La regeneración era esto (II): el todo vale de las diputaciones

Hace unos días, con motivo de la constitución de los ayuntamientos, asistimos a todo tipo de pactos políticos para hacer posibles los gobiernos municipales. Fue la culminación de algo que se veía venir, la consagración del pragmatismo político más absoluto, el que hace factible cualquier escenario por rara que parezca la combinación necesaria de elementos.

 

Como se pudo ver, en nombre de esa ‘regeneración’ todo es posible, empezando por la renuncia a principios y declaraciones, el requiebro a las órdenes de partido, la perversión del concepto de diálogo… esos elementos que hacen la política algo comprensible para los votantes. Quienes dijeron querer acabar con ‘chiringuitos’ y otras malas prácticas han acabado pactando con aquellos a los que acusaron, para asombro de un electorado que pide a gritos más honestidad, o un manual para acertar con lo que creen escuchar. Y todo, engrasado con el generoso reparto de las bicocas que acompañan el álgebra del poder. Nadie, y mucho menos los autores necesarios del entuerto, puede negar la sensación de que todo se mueve por la dinámica de cargos y sueldos.

 

Todavía no estamos repuestos del episodio y esta nueva política ha vuelto a darnos pruebas inequívocas de la diferencia que hay entre lo que se dice en campaña y lo que, a la hora de la verdad, es capaz de hacer un partido (y quienes ocupan sus carteles electorales) para justificar actos totalmente contrarios. La culminación del pacto por la Junta de Castilla y León es prueba de cargo irrefutable. De nuevo el protagonismo central es para Ciudadanos, que vuelve a retratarse asumiendo el riesgo de que, en un futuro, su electorado le juzgue por la manera en la que gestiona la relación ‘dicho/hecho’.

 

En honor a la verdad, parece que el partido de Rivera está dedicado a conciencia a realizar las pruebas necesarias que le permitan descubrir dónde está el límite al que los votantes están dispuestos a llegar cuando se trata de ‘tragar’. Y su campo de trabajo, su experimento más revelador, va a estar en las diputaciones provinciales.

 

Hace unos años, Cs hizo bandera de una cuestión revolucionaria: quería suprimir las diputaciones. Estas administraciones intermedias, un dinosaurio de la organización del Estado, eran, como dijo Rivera, entes opacos, nido de enchufados, foco de corruptelas y, además, ineficientes. Ya sorprendió la pirueta que tuvo que hacer Cs en 2015 para justificar que, tras aquellas elecciones municipales, sus elegidos para las diputaciones iban a cobrar suculentos sueldos de unas instituciones que querían eliminar.

 

Entonces alegaron algo, curiosamente, parecido a lo que han hecho para entrar este 2019 en gobiernos municipales. En 2015, deslizaron la idea de cambiar las diputaciones desde dentro, un argumento que ahora se aprecia casi como premonitorio: cuatro años después, entran en ayuntamientos y autonomías a toda costa porque “el cambio es que estamos nosotros”. Dos declaraciones que rozan lo ‘naïf’, increíbles por sí solas y, lo más importante, irrealizables. Basta conocer los hechos.

 

Zamora. El candidato ‘naranja’, Francisco Requejo, se harta a decir en campaña que con su homólogo ‘popular’, José María Barrios, nada de nada. Incluso le acusa de haber maniobrado para intoxicar una votación interna. Horas antes del día límite de investidura, pacto entre PP y Ciudadanos. Adiós a todas las líneas rojas, y si alguna vez dije ‘digo’ ahora digo ‘Diego’. En el acuerdo, el único diputado provincial de Cs se convierte en presidente… de un equipo de gobierno íntegramente del PP, y con su archienemigo de campaña en la vicepresidencia. Quizás el candidato de Cs debería explicar cómo va a cambiar nada solo y rodeado por un equipo formado al 100% por diputados del partido que llevaba 36 años en la presidencia.

 

Más casos. Valladolid. El PP retiene la Diputación tras elegir en cuestión de horas un candidato alternativo al que, hace no tanto, designó el propio Fernández Mañueco: Jesús Julio Carnero se echa a un lado ‘voluntariamente’ y entra Íscar. Cs bendice el acuerdo: sus votos hacen de nuevo presidente de la ‘opaca’ institución a un diputado del PP. Sin que nadie sepa nada del contenido del pacto, el partido ‘naranja’ pide una vicepresidencia. Burgos. César Rico (PP) retiene la presidencia de la Diputación con el apoyo decisivo de Vox y Cs: el mismo partido que había puesto su nombre en la lista de los que no podían seguir invocando la limitación de mandatos. En cuestión de semanas, una de las grandes líneas rojas exhibidas por Cs se borra: los ocho años de límite contarán desde 2015. Ávila. El PP mantiene la Diputación frente a Por Ávila tras los acontecimientos de hace cuatro años. Cs lo permite, y su único diputado, que daría la mayoría al presidente popular, no descarta un acuerdo para integrarse a posteriori.

 

Pero la palma se la lleva Soria. El PP firma allí un acuerdo con una plataforma local formada por ex altos cargos populares escindidos, y con Ciudadanos, para lograr la presidencia y dejar sin ella al PSOE, lista más votada. Como nadie se fía de nadie, ni tampoco de lo firmado en sede política, el pacto termina en una notaría: allí los implicados firman el documento y una penalización de 100.000 euros para quien incumpla. Más claro, agua.

 

Estas situaciones dejan en evidencia a quienes sacan partido de ellas. A unos, quienes conservan el poder, por explorar para su beneficio las debilidades argumentales y humanas de quienes, los otros, se prestan a ser tentados por la vanidad del poder. Todavía hoy, aunque Rivera renunció el pasado mes de marzo a acabar con las diputaciones, hay quien suscribe la necesidad de eliminarlas… y sustituirlas por otra administración intermedia.

 

Sin ir más lejos, hace solo unos días que David Castaño, factótum de todos los pactos de Cs en Castilla y León, lo reivindicaba. Pero, mientras llega el día de echarles el cierre, han sido un escenario más del cambalache tan extendido en el que se ha convertido la formación de gobiernos tras el 26 de mayo. El ‘no quiero nada contigo’ muta en cuestión de semanas en ‘quiero la presidencia’, ‘solo firmaremos con un gobierno paritario’ o ‘para mí Sanidad y para ti Economía’. Lo dicho y lo hecho, totalmente opuestos. El todo vale como única norma reconocible. Un mensaje peligroso para el futuro.

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