Las semanas, meses y años siguientes: ¿Qué harán los españoles contra el Cambio Climático? (II)
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Las semanas, meses y años siguientes: ¿Qué harán los españoles contra el Cambio Climático? (II)

Segunda entrega del artículo sobre cambio climático de Yo, Claudio.

En nuestra anterior entrega hemos visto que el 83% de los españoles creen que algo se puede hacer para contrarrestar el impacto del Cambio Climático (reducir 64%; detener 19%).  En nuestra Comunidad, las gentes que así piensan son algunas menos: 78% (reducir 57%; detener 21%).

 


Pero ¿cómo de urgente les parece el problema?. Casi la mitad de los españoles (48%) suponían a esa fecha de Enero de 2020, antes de vivir las implicaciones de una emergencia inmediata en sus consecuencias, como la del COVID-19, que la situación de Cambio Climático es tan grave que ameritaba la declaración de emergencia. Suponemos que el Gobierno estaba pensando en ese casi 50% que creía que procedía declarar la emergencia climática, cuando ignorante de otras emergencias que habrían de venir, declaró la emergencia climática; otro 37% creía que la situación es grave, pero no de emergencia climática.  


Lógicamente los españoles que veían la situación más grave, eran menos optimistas sobre los resultados y por eso apostaban más por la declaración de emergencia. 

 

 

En nuestra Comunidad, la percepción de urgencia es sensiblemente inferior que en España: exactamente la mitad de la población de los viejos reinos de Castilla y León, asumen que la situación es grave, pero no de emergencia climática. Los que están en Babia, que es lugar de caza y descanso de reyes, no cualquier sitio, es decir, no perciben peligro, doblan en su peso relativo a los de España (11 y 5 respectivamente). Esto probablemente se debe a que quienes no son de la tierra no han descubierto Babia, algo a lo que la Consejería de Turismo debe poner urgente remedio (cuando otras prioridades más urgentes lo permitan). 
 

 

Bromas aparte, las siguientes preguntas que los españoles contestaron se refieren a su confianza en grandes grupos de acciones para reducir o detener el Cambio Climático. Veamos cada una de ellas, porque son algo sorprendentes. La confianza en los grandes agentes –Acuerdos Internacionales, Acciones del Estado y Acciones de las Empresas-, apenas son endosadas por el 50%. En una situación liminal como se supone que es esta, los españoles confían sobre todo en la ciencia y en sí mismos.

 

 

La confianza en los diferentes tipos de acciones es similar en el conjunto de España y en nuestra Comunidad. Hay varias hipótesis que nos pueden ayudar a entender estos datos. No es muy sorprendente que no se confíe en los acuerdos internacionales, entendible a la vista de los pocos avances registrados hasta la fecha. Tampoco sorprende del todo que las empresas no conciten más entusiasmo; al fin y al cabo pueden suponer que estas, se deben, por encima de cualquiera otra consideración a sus beneficios. Resulta más sorprendente que no atribuyan más peso al Estado, toda vez que este es el que a escala nacional puede inducir cambios regulatorios que actúen en las emisiones a través de los precios o a través de los impuestos. La confianza en su contribución personal, es muy posible que, en parte, se deba a que los españoles no tienen claro del todo que significa el Cambio Climático y sobrevaloran su capacidad de influir en él; y, en parte, a que no han entendido los costes asociados. 


Ciertamente cuando se les pregunta por lo que hacen ahora para combatir el Cambio Climático, sobreestiman lo que hacen y sin duda sobreestiman aún más lo que están dispuestos a hacer. Hay sin duda un sesgo de “deseabilidad social” que induce a “falsificar” lo que se dice que se hace y lo que se dice que se está dispuesto a hacer. Este es un fenómeno conocido y estudiado en regímenes autoritarios, que, en parte, explica sus caídas súbitas, esos extraños saltos de “todos contigo” a “siempre estuve contra él” (contra el autócrata). Es más escurridizo en democracia. Y la investigación, con frecuencia, contribuye a enmascararlo.   


