precedente del populoso e inquietante México actual.

 

Sólo me queda desear, a los lectores de Tribuna, una tercera semana de confinamiento, en la que además de leer, piensen que la Historia es maestra de todo, y que no se trata de saber más o menos, sino de interpretar no sólo lo que se nos viene encima con la pandemia, sino de pensar también en el papel que los españoles hemos tenido en la tantas veces olvidada Historia Universal.

 

Y los que quieran entrar en conversación con el autor, o proponer nuevas rutas literarias, pueden conectarme a través del correo electrónico [email protected].

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