Libertad, sr. vicepresidente
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Libertad, sr. vicepresidente

La verdad es que deberíamos, tal y como están las cosas, estar preocupados y centrados en los rebrotes, en la crisis económica que se nos viene encima, en las ayudas a los más necesitados que no acaban de llegar, en las negociaciones en Europa para conseguir fondos… Pero lo cierto es que buena parte de los telediarios, de los informativos radiofónicos, de los titulares de prensa, de las tertulias y de las conversaciones en la calle están dedicados a las peripecias en las cloacas de nuestro vicepresidente picaflor.

 

La economía se hunde, la última previsión es una caída del PIB del 10,9% este año, los contagios de coronavirus se multiplican por dos en un solo día, en un peligroso crecimiento exponencial que nos acerca de nuevo al abismo del confinamiento, el futuro de las empresas está en el aire y los empleos de los ciudadanos peligran. Pero Pablo Iglesias, que es vicepresidente y ministro de Asuntos Sociales y Agenda 2030, parece convencido de que a lo que tiene, precisamente ahora, que dedicar sus esfuerzos, además de a ver películas en Netflix, es a señalar, amedrentar y criticar a los periodistas que no le bailan el agua.

 

Todo el asunto de las cloacas de don Pablo, de la tarjeta SIM de su “colaboradora”, de la investigación del juez Manuel García-Castellón es extraño, confuso, difícil de comprender y casi imposible de explicar. Todo sería más sencillo si el vicepresidente, en vez de arremeter contra algunos periodistas, respondiese a tres sencillas preguntas: ¿por qué se quedó con una tarjeta SIM que no era suya?, ¿por qué la devolvió dañada e inutilizable? y, sobre todo, ¿por qué mintió al juez sobre las dos cuestiones anteriores?

 

En vez de arrojar luz sobre este turbio asunto, el vicepresidente parece empeñado en la estrategia del calamar, de arrojar tinta sobre los periodistas. Lo cual sería absolutamente legítimo si fuese un particular, incluso el presidente de un partido político. Faltaría más, para eso está la libertad de expresión. Todos somos muy libres de criticar lo que no nos gusta, ya sea a los políticos, a los jueces, a los periodistas, a los árbitros o al entrenador del Real Madrid. Pero cuando desde una de las más altas cimas del poder, desde un atril en La Moncloa, un vicepresidente señala a periodistas, los critica y explica, con ese tonito de rapero matasiete, que le parece muy lícito que se les insulte, hay algunas luces rojas que se tienen que encender.

 

El vicepresidente, que cuando todavía era solo aspirante a tomar el cielo por asalto recetaba el jarabe democrático de los escraches, ahora blinda su casoplón serrano con esa Guardia Civil a la que desprecia. Insulta y señala a periodistas, algo que debe ser parte de la normalidad democrática según dice, mientras se querella contra cualquiera que según él le insulta. En los últimos años, ha interpuesto querellas en defensa de su honor por valor de más de medio millón de euros contra Esperanza Aguirre, Aznar, Eduardo Inda, Hermann Tersch, Cayetana Álvarez de Toledo y hasta contra un juez jubilado que le dedicó un poemilla satírico. Venga, Kalise para todos…

 

No ha sido nunca el marxismo muy partidario de la libertad. Ya en el siglo XVIII, uno de sus padres intelectuales, el conde de Saint-Simon, en su menosprecio por la libertad y la democracia, recomendaba abiertamente una doble moral por parte de la élite política, una para el pueblo y otra para sí misma. Parece que Iglesias sigue ese consejo a rajatabla. Saint-Simon creía que el gobierno de la sociedad era imposible sin la represión y el control que la minoría debe ejercer sobre la mayoría. Los gobernantes debían tener vigor y dureza para imponer el orden a la sociedad, un conjunto de hombres malvados y perversos por naturaleza. De él beben también Pareto y Mosca, con sus teorías de las élites, a los que tanto admira Iglesias y en los que se inspiró para su cansino mantra de “la casta”, de la que ahora forma parte, orgulloso y feliz.

 

Ese modelo de gobierno absoluto, que impone la libertad colectiva para anular la libertad individual, el sometimiento irrestricto a una voluntad del pueblo que curiosamente solo los tiranos conocen, no puede tolerar ningún control, ningún contrapoder, ninguna limitación. De ahí la inquina de Iglesias contra la Monarquía, contra los jueces, contra la Guardia Civil y ahora contra la prensa.

 

Nada que no sepamos o que no hayamos podido ver en la URSS, en Corea del Norte, en Venezuela y hace unos días en Cuba, donde la policía asesinó de un tiro por la espalda a un joven negro y el que ha ido a la cárcel es el periodista que informó del suceso. Los cuentos de Iglesias, que camina decididamente hacia la irrelevancia, cada vez engañan a menos gente. Lo lamentable es el reguero de confrontación, división, odio y fractura social que está dejando en su triste paso por la política española. Que siga el vicepresidente amenazando e insultando, estoy convencido de que ni la prensa ni los jueces dejarán de hacer su trabajo.

 

Confiemos en que Iglesias y Podemos no podrán con nuestra democracia y nuestras libertades. Esta semana hemos podido ver como varias ministras se han manifestado en contra de su comportamiento. Y el jueves, en ese Palacio de La Moncloa desde el que Iglesias amenaza e insulta, Pedro Sánchez y varios ministros, junto con destacados científicos y empresarios, presentaban un plan de choque para el impulso de la ciencia y la investigación. Un plan en el que el presidente ha subrayado la necesidad y la importancia de la colaboración público-privada y el destacado y fundamental papel de las empresas durante la crisis sanitaria. En esta presentación, que se hizo frente a un panel con un gran logo de la Agenda 2030 de la que Iglesias en teoría se ocupa, no estaba el vicepresidente. Él sigue a lo suyo. Mejor para todos.