La buena noticia es que nuestros paisanos de la Comunidad, pese a su mayor escepticismo sobre el Cambio Climático, están dispuestos a hacer más de todo, explicable porque hacen menos de todo, salvo en el uso de energía procedente de placas solares, que ya declaran usar más que España en su conjunto.  Por tanto, sin perjuicio de que más huertos solares se instalen, el espacio inmediato para situarse en el promedio –aparte del transporte- está en reducir el uso de envases de plástico.

 

 

Cuando se hace esta clase de preguntas sin aportar ningún contexto que indique lo que cuestan, es muy probable que se responda con lo que parece más “deseable”. La cuestión es cuánto va a costar y quién tiene que pagarlo. Porque ninguna de las “soluciones” propuestas es gratis. Existen técnicas algo más sofisticadas que las que usa el CIS para poner en contexto las decisiones contra su coste y revelar de este modo las “preferencias” con un poco más de precisión. Hasta donde se me alcanza, nunca las han usado. El nuestro no es precisamente un “Estado Emprendedor”.  Si algún optimista de la voluntad toma estos datos en su literalidad, concluirá que España está preparada para subir los impuestos al gasoil, a usar masivamente el transporte público, cambiar a vehículos eléctricos, a placas solares, a dejar de usar envases de plástico… Pero a la hora de la verdad,  en la medida en que las acciones impliquen incrementos de precios o de impuestos, la realidad “real” será algo o muy diferente. 

 


El Cambio Climático, es aparentemente indivisible, pero solo aparentemente. En la contribución y en los efectos es divisible. En teoría, la huella energética en los grandes números parece posible de calcular.  En teoría, a cada uno de nosotros, igual que en el carnet por puntos, se le podría asignar una puntuación por la huella energética, por nuestra “contribución” personal. En teoría los precios y los impuestos, podrían atacar el problema sencillamente. En la práctica, la implementación es algo menos sencilla. Solo en un mundo completamente igualitario, que no es el nuestro, preguntas como las que ha hecho el CIS se pueden leer tal cual. En nuestro mundo real, hay que medir el impacto que cada acción tiene en cada agente. E incluso, si todos fueran santos, no todos están en iguales condiciones de “sacrificarse” en aras del Cambio Climático. Hay algo de mágico todavía en el término.  La política, como bien nos enseñó Carl Schmitt, tiene mucho de teología secular, más en esta “guerra última de la humanidad”, en la medida en que amenaza la supervivencia de la especie. Pero la fe, salvo la de algunos,  no paga las facturas. Aunque ciertamente solamente unos pocos no parecen dispuestos a sacrificarse (el 17%, si sumamos lo que no han contestado), 1 de cada 4. 
 

 

A la vista de estos datos, las políticas a implementar para combatir el Cambio Climático, serán fáciles. Pero ya sabemos, que desde que se inventó el Diablo, éste presta una atención espiritualmente insana a los detalles, a los de precio, impuesto y renta.

 

Por eso a la hora de interpretar por qué la disposición de nuestros conciudadanos de la Comunidad a sacrificar algo en el presente en aras de un futuro mejor es muy inferior a la del conjunto de España, como nos muestran los datos, conviene no olvidar la historia. Aunque sabemos que la “memoria colectiva” no existe, porque la memoria está en la cabeza de cada persona, si sabemos que al tiempo que se creaba el Imperio nació la novela picaresca y al tiempo que aumentaban las “posesiones”, subían los impuestos y se vaciaban la tierras de Castilla y de León de gentes, como sucede ahora con la España vacía, de la que hemos hablado aquí mismo, no hace demasiado tiempo.  Por tanto, con nuestros paisanos, que saben que solamente se vive una vez y pocos días en gran abundancia, porque arrancarle frutos a la tierra nunca ha sido un trabajo sin esfuerzo  sacrificios los justos, que vienen solos y se sientan a la mesa, sin invitación previa. Hay otros frutos sin esfuerzo, ¡pero no los produce la tierra!

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