Monarquía hispánica e imperio (y VI)
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Monarquía hispánica e imperio (y VI)

Punto y final a este interesante recorrido por la historia de España que ha firmado Ramón Tamames en Tribuna. 

Seguimos en esta ocasión con una parte de nuestra Historia, con un método novedoso de presentación, que se refiere a la gobernanza de la Monarquía Hispánica y el Imperio, durante los siglos XVI a XIX. Y después de cinco entregas, en esta sexta y última nos referimos las reinas que más reinaron en España en los tiempos indicados, y a la que creo interesante cuestión de si en esa gobernanza pesaron más los intereses dinásticos o los del pueblo, y si en éstos fue protagonista la gente de España.

 

LAS REINAS QUE MÁS REINARON

 

Hemos visto los esquemas del poder durante las dos dinastías, de los Austrias y de los Borbones. Un análisis, muy esquemático, que resultaría incompleto sin haber referencia al mucho poder que detentaron las cónyuges de los reyes, es decir, las reinas.

 

Con Carlos I de España y V de Alemania, la situación fue muy particular. El rey-emperador, casado con Isabel de Portugal -hija de Manuel I el gran boicoteador de la expedición Magallanes/Elcano-, tuvo en ella una excelente esposa gobernadora. Después de casarse en 1526 con Carlos, el matrimonio duró 13 años hasta la muerte de Isabel un parto, que el Cesar lamentó más que nadie, con un retiro espiritual de varios meses a un monasterio para reponerse del dolor.

 

De esos 13 años de matrimonio, los viajes de Carlos a la Europa transpirenaica, y sus funciones imperiales, supusieron seis años de ausencia, frente a siete en España. De modo que durante todo un sexenio, la Emperatriz fue regente de su marido en los territorios españoles y los de Indias, haciendo todo con corrección y seriedad.

 

En el caso de Felipe II, que tuvo cuatro esposas con sus correspondientes viudedades, la intervención de sus mujeres fue prácticamente nula. Si bien, es de advertir que durante 14 años de su vida, semijubilado, pasó la mayor parte del tiempo en el Monasterio de El Escorial que ya había concluido de edificar. Durante gran parte de ese tiempo, tuvo como secretaria, sin duda influyente, a Catalina Micaela, hija suya habida con Isabel de Valois, que desempeño funciones de alto rango al lado de su padre.

Isabel de Farnesio, más que influyente esposa de Felipe V, mentora de Alberoni, y madre de Carlos III

 

En el caso de los Austrias menores, Carlos II, fue muy grande la influencia de Mariana de Austria, última esposa de Felipe IV, durante la regencia de minoría de su hijo. Hasta que Carlos se liberó, por su mayoría, recurriendo entonces a los dos validos. El segundo de ellos, el mejor, el Conde de Oropesa, según hemos señalado con anterioridad.

 

Con los Borbones, la influencia conyugal fue mucho mayor. Empezando por el caso de Felipe V, cuya segunda esposa, Isabel de Farnesio, fue una reina ejecutiva, por la casi permanente debilidad o insanidad mental de su marido. Junto con el Cardenal Alberoni, buscó en Italia reinos para sus hijos, e incluso apoyó las a veces las disparatadas ideas de Alberoni; que, como se vio antes, llego a organizar una especie de nueva Armada invencible para conquistar Inglaterra.

 

Con Fernando VI, un reinado pacífico y de recuperación y sobre todo de fortalecimiento de la economía y de la Marina con el Marqués de la Ensenada, las intervenciones de la esposa real, la portuguesa Bárbara de Braganza, fueron de menor importancia. Siendo verdad que constituyó uno de los arietes para acabar con la prevalencia de Ensenada. Para portugueses y británicos, Don Zenón lo estaba haciendo demasiado bien, especialmente en el caso de la Marina Real, algo muy sensible para Inglaterra y su eterno aliado, Portugal.

 

Afortunadamente para él, Carlos III, supo rodearse, ya se ha señalado antes, de grandes ministros como Floridablanca, Campomanes y el Conde de Aranda. Lo que en cierto modo evitó, tejemanejes de María Amalia de Sajonia, tranquila en su papel de consorte.

 

El caso de máximo intrusismo real del lado femenino fue el de Carlos IV, con su esposa, napolitana de origen, María Luisa de Parma. Quien como se ha indicado, tuvo en Godoy, no solo su ministro preferido, sino su protegido personal, con una relación especial entre ambos.

