Pedro y el lobo
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Pedro y el lobo

En la literatura de fábulas y cuentos tradicionales no hay mejor ejemplo de las fatídicas consecuencias que acarrea mentir y traicionar la confianza de una comunidad que la historia de Pedro y el lobo. También es casualidad el nombre del personaje. Como decía Oscar Wilde, es innegable que la naturaleza imita al arte.

 

Y hablando de lobos y de naturaleza, resulta que ese otro Pedro que el pasado mes de mayo aseguraba que “trabajaremos sin descanso por cohesionar nuestros territorios y por ofrecerles las mismas oportunidades económicas a todas y a todos. Nuestros pueblos y nuestras aldeas deben ser pueblos compartidos y, sobre todo, territorios de esperanza”, ha decidido ahora que lo mejor que puede hacer su Gobierno por esa España vaciada con la que tanto se llena la boca, es prohibir la caza del lobo.

 

Al frente de esta nueva cruzada progresista, de la que tan orgullosos están los ecolojetas de ciudad, como la actriz Anabel Alonso, que el otro día celebraba en Twitter la noticia de la prohibición con un “¡Braaavooo! (dedicado a Félix Rodríguez de la Fuente)”, Sánchez ha puesto a Teresa Rivera. Es la vicepresidenta no sé qué ordinal, ministra de Transición Ecológica y el Reto Demográfico, la misma que tan bien está gestionando la transición energética y que tanta esperanza está imbuyendo en los españoles con el precio de la luz.

 

La ministra ha explicado que esta prohibición responde a “criterios científicos”. Vaya, la misma cantinela que nos contaban con lo del comité de expertos del covid, que luego resultó que no existía. Pero como los Pedros, el del cuento y el de los palacios, esta ministra que ha nacido y residido toda su vida en un entorno tan condicionado por la presencia del lobo como es la ciudad de Madrid, no tiene reparos en contar una y otra vez la misma mentira.

 

Resulta, señora ministra, que lo primero que hacen los científicos antes de tomar cualquier decisión es medir y contar. Pero en España no se ha hecho un censo de la población de lobos desde 2014. No sabemos si su número ha aumentado o se ha reducido en los últimos siete años. Aunque quienes viven lejos de las ciudades, en esos pueblos y aldeas de los que habla Pedro Sánchez, tienen una idea bastante clara de que lo que ocurre es más bien lo primero y saben que los ataques a sus rebaños son cada vez más frecuentes.

 

En una de sus intervenciones en el Senado para defender la prohibición de la caza, Rivera deslizó unas palabras que nos pueden dar una muy buena pista de lo que hay detrás de todo esto: “Es un asunto de alta sensibilidad social”. Vamos, que en las grandes ciudades, esos votantes criados viendo pelis de Walt Disney y escuchando las tonterías de Green Peace y Ecologistas en Acción consideran insoportable la visión de un animal muerto, siempre que no esté convenientemente despiezado y empaquetado en una bandejita de poliespán en el lineal de un supermercado.

 

Y a esos es a los que Rivera considera la única sociedad sensible a la que hay que escuchar. Esos que encima tratan de convertir esta medida en un homenaje a un personaje tan querido como Félix Rodríguez de la Fuente que fue precisamente quien consiguió que en los años 70 el lobo fuese declarado especie cinegética y que su caza fuera regulada. Porque él sí estaba en contacto cercano con los ganaderos del norte de España y conocía el campo. Y le aseguraba a un ganadero en una conversación en su programa radiofónico “La aventura de la vida” que era partidario de que “los vecinos de la zona organicen las correspondientes batidas para controlar a esos lobos que les están dejando sin pan”.

 

Félix Rodríguez de la Fuente sabía muy bien que la caza era la mejor forma de proteger al lobo, igual que Miguel Delibes: “Amo la naturaleza porque soy un cazador. Soy un cazador porque amo la naturaleza. Son las dos cosas. Además, no sólo soy un cazador, soy proteccionista”. Pero esto son pensamientos demasiado complejos para estos simples de salón que todo lo arreglan con prohibiciones.

 

Populismo en estado puro, que solo atiende a las exigencias de esos falsos ecologistas que son legión y no escucha a los pastores ni a los ganaderos, principalmente porque son pocos. Y con medidas como esta, cada vez serán menos. Cuando no haya leche en los supermercados ni carne en las tiendas, vendrán las lamentaciones. Y mientras tanto esos pueblos y aldeas, esos “territorios de esperanza” del cuento de Pedro el de La Moncloa, se quedarán cada vez más vacíos. Y luego nos contará Alberto Garzón que arremete contra el consumo de carne roja para defender la ganadería extensiva.

 

Esta prohibición, para la que Rivera reclama ahora consenso y diálogo, se ha decidido sin escuchar a los pastores ni a los ganaderos, sin realizar antes ningún estudio serio que avale su necesidad, y en contra de la opinión de Gobiernos regionales de todos los colores políticos. De la misma forma que se ha diseñado la transición energética. Es la forma de gobernar de estos déspotas, el ordeno y mando de los partidarios de la fatal arrogancia.

 

Porque igual que se ha tomado esta decisión, este Gobierno ha diseñado un cambio de modelo energético para los próximos treinta o cuarenta años para salvar el planeta a base de prohibiciones. Y lo ha hecho sin dialogar con la oposición, sin buscar ningún consenso, sin ningún estudio técnico serio, sin ninguna previsión de las necesidades que iban a surgir al adoptar las medidas y sin tener en cuenta las consecuencias que ahora todos sufrimos en nuestros bolsillos cuando nos llega la factura de la luz.

 

Y de la misma forma que repiten la mentira de los argumentos científicos, nos machacan con la trola de las indemnizaciones. Saben muy bien los pastores y los ganaderos que lo que reciben cuando sus rebaños son atacados por los lobos no cubre más que una pequeña parte de los daños. Igual que les va a pasar a los habitantes de La Palma, a los que el Gobierno del “no dejaremos a nadie atrás” ha destinado ahora cinco millones de euros para la compra de 107 viviendas. Así que los palmeros a vivir en casas de menos de 50.000 euros y Sánchez a “trabajar sin descanso” en La Mareta. Debería recordar Pedro cómo acaba el cuento, porque mientras está muerto de risa engañando a los del pueblo, llega el lobo y se acaba la broma.