La vida es larga ¿puede ser inmortal? (II)
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La vida es larga ¿puede ser inmortal? (II)

Nuevo artículo de opinión que firma el profesor Tamames. 

El presente texto de nuestra serie sobre la vida larga, procede de una conferencia que pronunció el autor en un Seminario Científico en Ávila, dirigido por el Prof. Juan Arana, con fecha de presentación el 18 de julio de 2018. Por eso, antes de empezar con el tema asignado, el autor recordó que hasta 1975, ese día era fiesta entre los españoles. Dentro y fuera, por aquello de que para unos empezó la salvación del país con el alzamiento militar, y para otros, significó el comienzo de una revolución política y social. Pero al final, lo que tuvimos fue una guerra civil terrible y una posguerra espantosa[1]. Efectivamente, ese día, 82 años después del comienzo del fratricidio civil, nos reunimos en Ávila, dirigidos por el Prof. Arana, para meditar conjuntamente sobre la longevidad y otros temas colaterales. Un tema que no puede ser más interesante: el alargamiento vital, incluso la inmortalidad, la posible resurrección, y tantas otras cosas. Temas, todos ellos, para pensar, con dos primeras posibles preguntas: ¿Para qué quiere Vd. vivir más, si ya ha vivido bastante, con problemas de todas clases, la mayoría sin resolver? Y segunda: ¿para qué quiere usted resucitar, sin saber en qué condiciones podría hacerlo, ni cuándo ni cómo, ni para qué? Pero antes de entrar en esas dos cuestiones, veremos algunos temas fundamentalmente filosóficos, relativos al deseo de vivir, e incluso sobre la tristeza de la vida para algunos.

 

El deseo de vivir y la tristeza de la vida: Frankl y Schopenhauer

 

El deseo de vivir, es una característica definitiva del homo sapiens, una fuerza que está por encima de todo, sin que lo que poco o mucho que sepamos sobre el cerebro explique suficientemente en qué estamos. El tal deseo es importante, y en esa dirección, nos fijaremos en Viktor Emil Frankl (1905-1997), neurólogo y psiquiatra austriaco, superviviente del holocausto, que en 1945 publicó el libro El hombre en busca de sentido[2].

 

En ese trabajo, Frankl describió su vida en tiempos en que era prisionero de un campo de concentración nazi, exponiendo la idea de que, hasta en las condiciones más extremas de deshumanización y sufrimiento, el hombre tenía sus razones para vivir. Desde lo que él llamó dimensión espiritual, reflexión que le sirvió para concebir la Logoterapia, considerada, con disciplina, como la tercera escuela vienesa de Psicología, junto a las de Freud y Adler. O la cuarta, si se considera la de Jung como la tercera[3].

 

Viktor Emil Frankl, un pensador a prueba de los campos de concentración nazis

 

Frankl mantuvo relación epistolar con Freud, quien le ayudó a publicar sus primeros escritos. Pero muy pronto abandonó la corriente psicoanalítica, para orientarse hacia la psicología individual de Adler, de quien también se apartaría más adelante. Para concebir la referida logoterapia, cuya finalidad fundamental es ver si hay un sentido propio de la existencia humana. Si lo hay, viene a decir y es la base de tres principios que cabe sintetizar así:

 

  • La libertad de la voluntad (Antropología), explicativa de que todo hombre es capaz de tomar sus propias decisiones, siendo libre de escoger su propio destino, para evitar convertirse en una marioneta (antideterminismo).
  • La voluntad de sentido (Psicoterapia): expresiva de la idea del animatismo, la fuerza del alma presente en el ser humano, que lo hace único dentro del reino animal (psicologismo).
  • El sentido de vida (Filosofía). Para la Logoterapia es factor fundamental la percepción positiva del mundo frente al reduccionismo y el pesimismo.

 

En última instancia, para Frankl, vivir significa asumir la responsabilidad de encontrar respuesta correcta a las cuestiones que la existencia nos plantea y cumplir con las obligaciones que la propia vida nos asigna a cada uno en cada instante particular.

 

Arthur Schopenhauer: una filosofía de la tristeza, casi hipocondría

 

Frente al optimismo, deseo de vivir de Frankl, cabe oponer la tendencia de a la tristeza de la vida, tal como la vio Arthur Schopenhauer (1860), en su trabajo más famoso, Die Welt als Wille und Vorstellung[4] que, tesis aparte, constituye una obra maestra de la lengua alemana de todos los tiempos. Pero sobre todo, supone una de las cumbres del idealismo occidental, por el pesimismo profundo que el filósofo destila en esa obra sobre la tragedia de la vida humana. Una serie de ideas que tuvieron gran incidencia en algunos escritores españoles, fundamentalmente Unamuno (“El sentimiento trágico de la vida en los pueblos de España y Portugal”) y también ciertas novelas de Pío Baroja, donde era casi el filósofo de moda en largas conversaciones en Centroeuropa.

