Muerte por negligencia

DAVID GUTIÉRREZ

Es muy salmantino ver un problema y pensar que alguien debería hacer algo para solucionarlo. Cargar de responsabilidad al otro mientras miramos hacia otro lado.

 

Sentirnos dolidos, pesarosos, pero a la vez hacerlo parapetados en nuestra propia comodidad. Es como el que cuelga el cartel de ‘No molestar’ en la puerta de su habitación en un hotel, duerme hasta las tantas y luego se queja porque el personal de limpieza no ha pasado a hacer su habitación. Es ver pasar la muerte cerca y decir: “Uf, menos mal”.

 

Salamanca se diluye. Hace poco veíamos echar el cierre a una empresa salmantina con más de 130 años de historia, El Adelanto de Salamanca. O comprobábamos cómo una institución cultural, la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, también abandonaba las orillas del Tormes. Nadie, o muy pocos, fueron más allá del comentario lastimoso. Ahora le toca a la UDS, otro símbolo de la ciudad. Muere.

 

Lamentarse ante la marcha de un ser querido sirve para poco más que para expresar un sentimiento. Cuando en esa muerte, como es el caso de la UDS, hay culpabilidades por negligencias hay que ir más allá de las lágrimas y pedir responsabilidad.

 

En la muerte de la UD Salamanca hay responsables, sí. No ha sido un accidente ni una muerte natural. Primero, como digo, la propia sociedad salmantina. Instituciones, empresas y empresarios que se han beneficiado del club durante su casi un siglo de vida, salmantinos para los que el Helmántico era solo un lugar más en el que pasar la tarde del domingo, como el ‘Parkitrén’. Quizás es cierto que el desencanto generalizado del personal hacia el club es una buena razón para haber dejado de ir al Helmántico. Ahí entran en juego los gestores. Los que estuvieron hace años y generaron millones de euros de deuda, y los que han ocupado el palco en los últimos tiempos. Gente, y creo que no hace falta que dé ningún nombre porque Salamanca es una ciudad pequeña y todos conocemos el pelaje de cada individuo, que pensó que esta era una empresa como cualquier otra, que quiso hacer del club su cortijo y su forma de enriquecerse (en dinero y en reconocimiento público). Que no presentó el concurso de acreedores cuando tenía que haberlo hecho. Que hizo y deshizo a su antojo. Que desvirtuó el nombre del Salamanca por los palcos de España (y también de la provincia), que minó las relaciones con Federación, Colegio de Árbitros, Liga e Fútbol, que puso a los mandos a incapaces a los que el tiempo se acabó llevando consigo, que confió en profesionales que en verdad no lo eran… Esa gente debería pagar por sus errores, pero no lo hará.

 

No exculpo a los medios de comunicación. Muchos, la mayoría, hemos visto y oído sobre las tropelías que se han cometido y nos hemos callado a cambio de un puñado de ‘grandes exclusivas’ que nos hacían vender diez periódicos más o ganar una docena de oyentes. Lo mismo sucedía con esos aficionados impacientes. O condescendientes. O impávidos.

 

Si algo positivo, o menos negativo, tiene la muerte es que no se lleva con ella los recuerdos. Algunos de los que se conservan en mi cabeza tienen que ver con el cemento frío de la grada de hace más de dos décadas, con el camino embarrado entre la Plaza de Toros y el Helmántico en pleno invierno, con las bufandas ondeando en la Plaza Mayor, con la primera entrevista de mi carrera, con cantarle y contarle a toda España aquel gol de Miku a pase de Jacobo Campos… Momentos de la historia del Salamanca y de Salamanca que tuve el placer de vivir. Gracias.