 

LA CUESTIÓN DINASTÍAS/PUEBLO

 

En la formación de España como Reino y también como Nación, según hemos visto en la primera parte de este capítulo, hubo sucesivas dinastías, un mismo entronque familiar, que enunciamos a partir del siglo XII, por su contribución a configurar las sucesivas transformaciones del país. Empezando por la Casa de Borgoña, a partir de Alfonso VII, 1126 hasta 1369; cuando se entronizaron los Trastámara, con Enrique II, al dar éste muerte a su hermanastro Pedro I.

 

La Casa de Trastámara incluyó a Enrique II, Juan I, Enrique III, Juan II y Enrique IV, durando hasta el final de los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, 1516. Para producirse después la llegada de Centroeuropa de los Austria (Habsburgo), iniciándose ese linaje con Carlos I (1517), para seguir con Felipe II, Felipe III, Felipe IV, y Carlos II (1700).

 

Tras la muerte de Carlos II se instaló en España la casa de Borbón, de Francia, donde llevaba reinando desde 1272 (para hacerlo, con el paréntesis napoleónico, hasta 1830). Siendo en 1700 cuando comenzó a regir en España con Felipe V, quien se consolidó con la larga y cruenta Guerra de Sucesión (1701/1714). Dinastía (Felipe V, Fernando VI, Carlos III y IV, Fernando VII, Isabel II, Alfonso XII y XIII, y Juan Carlos I) que hoy pervive con Felipe VI[1]; tras alteraciones intermedias como las de José Bonaparte, la Primera República, Amadeo de Saboya, la Segunda República y el Franquismo.

 

Tal vez se haya exagerado en ocasiones la importancia de las casas dinásticas en el devenir de España. Lo cual está claro, sobre todo, por el enfrentamiento de los Habsburgo y los Borbones, que tuvo gran resonancia, con guerras continuas, coincidentes con la fase de la Historia de España de mayor implicación en el resto de Europa, durante lo que hemos llamado Monarquía Hispánica en su visión más estricta (1517-1701).

 

Los Austria

 

En contra de otras interpretaciones en pro de la trascendencia de la política propia de los Habsburgo (un linaje altamente endogámico), en tiempos de Carlos I de España y V de Alemania, el objetivo del monarca de dos coronas no fue tanto la gloria de su Dinastía como la búsqueda insistente de Carlos de la unión de la Europa cristiana frente al poderío turco. Un objetivo que se reveló imposible de alcanzar, por los referidos enfrentamientos con los franceses, los príncipes alemanes de la reforma luterana, y el propio ascenso del Imperio Otomano en el escenario mediterráneo.

 

Por otra parte, es conocido que tras su coronación como Emperador en Aquisgrán (1520), al volver a España –reprimida la rebelión comunera—, Carlos se hispanizó de manera definitiva. En un cambio que le llevó a tener sus reinos de España como la propia base financiera y humana de su compleja Monarquía. Y también del ánimo de su propia vida, que terminó en el Monasterio de Yuste, dicen que a fin de preparar su alma para el encuentro con Dios (1558).

 

Felipe II, el Prudente, como han puesto de relieve Hugh Thomas[2], Geoffrey Parker[3] y Manuel Fernández Álvarez[4], fue un personaje real de tomo y lomo en su tiempo: el monarca que más a fondo estudiaba los asuntos de sus dominios, con una visión hispanocéntrica. Sobre todo tras descartar el Imperio universal España/China en el que durante un tiempo pensó.

 

Felipe V, en un retrato de Jean Ranc, fue el verdadero organizador de España, superando los antiguos Cinco Reinos

 

Esa hispanocentricidad se materializó visiblemente en su decisión de situar su capital en Madrid (1561), en vez de hacerlo en Barcelona de cara al Mediterráneo, o en Lisboa mirando a Ultramar, residiendo los últimos años de su vida casi por entero en el Monasterio de El Escorial; donde siguió trabajando día a día con la ayuda, entre 158 y 1585, de su secretaria, Catalina Micaela, su hija preferida.

 

En el caso de los Austrias menores, la entidad Habsburgo ya no tuvo el peso especial de antes. Con un Felipe III menos guerrero que los reyes anteriores, y un Felipe IV que se vio arrastrado a la guerra de los 30 años, que tuvo en su valido el Conde-Duque de Olivares la expresión de una meta totalmente hispanocéntrica, con su rey a la cabeza de Europa. Que no pudo culminar por la insuficiencia demográfica y financiera del país, y el sistema confederal de la Monarquía Hispánica; frente a la fuerza creciente de Francia e Inglaterra, y el hundimiento del Sacro Imperio. Carlos II fue el último Habsburgo, con el Marques de Oropesa como valioso valido, con una ejecutoria en general injustamente tratada por la Historia, por lo que fue su reinado de saneamiento administrativo y financiero.

