Cyl dots mini

Monarquía Hispánica e Imperio (V)

Quinta entrega de la serie que firma el prestigioso economista Ramón Tamames para TRIBUNA. 

Seguimos hoy con las sucesivas entregas sobre un largo artículo dedicado a una parte de nuestro pasado histórico, que la inmensa mayoría de los españoles o no ha estudiado nunca o lo tiene olvidado. Entrando hoy en lo que corresponde a la Administración de los primeros Borbones, con un espíritu renovador importante, y una alianza con Francia; con tres pactos de familia, de muy diversa apreciación crítica –por decidir quién mandaba más en esa relación familiar—, pero que prácticamente evitó cualquier clase de guerras con el país vecino por casi un siglo.

 

De esos pactos de los Borbones de Francia y España, el primero, 1733, entre Felipe V y Luis XIV, se dispuso para hacer frente en común a Austria con el Sacro Imperio. Un trance en el cual España volvió a adquirir el Reino de Nápoles y Sicilia.

 

El segundo Pacto (1743), se formalizó para actuar juntos los dos países en la guerra de Sucesión de Austria, 1740-1748. Y tuvo su renovación en la guerra de los siete años (1756-1763), en la que España perdió la Florida (1763), compensada por la transferencia de la Luisiana por Francia a España. En 1779, el tercer Pacto se tradujo en la participación de España, Francia ya estaba en ello desde 1776, en la guerra con Inglaterra por la independencia de Estados Unidos; tras la cual España recuperó (1783) las Floridas y Menorca, pero no Gibraltar.

 

La referencia a una relación pacífica entre Francia y España, no es baladí. Como puede comprobarse por el cuadro adjunto, en el que figuran las 16 contiendas que ambas naciones mantuvieron entre sí, desde Carlos V al final de la Casa de Austria. Complementariamente, incluimos otro cuadro con las guerras, casi por el mismo número, de España con Inglaterra. En otras palabras, la guerra era una situación normal y continua: en los 41 años que rigió Felipe II, sólo tuvo seis meses sin guerras.

 

 

LA ADMINISTRACIÓN CON LOS BORBONES

 

La llegada de Felipe V a España fue el origen de grandes cambios que empezaron a producirse durante la Guerra de Sucesión (1701/1713), con los Decretos de Nueva Planta (1507 para Valencia y Aragón, 1514 para Cataluña, y 1715 para Baleares).

 

Con tales Decretos, se homogenizaron los diversos territorios peninsulares de la monarquía española, sustituyendo los virreyes de Aragón, Cataluña, Valencia, etc., por capitanes generales al frente de las nuevas regiones militares. Igualándose así todo el país con las normas castellanas, manteniendo sólo su autonomía Navarra y las Provincias Vascongadas.

 

Ministros universales o principales con Felipe V y Fernando VI

 

Giulio Alberoni, italiano, de Piacenza, sin necesidad de grandes nombramientos –pero siempre con el apoyo de Isabel de Farnesio, segunda esposa de Felipe V— fue el protagonista de la política exterior de Felipe V entre 1515 y 1519. Un tiempo en el que además de llegar a Cardenal, Alberoni quiso reconquistar las anteriores posesiones españolas en Italia, reorganizó los correos entre España y América, potenció la Marina Real, y abolió las aduanas interiores en España (excepto Navarra y País Vasco). E incluso, en 1719 se planteó invadir Inglaterra con una especie de nueva Armada Invencible; una aventura por la que fue destituido, volviendo a Italia donde vivió hasta 1793.

 

Tras Alberoni, el más destacado ministro de Felipe fue José Patiño, nacido en el Milanesado español, y que llegó a Secretario de Estado en 1717. Se ocupó especialmente de reforzar la Marina del rey, dotando mejor los tres astilleros del Ferrol Cádiz y Cartagena, labor que compartió con Carvajal y el Marqués de la Ensenada. Murió en 1736, sin incremento de su patrimonio, en contra del uso habitual de enriquecerse los mandamases de la época. Hasta el punto que Felipe V hubo de pagar los gastos de su entierro. Su labor fue, resumida con estas frases:

 

Economizó la real Hacienda y libró al pueblo de los tributos extraordinarios que surgían antes … La Casa Real estuvo pagada; el ejercito provisto; la renta de la corona se pusieron corrientes; y el Erario adquirió la reputación, que como decía Richelieu, es su principal riqueza.

Pintura del Marqués de la Ensenada

 

Marqués de la Ensenada y José de Carvajal

 

Ya en tiempos Fernando VI, destacó la figura de Don Zenón de Somodevilla y Goicochea, Marqués de la Ensenada, que vio reforzada su actividad, hasta casi ser primer ministro de todo durante doce años seguidos. Debiendo subrayarse su labor fundamental de modernizar y potenciar la Marina Real, para mejorar la conexión de España y sus Indias, y a fin de estar preparados para los inevitables conflictos con Inglaterra. También hay que citar el Catastro de Ensenada, el instrumento para regular mejor los impuestos sobre la tierra agraria.

