Pedro Navaja
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Pedro Navaja

'La vida te da sorpresas', ya lo cantaba Rubén Blades y la verdad es que deberíamos tenerlo asumido. Pero confieso que escuchar a Sánchez, el inventor del “no es no”, hablar de “consenso” y de “gran diálogo nacional” me ha sorprendido. Y en realidad es casi lo único que me ha sorprendido de ese plan 'España 2050. Fundamentos y propuestas para una estrategia nacional de largo plazo', que ha pergeñado la misteriosa y arcana Oficina Nacional de Prospectiva y Estrategia.

 

En realidad, en cierto modo también sorprende ver a este Gobierno, que tarda días y a veces horas en cambiar de opinión sobre asuntos tan relevantes para el futuro de este país como los impuestos, la reforma laboral, las cotizaciones de los autónomos, el sistema de pensiones, el sistema eléctrico o el mantenimiento de las infraestructuras, presentar una “estrategia nacional de largo plazo”. Pero bueno eso debe ser como lo que les pasa a los mayores, que a veces no recuerdan lo que hicieron ayer pero sí los detalles de su infancia. Pero al revés. Este Gobierno que no sabe lo que va a hacer mañana, nos presenta un plan para dentro de treinta años. "Sorpresas te da la vida. Si naciste pa martillo, del cielo te caen los clavos”.

 

En realidad, el resto del plan no sorprende nada. Viene a ser como casi toda la cocina del chef Redondo, platos con nombre rimbombante, bien presentados, pero previsibles, con escaso sabor, nulo fundamento y mucha tendencia a emplear siempre los mismos ingredientes. Lo de “hacer cosas hasta ahora inimaginables”, el “renovado vigor”, “no caer en el pesimismo”, “converger con los países más avanzados de Europa”, las “cumbres de progreso ni siquiera visibles hace 30 años” o el “hacer una nueva historia de éxito en nuestro país”, es, siendo generosos, cocina de aprovechamiento. Vamos, lo que viene siendo comerse las sobras, en este caso un poco revenidas.

 

Ni siquiera sorprende que quien hace poco aseguraba que Largo Caballero actuó como queremos actuar hoy nosotros”, se presente ahora en el Reina Sofía, “con el tumbao que tienen los guapos al caminar”, para comparar este patético ejercicio de marketing político empaquetado en 676 folios nada menos que con la Transición, “aquella visión y esfuerzo colectivo y sostenido en el tiempo”. Bueno, sostenido hasta que alguien decidió que era necesario aliarse con Podemos, ERC y Bildu para desmantelarlo.

 

Este plan, aunque Sánchez, muy aficionado últimamente a la fórmula “les anuncio”, haya vaticinado que será “la semilla para un gran diálogo nacional que durará varios meses, en el que participen las principales instituciones públicas, empresas, sindicatos, patronales, universidades, centros de pensamiento, fundaciones, cuerpos funcionariales, asociaciones y fuerzas políticas de nuestro país” es en realidad “un trago para olvidar que el día está flojo”. ¿Quién puede esperar otra cosa?

 

Si no eres capaz de ponerte de acuerdo en nada de lo que hay que gestionar ahora mismo con nadie, ya ni siquiera con Podemos, ¿cómo vas a entablar un diálogo para diseñar la España de 2050? Si has enviado a la Unión Europea un plan para los próximos tres años que no solo no has consultado con nadie, sino que lo has mantenido oculto hasta el último minuto, ¿a quién vas a proponer ahora un diálogo sobre los próximos 30 años? “Y créanme gente que aunque hubo ruido nadie salió, no hubo curiosos, no hubo preguntas, nadie lloró”.

 

Ponerse a analizar los 676 folios del plan es un ejercicio a caballo entre el masoquismo y alguna otra perversión que no sabría definir, pero la profesión obliga. Lo que no tengo es la obligación de aburrirles a ustedes, así que intentaré no extenderme mucho. Lo primero es señalar que uno de los mayores problemas que tiene España, en lo que se refiere a su futuro como nación, que es el independentismo y los nacionalismos, pues el plan “mira pa' un lado, mira pa'l otro y no ve a nadie”. Vamos que ni se menciona.

 

El plan habla de cambio climático, de sequías y de desertización. ¿La solución que propone? Pues “impulsar la transición hídrica como vía esencial de adaptación al cambio climático, logrando una reducción de la demanda total de agua de un 5% para 2030 y del 15% para 2050”. Vamos que le digan a María Sánchez que a ver si Aquavall arregla las tuberías para no desparramar agua por las calles de Valladolid y asunto resuelto. Ni se proponen directrices para un plan nacional de agua, ni mucho menos la construcción de infraestructuras para aumentar la capacidad de embalsar agua.

 

Eso ni mencionarlo. Es más, para este plan, los embalses son una anomalía. Lo dice textualmente: “Otra anomalía en los ríos es el cambio en el régimen natural de algunos de ellos que, debido a transformaciones como la construcción de embalses, han pasado a tener más caudal en verano que en invierno”. La idea debe ser que los ríos tengan mucho caudal en invierno, cuando menos falta hace el agua, y que se sequen en julio y agosto que es cuando apetece beber tinto de verano. Así debe ser porque así lo diseñó Dios y que dejen de joder los ingenieros el plan divino.

 

En este plan no se plantea la aparición de nuevas tecnologías disruptivas, que sin duda cambiarán el mundo en los próximos 30 años, ni se aportan soluciones a problemas evidentes como la deuda pública. Y asuntos como el paro o el acceso a la vivienda se presentan como “oportunidades” para un futuro en el que no tendremos casa propia, ni coche, ni contrato fijo, ni pensión pública. Pero eso sí, todos hablaremos inglés.

 

Bueno pues ese es el nivel. En la educación, la idea fuerza es que dentro de 30 años habrá la mitad de niños (y niñas) en los colegios, así que estarán mejor atendidos. Otro problema resuelto. “Cuando lo manda el destino no lo cambia ni el más bravo”. Y para lo que no arregle la providencia, pues hay otra solución omnipresente en este plan. ¿Lo adivinan? Pues claro, subir impuestos.

 

Bueno, subirlos no, solo faltaba, Iván. Aquí lo que se verbaliza, como dicen los pedantes, es “ajustar” o “converger con Europa”. Fíjense en esta filigrana literaria, digna de Cervantes: “Fortalecer el papel de la fiscalidad ambiental, incorporando a su diseño y aplicación criterios que impulsen una transición ecológica justa. España deberá alcanzar la media actual de los países europeos antes de 2030, e incrementar su ambición durante las dos décadas siguientes”. ¡Seamos ambiciosos! “El diente de oro iba alumbrando toda la avenida”.

 

Mirar al futuro es un ejercicio loable y necesario. De hecho, es algo que hacen todo tipo de instituciones, universidades, bancos, empresas. Y no está mal que lo haga también el Gobierno. Pero esto que se ha presentado no es una estrategia de largo plazo. Es de nuevo una bomba de humo política del equipo de efectos especiales de la factoría de storytelling de Moncloa. Se trata de distraer la atención de los problemas del presente. Y quizá también de tratar de atraer algo del voto joven que ha desertado en masa del PSOE y de intentar mejorar la imagen de un presidente en caída libre. Hay que seguir moviendo las naranjas e intentar distraer la atención de este presente convertido en una cuenta atrás. Quedan 90, 89, 88 días… Pero no se pueden mantener eternamente las naranjas en el aire, al final se acaban cayendo. Y ya saben cómo acaba la canción, “Pedro Navaja matón de esquina…”