Recogimiento y luto acompañan al Cristo de la Liberación la noche en la que parece haber triunfado la muerte

Cristo de la Liberación (Foto: Teresa Sánchez)
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No es de las más antiguas, de hecho no alcanza el medio siglo, pero constituye una de las más bellas procesiones de la Semana Santa salmantina. La del silencio de la Hermandad del Cristo del Amor y de la Paz, Sección del Santísimo Cristo de la Liberación, ha llevado el silencio y el luto a las calles de la ciudad. 

El íntimo discurrir por las calles del Santísimo Cristo de la Liberación ha abierto la noche del Sábado Santo, cuando el Colegio Arzobispo Fonseca ha abierto sus puertas para mostrar el sentido dolor que caracteriza esta cita religiosa.

 

Tras su traslado desde el cementerio municipal el pasado viernes, ha salido del palacio universitario para recorrer las calles Cuesta de San Blas, Fuentecilla de San Blas, Cervantes, Serranos, Traviesa, Libreros, Tavira, plaza Juan XXIII, Benedicto XVI, Francisco Vitoria, Rúa Antigua, Compañía, Cañizal, Tahonas Viejas, Ancha, Ramón y Cajal, Fonseca, Colegio Arzobispo Fonseca.

 

 Amén de otras imágenes y motivos, protagonista indiscutible de la procesión es la magnífica talla del Santísimo Cristo de la Liberación, obra del cacereño Vicente Cid Pérez, realizada en pasta de alabastro y resinas, y de hechuras que recuerdan a las del gran maestro Gregorio Fernández.

 

Preside su recorrido un silencio solemne, apenas interrumpido por el sonido de los tambores que marcan el paso a los anderos, el breve y esporádico resonar del viento a través de las trompeta, y en cada parada, más de veinte, un motete cantado a capela, -sin el menor auxilio de los instrumentos, que escuchan como un nazareno más-, por las trece voces que acompañan la procesión.

 

Bajada de las escaleras de Fonseca (Foto: Teresa Sánchez)

 

Hermanos y hermanas procesionan por separado y en fila de a uno como se hacía en el siglo XVII y como se hace ahora para rememorar la noche en la que parece que ha triunfado la muerte.