Un gran día para el vicepresidente
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Un gran día para el vicepresidente

Pablo Iglesias, vicepresidente del Gobierno. Foto: EP

Por fin tiene Pablo Iglesias algo que celebrar. Llevaba el hombre unos meses de sinsabores y contratiempos, viviendo en un sinvivir entre sus problemas personales y el descalabro electoral de su partido. Pero esta semana, después de tantas turbaciones, le ha llegado por fin un gran día de felicidad, en este verano tan inclemente.

 

Seguramente le vieron ustedes aplaudir, al final del pasillo que los ministros le hicieron al presidente como si hubiese ganado la liga al llegar de Bruselas. Pese a la intimidad y el secreto que rodea al Consejo de Ministros las cámaras pudieron captar ese momento íntimo de un presidente y unos asesores de imagen que carecen de vergüenza ajena. Se veía ufano al vicepresidente y se adivinaba incluso una sonrisa, detrás de esa mascarilla no hace tanto tiempo inútil y ahora obligatoria.

 

Estará contento Iglesias por ese acuerdo alcanzado en Bruselas, podrá pensar alguno. No se crean. Con lo dado que era este hombre a salir en la tele y a colgarse medallas, aunque fueran de otros, Iglesias se ha limitado en esta ocasión a un tuit, en el que nos explica lo que ha cambiado Europa y lo distinta que ha sido ahora la reacción de los 27 comparada con la de la crisis anterior (esa que le hizo a él un hueco en la política nacional). Dice Iglesias que “el acuerdo alcanzado no solo no impedirá que el Gobierno de coalición continúe aplicando su programa, sino que significará un enorme estímulo para continuar con las transformaciones en clave de recuperación de derechos y reconstrucción de lo público que nos marcamos en el acuerdo de Gobierno”

 

Quién le ha visto y quién le ve. Con lo locuaz y verboso que ha sido siempre este hombre y ahora ni una palabra de la derogación de la reforma laboral, ni de la actualización de las pensiones al IPC, ni de subir impuestos a los ricos… No. No es precisamente este acuerdo en la Unión Europea, que le acerca unos metros más al abismo de la irrelevancia hacia la que galopa desbocado desde hace unos meses, lo que Iglesias tiene que celebrar. Por mucho que diga con la boca pequeña que este acuerdo es un estímulo, es en realidad una condena a los nefastos pactos de investidura. No vendrán hombres de negro esta vez, pero estarán teletrabajando desde Bruselas.

 

No son buenas noticias para Iglesias los ingresos de su productora de televisión detectados por el Servicio Ejecutivo de la Comisión de Blanqueo de Capitales que fluían desde 16 empresas relacionadas con Irán, sospechosas de blanqueo. Estas revelaciones serían su fin y el de su partido si les aplicásemos la misma vara de medir que ellos emplean con el Rey emérito. Tampoco que la Fiscalía haya desbaratado su intento de acallar, acusándole de acoso sexual, las denuncias del coordinador del equipo jurídico de Podemos, José Manuel Calvente, de sobresueldos, pucherazos y gastos sin justificar.

 

No. Todo esto y lo que está por llegar no es el motivo de la gran alegría de Pablo Iglesias. El motivo de su felicidad es la sentencia de la Audiencia Provincial, que el pasado 20 de julio absolvía al Partido Popular por la destrucción de los ordenadores de Bárcenas. Ese fue sin duda un gran día para este vicepresidente que comenzó denunciando las cloacas del Estado, luego las cloacas de la prensa y que ha acabado enfangado en las cloacas de su partido y en las suyas propias. 

 

Porque lo mejor que le puede pasar a Iglesias en estos momentos no es el advenimiento de esa república plurinacional que profetizó hace poco en un curso de verano en El Escorial. Lo mejor para él sería que el juez que investiga el contubernio de la tarjeta de Dina decida, igual que ha hecho la Audiencia Provincial con los ordenadores de Bárcenas, archivar el caso por falta de pruebas.

 

La suerte para Iglesias es que no vivimos en esa república bananera plurinacional que él preconiza, sino en una monarquía constitucional que lleva más de 40 años garantizando nuestros derechos y libertades. Los suyos también. Y por eso la Audiencia Provincial recuerda que en todo proceso penal es el que acusa el que debe demostrar, con pruebas, dicha acusación. 

 

No caben en nuestro sistema los procesos inquisitoriales que tanto le gustan a Iglesias, en los que los acusados deben demostrar su inocencia. La Audiencia considera que no ha quedado suficientemente probado que el PP destruyese los ordenadores de Bárcenas para eliminar pruebas. 

 

En él se explica que para condenar no basta con creer que si formatearon los discos y destruyeron los ordenadores era para destruir pruebas, hay que probarlo. Del mismo modo, ahora el juez no puede condenar a Iglesias solo por la suposición de que destruyó la tarjeta porque en ella había pruebas contra él. Eso puede salvarle.

 

Tan feliz está Iglesias con esta sentencia que frente a la gigantesca campaña que Podemos lanzó en 2017 cuando se juzgaba el caso Bárcenas y se llamó a declarar a Rajoy, ahora todo es silencio. Ninguno ha salido a acusar a la Audiencia de favorecer al PP, ni ha criticado la sentencia, ni ha dicho esta boca es mía. Es la paz y la felicidad interior del que piensa “a ver si me libro de esta igual que el PP”. Un día para celebrar.