 

Los Borbones

 

En el caso de los Borbones, Felipe V fue el primer verdadero rey de España (cierto que apoyado por la autoomnipotencia de su abuelo Luis XIV), que hizo posible la homogeneización de los territorios peninsulares en Capitanías Generales a partir de los Decretos de Nueva Planta. Debiendo señalarse que en 1712, Felipe podría haber vuelto a Francia, llamado como Delfín para un día suceder a Luis XIV. Prefiriendo entonces quedarse como Rey en España, con sus “fieles castellanos, tan leales” –así lo dijo— en la prolongada Guerra de Sucesión que por entonces no tenía aún ganada. Sin olvidar que el propio Luis XIV, en 1710, retiró su apoyo a Felipe V por un tiempo, apreciándose entonces el coraje del joven rey de 26 años, que pudo mantenerse por el decidido apoyo popular de sus súbditos de la Corona de Castilla.

 

Fachada renacentista de la Universidad de Salamanca, Alma Mater de tantos conquistadores y evangelizadores

 

Los Borbones, tuvieron, en general, excelentes ministros netamente españoles (foráneos en los primeros tiempos: franceses de Felipe V e italianizantes de Carlos III). Con una ejecutoria de revisión y modernización indudable, sobre todo en tiempos de Felipe V, Fernando VI y Carlos III.

 

Globalmente, los tres pactos de familia firmados por entonces entre los Borbones de España y de Francia fueron básicamente provechosos para los intereses españoles: la recuperación de Nápoles y Sicilia con el primer pacto, la adquisición de la Luisiana con el segundo, y la recuperación de las Floridas y Menorca con el tercero y último, según vimos al comienzo de este capítulo. E incluso hubo un momento en el que el apoyo de la Marina francesa, en tiempos de Felipe V, hizo posible mantener el Imperio (sobre todo en las flotas de Indias), frente a la voracidad de ingleses y holandeses.

 

El Pueblo

 

No puede decirse, pues, que los intereses dinásticos, desde Carlos I, primaran definitivamente sobre los intereses propios españoles, por mucho que la implicación de España en los temas europeos complicara toda su Historia. Pero ciertamente eso fue algo inevitable, en tiempos de guerras de religión y de búsqueda de la hegemonía por más de siglo y medio, desde las primeras grandes aventuras italianas de Fernando el Católico con el Gran Capitán, hasta, simbólicamente, la batalla de Rocroi (1643).

 

Por ello, en este pasaje casi al final de nuestro artículo, surge una cuestión del mayor interés: la construcción del Imperio de Ultramar. En el sentido de que aparte de las iniciativas reales de los Reyes Católicos con Colón, la de Carlos I con Magallanes, y la de Felipe II con las Filipinas, la conquista fue un hecho básicamente popular. Financiado por los propios conquistadores, mediante capitulaciones: gente del pueblo en tripulaciones y gente de armas, a lo más, mediohidalgos. Como Cortés, Pizarro y Almagro, Valdivia, Jiménez de Quesada, Martínez de Irala, Blasco de Garay, etc. Algunos de ellos, estudiantes de Salamanca o Alcalá de Henares. Aunque, inevitablemente, ese esfuerzo popular, sobre todo al principio, fue encauzándose en la burocracia de la Monarquía con sus métodos y sistemas.

 

En otras palabras, la conquista del Nuevo Mundo tuvo poco que ver con intereses propios dinásticos, casi siempre centrados en Europa. Siendo la conquista y sus derivaciones –con luces y sombras— la obra más española de todos los tiempos, en sentido profundo, lo que hizo posible la mitad del mundo que fue de España. Si bien es cierto que la Monarquía extrajo grandes dividendos de la empresa, y que desde España se dio un sentido a toda una organización y estructura vital como fueron la América española y Filipinas.

 


[1] El Gran Duque de Luxemburgo es también Borbón.

[2] Hugh Thomas, El señor del mundo. Felipe II y su imperio, Planeta, Barcelona, 2013.

[3] Geoffrey Parker, Felipe II. La biografía definitiva, Planeta, Barcelona, 2012.

[4] Manuel Fernández Álvarez, Felipe II, Espasa, Barcelona, 2010.