 

Después de cesar como ministro principal, al Marqués de la Ensenada, le sustituyó José de Carvajal y Lancaster, que negoció la fijación de límites entre España y Portugal en América del Sur, y que autorizó la primera expulsión de los jesuitas de sus reducciones de Paraguay. Se ocupó también de muchas otras cuestiones, entre ellas las de comercio y moneda.

 

Carlos III y los ilustrados

 

Entrando ya en Carlos III, nos encontramos con los mejores ministros de la Ilustración, empezando con el genovés Jerónimo Grimaldi, que fue Secretario de Estado de 1763 a 1766, negociando el segundo pacto de familia entre los Borbones de Francia y España. Fue sustituido por el Conde de Aranda, jefe del llamado Partido Español, que preconizaba la hispanización definitiva de la Administración, muy italianizada por Carlos III al llegar de Nápoles.

 

Aranda potenció toda la política reformista a partir del Motín de Esquilache (1766), y realizó el primer censo demográfico moderno de España. Previamente, como embajador en París, al observar la guerra de independencia de EE.UU., planteó que la América Española se transformara en varios reinos independentes, con reyes Borbones españoles al frente.  

 

Floridablanca, murciano, destacó, con Carlos III y Carlos IV por su labor de fomento, de mejora de caminos reales y regadíos (Canal Imperial de Aragón, etc.). Culminó la expulsión de los jesuitas. Fue el verdadero fundador del Consejo de Ministros, al reunir, semanalmente, a los secretarios reales.


Campomanes, el más versado y culto de los Secretarios de Despacho de Carlos III

 

Campomanes, asturiano, fue Ministro de Hacienda con Carlos III. Se opuso a los privilegios de la Mesta, y realizó las primeras desamortizaciones agrarias. Promovió la política de repoblación en Sierra Morena –obra de Pablo de Olavide, un personaje extraordinario—, la mejora de las universidades y creó las Reales Sociedades Económica de Amigos del Pais. Hombre de gran cultura, reunía a lo mejor de la Ilustración en la tertulia que mantuvo en su casa. En su tiempo se creó el Banco de San Carlos (1782), antecedente directo del Banco de España.

 

En resumen, ese fue el tiempo que hispanista Richard Herr calificó como “la revolución española de la segunda mitad del S.XVIII”, por la modernización de las administraciones, y la exigencia de buena calidad en su desempeño. Se impulsaron las expediciones científicas y se intentó reposicionar a España, de nuevo, como gran potencia mundial.

 

Mencionáremos también a Jovellanos, asturiano como su mentor Campomanes, con quien trabajó durante varios años reinando aún Carlos III. Brevemente, fue Ministro de Carlos IV de Gracia y Justicia, a propuesta de Godoy. Destacó sobre todo por sus estudios económicos y sociales, especialmente el Informe sobre la Ley Agraria (1805).

 

Melchor Gaspar de Jovellanos, pensador de la Ilustración (retrato de Goya)

 

Carlos IV y Godoy

 

Ya con Carlos IV (1788 /1808), la situación se deterioró rápidamente, por los temores a la influencia de la Revolución Francesa (1789), y por la aparición de Godoy, como supervalido de Carlos IV, con quien empezó a desfigurarse la gobernanza de la Monarquía española, sobre todo por sus tratos con Napoleón.

 

Aunque actualmente algunos historiadores pretenden reinterpretar más positivamente a Francisco de Godoy, nombrado Ministro Universal por Carlos IV en 1792, lo cierto es que buscó el predominio de los intereses más mezquinos. En 1800 pactó con Bonaparte la posesión del Reino de Etruria para la Duquesa de Parma, hija de Carlos IV, a cambio de la Luisiana, la enorme posesión adquirida de Francia en 1764.

 

Luego, la política de alianza con la Francia imperial, llevó a la derrota de la Marina española, frente a Inglaterra, en las dos grandes batallas navales del Cabo San Vicente (1797), y sobre todo, de Trafalgar (1805). En 1808, Godoy cayó como consecuencia del Motín de Aranjuez (marzo de 1808). Después de haber acordado ya el paso de la Grande Armee por España, para invadir Portugal, donde Napoleón había reservado un principado, casi la mitad del país (ver mapa), para el propio Godoy, que quería convertirse en verdadero rey. La guerra de independencia empezó el 2 de mayo de 1808, y frustró las intenciones del valido de María Luisa y Carlos, y comportó todas las miserias de la guerra que grabó Goya, y la descomposición del Imperio Español, según veremos.

 

Seguiremos el próximo viernes, 23 de octubre, y hasta entonces, los lectores de Tribuna pueden conectar con el autor a través del correo electrónico [email protected].

 

 

Tratado de Fontainebleau (27-29 de octubre de 1807)

Comentarios

Deja tu comentario

Si lo deseas puedes dejar un comentario: