Quince años de la Capitalidad 2002: el hito cultural que Salamanca no logra repetir

Una de las esculturas de la exposición de Rodin.

Los actos del año más brillante de la historia reciente de la ciudad cumplen tres lustros sin que se haya logrado dar continuidad a una apuesta por la cultura que generó imagen, infraestructuras y un valor de más de 800 millones de euros.

Tal día como hoy, 19 de enero, se celebraba hace quince años el acto inaugural de la Capitalidad Cultural Europea otorgada a Salamanca para 2002. El evento, largamente deseado, había generado unas expectativas que quedaron totalmente satisfechas hasta el punto de que fue un antes y un después para la ciudad, que se llevó el gato al agua ante Valencia o Barcelona. Y justo es decir que Salamanca cambió el concepto de este título honorífico que se ha convertido en uno de los más codiciados por las principales ciudades europeas. Sin embargo, de aquella ocasión ha quedado el recuerdo de un hito insuperable y varios intentos infructuosos de dar continuidad a una línea, la de ciudad cultural, que ya no es el centro de la visión para Salamanca que albergan las instituciones.

 

Porque lo que ha faltado tras el 2002 ha sido continuidad en una idea, la de trabajar por una Salamanca convertida en un polo destacado de la oferta cultural, que tuvo en los actos de la capitalidad una sólida primera piedra. Desde la exposición de Rodin a los 100 conciertos de música, pasando por 52 exposiciones y más de un centenar de representaciones de teatro y danza, el programa oficial (y el que aportó entonces Caja Duero) consiguió que todos los focos miraran a Salamanca. Y así fue, fundamentalmente, por la gra n cantidad de producciones, conciertos y exposiciones únicas en la oferta cultural nacional y europea. Esa es la principal diferencia con lo que después vino. La huella del 2002 ha llegado a nuestros días débil y casi desvirtuada; hay una programación cultural, sí, pero a base de contratar espectáculos en gira que ya han visitado muchas ciudades. Y hace años que no pisa la ciudad una producción de estreno o un concierto ‘de campanillas’.

 

La producción propia fue seña de identidad del 2002, con casos como la exposición de Rodin (nunca hasta entonces las esculturas del artista francés se habían mostrado así), un ciclo de ópera, 15 estrenos mundiales o la producción directa de 19 espectáculos y dos películas.  En su día, el coordinador del 2002, Enrique Cabero, señaló el peso de la producción propia en la aportación de nuevos montajes y productos "que han permitido que desde Salamanca se irradie cultura".

 

Fue aquello, irradiar cultura de estreno, lo que generó tres millones de espectadores en un millar de eventos, cifras récord de turistas y un impacto calculado por un estudio universitario de 803 millones de euros. El coste total fue de 30 millones y dejó también nuevas infraestructuras culturales como el Teatro Liceo, el CAEM, el Multiusos, la Sala Santo Domingo, el DA2, el MHAS… en los que se invirtieron otros 66 millones y que, siendo la única gestión política, fueron de lo poco que no salió perfecto porque varios se estrenaron tarde. Además, se construyó una docena de nuevos hoteles con una inversión de 60 millones de euros que crearon empleo para atender la avalancha de visitantes.

 

Sin embargo, y pese a los deseos de dar continuidad a la línea iniciada en el 2002, sabiendo que no se podía repetir en presupuesto, aquella luz se apagó y nada se ha hecho por seguir proyectando la imagen de ciudad cultural que empezó a darse con la capitalidad.  La fundación creada para organizar los actos se liquidó al terminar su función, y el consistorio retomó el control finiquitando con personal y estructura de aquella etapa en unos polémicos despidos. Después la crisis hizo lo suyo y redujo la programación cultural, la actividad del reconocido museo de arte contemporáneo (con la salida de su director), el presupuesto para cultura… Hasta reducir a la mínima expresión la huella del 2002.

 

Ahora, con la celebración del Octavo Centenario de la Usal, Salamanca vuelve a aspirar a una nueva ración de protagonismo, pero no será fácil. Los trabajos van tarde y los antecedentes no invitan al optimismo. Los intentos por apuntar los focos culturales a la ciudad han cosechado discretos resultados, y eso que ha habido muchos. El Festival de las Artes, estrenado en 2005, ha ido perdiendo presupuesto y reduciendo su duración, de un mes a cinco días; fue la apuesta que más cerca estuvo de crear una Salamanca referente en cultura de vanguardia, bajo la batuta de su primer director, Guy Martini, pero el festival pagado por la Junta nunca fue visto con buenos ojos por algunos sectores.

 

Aquel mismo 2005 se celebró Plaza Mayor de Europa, la conmemoración de los 250 años de la Plaza Mayor, que atrajo a 750.000 participantes con una programación en torno al ágora. Y en los últimos años se ha apostado por la Nochevieja Universitaria como única imagen a gran escala de la ciudad; y por los itinerarios monumentales y el recién estrenado Festival de la Luz como propuesta más cultural. Ninguno terminó de cuajar, salvo la criticada fiesta de final de año, a la que el Ayuntamiento ha dado marchamo de prioritaria. Quizás del 2018 tenga más suerte.