TMF, EVN, Y CV, en la demografía de Castilla y León
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TMF, EVN, Y CV, en la demografía de Castilla y León

Entre la España vacía que propuso Sergio del Molino en su conocido libro del mismo título, y la España vaciada que se sacó de la manga el gobierno anterior –sin explicar el cambio que pudiera suponer el nuevo vocablo—, subrayaré, para los lectores de Tribuna, que la base misma de las despoblaciones regionales en España, se basa en la relación de la tasa media de fecundidad (TMF), que expresa el potencial de natalidad, con la esperanza de vida al nacer (EVN), que nos ilustra sobre el proceso de envejecimiento. Temas, ambos, en los que puede haber muy expresivos gradientes entre términos nacionales y regionales en España. Y sobre todo, respecto de la mayor de sus comunidades autónomas, Castilla y León (CyL), que con sus 94.226 km2 es mayor que Andalucía (87.268 km2), e incluso que Portugal (92.212 km2).

 

La respuesta a por qué se despuebla Castilla y León y otras circunscripciones comunitarias españolas radica, precisamente, en esa dinámica de población que configuran la TMF (número de hijos habidos por cada mujer en su vida), y la EVN como expectativa de vida media de los habitantes de un espacio concreto.

 

Diremos para profundizar en la cuestión que en España hemos pasado de una TMF de más de cuatro hijos en el siglo XIX –cuando una alta proporción de los mismos morían en plena infancia o juventud—, a una TMF media de sólo 1,25. En tanto que en la comunidad de Castilla y León se sitúa en torno a 1,15, aún menos que la media.

 

Naturalmente, para mantener la población a largo plazo, la TMF debe estar por encima de 2,1 hijos, lo que se llama el turno de reposición. Es decir, de sustitución de unas generaciones por otras, lo que permite que la población siga creciendo si la EVN va en aumento. Como todavía sucede, a pesar de su elevada cota entre nosotros: hasta de 85,3 años para el máximo, que se da en la Comunidad de Madrid.

 

Pero el caso es que con la combinación de una natalidad muy floja y una mortalidad ya muy fuerte, la tendencia observable en Castilla y Léon es que la población disminuye. Con una evolución vegetativa ya por debajo de cero; así que, a menos que el déficit se rellene con inmigraciones cuantiosas del exterior, la población total va para abajo.   

 

En lo referente a la esperanza de vida al nacer (EVN), motor de la natalidad, debemos recordar que según estimaciones históricas, en tiempos del Imperio Romano, cuando Hispania era ya un conjunto latinizado, la EVN estaba en los 25 años. Y en 1900, en España, no se superaban aún los 35. Edades muy tempranas para morir, sobre todo masivamente, por las epidemias que de tiempo en tiempo asolaban países enteros como ángeles exterminadores.

 

En ese sentido, recuérdese, por ejemplo, la peste bubónica, que en el siglo XIV redujo la población de Cataluña a un tercio de lo que era antes. Lo que explica, en buena parte, la preeminencia histórica de Castilla en relación con los catalanes; como subrayó, en su tiempo, el gran historiador, de la Universidad de Barcelona, Jaime Vicens Vives.

 

Hoy, la EVN como media en España está en algo más de los 84 años, la segunda después de Japón, con mejor situación para la mujer que el hombre. Y también para unas regiones que otras, aunque con diferencias no tan grandes como en el caso de la TMF. Con el resultado final de que si la EVN sigue para arriba –como se supone que aún sucederá—, tendremos un fuerte envejecimiento global; con toda clase de consecuencias traumatizadoras del régimen de pensiones, y de otros aspectos importantes de nuestra sociedad.

 

El declive demográfico de Castilla y León, desde hace ya décadas, no tiene visos de frenarse. Porque siendo un espacio demarcado dentro de la Nación española, apenas hay estímulos de política de población con efectos inducidos en las regiones más despobladas, más vacías. Como puede comprobarse en países como Suecia, o Francia; con políticas demográficas muy activas, de las que se derivó un aumento notable de la natalidad, pero sin resolver el problema del vaciamiento antes aludido, y de ahí los chalecos amarillos; con una tendencia de contracción, en Suecia y Francia como en España, de las zonas en declive, y de aceleración de la densidad en las áreas más pujantes, con una corriente migratoria de las primeras a las segundas.

 

En resumen, podría decirse que la demografía es una ciencia que ayuda mucho a comprender fenómenos aparentemente surgidos de hechos más o menos casuales. Nada de casualidad: son las fuerzas en presencia que funcionan, las variables TMF y EVN, movidas a su vez por corrientes económicas que no dejan de fluir de una manera u otra.

 

Debiendo subrayarse que, al igual que con Santa Bárbara, de la que sólo nos acordamos cuando truena, la ciencia demográfica sólo se sitúa en el candelero cuando ha de explicarse, como sucede ahora, el fenómeno que algunos llaman el suicidio demográfico europeo.

 

A propósito de esa situación, ya decía el demógrafo Thomas Henry Hollingsworth, que es lamentable no prestar más atención a las ciencias de la población, porque reúnen los dos factores fundamentales para un suspense a lo Alfred Hitchcock: sexo y muerte. Seguiremos. 

 

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