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Memento Mori

 

Pedro Sánchez volvió de Bruselas celebrando su gran éxito en el reparto de los fondos europeos, entre aplausos en Moncloa y ovaciones en el Congreso, como un general romano festejando su victoria con su toga picta y su corona de laurel. Desde entonces, parece que está dispuesto a olvidar la mosmaiorum, tomar el camino de César y erigirse en dictador, pasando por encima de las instituciones de la República. Debería tal vez cuidarse de los idus de marzo. Porque se acerca el invierno y pese a que junto con las legiones de Podemos quiera cruzar el Rubicón y nombrar a dedo a los jueces como hizo César con los senadores, la situación económica de nuestro país puede convertirse en su memento mori antes de la primavera.

 

El Gobierno que preside Sánchez envió el jueves pasado a Bruselas el plan presupuestario de España, sin que se haya presentado en España ni siquiera el borrador de los presupuestos que todavía negocia con Podemos, como si los europeos fuesen a rendirse sin más a sus pies como los galos en Alesia. Pero cuidado, puede que no todo sea tan fácil al otro lado de los Pirineos como le resulta, de momento, en España. 

 

Algo parecía haber cambiado en Bruselas tras la cumbre de los cuatro días de julio en los que se daba el primer paso para el reparto de las ayudas para afrontar la crisis económica y social provocada por el coronavirus. Decía Aristóteles que los humanos somos seres morales y podemos diferenciar entre las cosas buenas y las malas. Este sentido de la moral está muy presente en los países protestantes del norte de Europa, como Alemania, Holanda, Suecia o Finlandia e impregna también, y sobre todo, su forma de entender la economía y las políticas económicas. En la crisis de 2008 fue fácil encontrar culpables.Países que como España y Portugal se habían endeudado de forma irresponsable. Como Italia, que no había querido reformar su administración pública o como Grecia, que había permitido un fraude fiscal desbocado. Habían hecho las cosas mal y fueron condenados. Ahora, con el coronavirus, no había culpables y la decisión fue muy distinta: emitir una deuda conjunta.

 

Pero la puerta a las consideraciones morales no se cerró del todo. Los frugales se reservaron el derecho a revisar que los fondos no se dedicasen a gastos improductivos o repartos corruptos de ayudas clientelares. Y parece que esa puerta a la moral está abriéndose cada vez más. Hace unos días, Friedrich Leopold Sell, profesor de Economía de la Universidad Bundeswehr de Múnich, escribía un artículo en un prestigioso diario suizo que ha tenido mucho eco en toda Europa. En él asegura que España está cerca de convertirse en un estado fallido ya que “ninguno de los tres poderes de un estado constitucional democrático sigue cumpliendo lo que la Constitución y el pueblo esperan de ellos”. Dice Sell que están sucediendo “cosas increíbles” en la quinta economía europea, con un separatismo “irreconciliable”, una crisis constitucional con el cuestionamiento de la Monarquía y un pésimo manejo de la pandemia.

 

Habla también Sell de la “crisis de un Gobierno de coalición que no tiene mayoría en las Cortes y depende repetidamentede la aprobación o tolerancia de los partidos nacionalistas”. En estas condiciones, concluye Sell, no sería responsable otorgar las ayudas de la Unión Europea a España. Pero no es solo este profesor universitario. La mala gestión de esta segunda ola de la pandemia, las derivas totalitarias para elegir a dedo a los jueces en Polonia, Hungría y España, el riesgo de que los fondos se utilicen en gastos interesados y clientelares que no impulsen el crecimiento y que no sirvan para aliviar la situación de los pequeños empresarios y de los cada vez más numerosos parados, están dando cada día más opciones a que los condicionamientos recobren un papel protagonista en las negociaciones de las ayudas europeas. No habrá hombres de negro, pero tampoco cheques en blanco.

 

Haría bien Sánchez en recordar que es mortal, él y el resto de los ciudadanos españoles, y dejarse de vender pieles de osos que todavía no ha cazado, mientras camina sobre las aguas de su débil mayoría. Haría bien en dejar de inventar soluciones anticonstitucionales para salvar a su socio de Gobierno y ponerse a elaborar de verdad un presupuesto serio y un plan de reformas detallado y convincente. Esos anuncios de flexibilizar las condiciones de la ley de contratos públicos “para eliminar corsés”, esas intenciones declaradas de que será él personalmente el que controle a qué se dedican las ayudas y esos planes vagos, difusos e inconcretos de recuperación y resiliencia en los que solo se anuncian porcentajes producen temor y recelos.

 

Temor en España a que estos fondos acaben repartiéndose como los EREs en Andalucía y solo sirvan para comprar lealtades y disparar el gasto público. Y graves recelos en Europa que pueden conducir a que al final el plan de ayudassea mucho más modesto y mucho más condicionado de lo que se anunció, algo por otro lado bastante habitual en la Unión Europea. Debería centrase el Gobierno en formular las reformas que nuestra economía necesita y no en las que Podemos y los nacionalistas exigen para seguir apoyando al Gobierno. Y debería buscar el modo de reducir la inmensa inquietud que produce en Europa nuestra incompetencia en la lucha contra el virus y la incapacidad que estamos demostrando para alcanzar acuerdos y consensos en todas esas cosas que cualquiera sabe, aquí y en Europa, que son imprescindibles. 

 

No es de recibo seguir echando toda la culpa a la oposición, que seguro que buena parte tiene. Pero la responsabilidad de Gobierno es de quien gobierna. No ha sido elegido solo para celebrar desfiles triunfales y acusar a otros de lo que pasa. Suyo es el imperium, pero debería ejercerlo pensando en el resto de los mortales y no solo en su persona. Necesitamos más pan y menos circo.

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