 

La mejor fórmula para minorar esa tristeza que infunde Schopenhauer es la frase del filósofo italiano Antonio Gramsci, “frente al pesimismo de la inteligencia, está el optimismo de voluntad”.

 

En definitiva, tras las observaciones alentadoras de Frankl y las evaluaciones más bien penosas de Schopenhauer, entramos en la cuestión fundamental a efectos de esta serie.

 

Cómo aumentar, o no, la duración de la vida

 

En la especie humana es patente la tendencia a una mayor longevidad, tema sobre el cual James Vaupel —director del Instituto Max Planck de Investigación Demográfica, de Rostock, Alemania— pronunció en Madrid, en una conferencia, en marzo de 2014, con el título El significativo aumento de la longevidad, dentro del ciclo “¿Seremos inmortales?”, organizado por la Fundación Santander. En preguntas y respuestas, algunas ideas de Vaupel:

 

— ¿Dónde están los límites de nuestra esperanza de vida?

 

— No los hay. Sé que es difícil de creer pero no hay ninguna evidencia científica, ni siquiera biológica, de que tenga que haber límites. Leonard Hayflick afirmaba –teatralizando mucho, como le gustaba hacer siempre en sus conferencias— que “solo hay una causa de muerte, y solo una: la edad. Y la edad no se puede remediar”.

 

—Y a nivel individual, ¿cómo mantenemos la hoguera más tiempo?

 

— Jonathan Swift, autor de Los viajes de Gulliver, escribió: “Todo el mundo quiere vivir mucho, pero nadie quiere llegar a viejo”. Llegar con buena salud a la senectud, es importante, para evitar la decrepitud. Y para eso hay que llevar una dieta equilibrada, evitar el sobrepeso, hacer ejercicio, beber un poco de vino, ser feliz[5].

 

Juan Ponce de León, en busca de la fuente de la eterna juventud… que murió en el empeño sin que aguas tan milagrosas llegara a beberlas

 

No cabe duda, que las preguntas hechas a James Vaupel, son interesantes, y más aún las respuestas, debiendo subrayarse que el deseo de alargar la vida lleva al de la inmortalidad, que es algo bastante antiguo. Se remonta a tiempos medievales, en la idea del llamado elixir de la vida, que en momentos posteriores se transformó en la fuente de la eterna juventud. Recuerden a nuestro Juan Ponce de León, por la Península de la Florida, buscando esa fantasía histórica, que, claro, nunca llegó a encontrar. Y murió, prematuramente, por las flechas de los indios, que más que contribuir a la eterna juventud, lo que querían era acabar con los invasores españoles que habían llegado.

 

 

Como siempre, los lectores de Tribuna, pueden dirigirse al autor a través del correo electrónico [email protected].

 

 


[1] La mayor parte de la información y comentarios de esta ponencia, proceden de Ramón Tamames, Buscando a Dios en el Universo, Editorial Erasmus, Barcelona, 2018.

[2] Versión española en Herder Editorial, Barcelona, 2011.

[3] Precisamente Jung, el luego afamado psiquiatra suizo, que había sido colaborador de Freud por un tiempo, vio la luz del más allá. En 1944 sufrió un infarto y permanecía en coma en un hospital de Suiza, tal y como relató en su Autobiografía, cuando experimentó la sensación real de un viaje en momento tan crucial: se alejó varios miles de kilómetros de la Tierra, desde donde pudo observar el planeta y describirlo con increíble precisión, análogamente; como décadas después corroboró, tal como lo hizo el primer astronauta viajero en el espacio exterior. También dijo que había vuelto antes de que un mensaje de su médico le advirtiera. Lo sucedido, fuera real o no, hizo que Jung, padre de la psicología analítica, tuviera problemas para adaptarse de nuevo a la vida ordinaria. Ya no había nada que deseara: “La vida y el mundo entero pasaron a parecerme una prisión”, reflexionó en sus Memorias. Del artículo de Xon Díaz Landaluce, “La resurrección del Doctor Alexandre. El cielo existe. Yo estuve allí”, Semanal de ABC, 2.XII.2012.

[4] Arthur Schopenhauer, 2008. El mundo como voluntad y representación, versión española en Alianza Editorial, Madrid, 2010.

[5] Alejandro Carra entrevista a James Vaupel, “No hay evidencias de que haya un límite para la esperanza de vida”, ABC, 14.III.2014.

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