La regeneración era esto

Francisco Igea y Fernández Mañueco se dan la mano tras el acuerdo de gobierno entre Cs y PP.

Alcaldes que quieren ser diputados y que se enfrentan a sus partidos para conseguirlo; un aspirante a la Junta que se retira ‘animado’ por su partido y que llega después, qué causalidad, a ser presidente de parlamento; ayuntamientos en los que uno o dos concejales deciden alcaldías saltándose órdenes de arriba; consistorios en los que ejecutivas y comités negociadores quieren apartar, con el partido empezado, a candidatos legítimos; negociaciones que empiezan por la exclusión de un partido ganador de elecciones; generoso reparto de sueldos y cargos a quienes con su voluntad deciden gobiernos…  Son sólo algunas de las situaciones a las que la opinión pública ha tenido que asistir en las últimas semanas, y que no es que sean nuevas, sino que han pasado de excepciones a prácticas extendidas. Y lo peor, en nombre de la regeneración...

 

Las semanas posteriores al día en que los ciudadanos depositaron su voluntad democrática han sido más propias de un espectáculo circense, o del camarote de los Hermanos Marx (ya saben aquello de 'estos son mis principios...'), con escenas capaces de indignar al más templado y que no hacen sino profundizar en el descrédito de la actual clase política. La función ha llegado al bochorno por momentos. Y lo que nos queda, porque tras los ayuntamientos y las comunidades, vendrá la formación de Gobierno estatal. Nada augura que los protagonistas se lo vayan a tomar con la responsabilidad debida. Veremos en qué acaba la función, y quien paga el pato.

 

Mientras tanto, una de las grandes piruetas ha sido la de Castilla y León. Si con la llegada de los nuevos partidos a la oferta política alguien pensó que se podía regenerar la representación pública y devolverle credibilidad, la opinión pública se ha llevado una ración colmada de cruda realidad. El proceso entre PP y Ciudadanos, diálogo y sólo diálogo para los protagonistas, vergonzante mercadeo para otros, ha roto todos los moldes. Sabíamos que lo que se dice en campaña y lo que luego se hace no se suelen parecer demasiado, pero esta vez el salto es un triple mortal carpado con doble tirabuzón. Que se haya repetido en medio país no es consuelo, sino la confirmación terrible de lo que realmente engrasa la matemática de los pactos.

 

Por orden de Madrid, y con la vigilancia de los ‘negociadores’, las acusaciones de clientelismo, enchufismo, ‘chiringuitos’ y demás perlas sobre la gestión integral de un partido en décadas de gobierno en Castilla y León se han convertido en simple palabrería demagoga, política de la más baja estofa. Mentira: ni más, ni menos. Es la única explicación que se le puede encontrar al cambio total con el que Francisco Igea ha tenido que tragar. Normal que sangre por las venas principales cada vez que se le recuerdan sus ‘hits’ de campaña.

 

La negociación paralela de sillones y sueldos evidencia que no se han buscado ‘los pactos’, sino ‘el pacto’, el único y genuino que da cuotas de poder a los que no las tenían (y las bicocas que los acompañan) y que sana a los partidos en minoría absoluta

 

El proceso para llegar a un acuerdo ha retratado a Ciudadanos, que arriesga un futuro en el que se le juzgará por lo ocurrido, veremos con cuánta severidad. El punto de partida, el diálogo excluyente, desnuda las auténticas querencias ideológicas nacionales (y, por lo que se ve, también regionales) y  las verdaderas intenciones. La obtención de puestos como el de la presidencia de las Cortes las confirma. Ciudadanos hace mal en negar la evidencia porque muchos de sus cuadros reconocen que haber prohibido una simple reunión con todas las partes es una mala táctica. La negociación paralela de sillones y sueldos evidencia que no se han buscado ‘los pactos’, sino ‘el pacto’, el único y genuino que da cuotas de poder a los que no las tenían (y las bicocas que los acompañan) y que sana a los partidos en minoría absoluta.

 

El remate han sido las promesas de regeneración. Ya es dudoso que, empezado el partido, se pueda pretender imponer las normas con las que uno está más cómodo. Los burgaleses o los palentinos no tienen por que saber si un partido al que no votan prefiere alcaldes con menos de ocho años de ejercicio. Y más difícil de entender todavía es que luego esa norma tenga límites y condiciones, un manual de uso que incluye excepciones, la más curiosa, aplicar la norma solo donde se suscriben acuerdos a dos bandas para gobernar. Esto es algo como pedir a los cargos del PP que sean buenos, pero que solo se les va a pedir cuando mira Ciudadanos.

 

La regeneración no es eso, y mucho menos en el caso concreto de la limitación de mandatos. Parece que Cs solo quiere gobiernos impecables allí donde hace falta su voto ‘limpio’. Y que acumular muchos años en el sillón solo es un problema si se está en minoría, lo que indulta automáticamente a muchos profesionales de la política con mayorías bien andamiadas. Profesionales, por cierto, con los que dirigentes de Ciudadanos van a tener que verse las caras, en la oposición, sin opción alguna para evitar el ‘rodillo’. Ni que decir tiene que a estos no les van a poder imponer ni una del centenar de medidas del acuerdo de gobierno regional. Eso es poco igualitario, y la igualdad era una de esas líneas rojas que había marcado el partido ‘naranja’.

 

Ahora toca esperar. En breve habrá nuevo gobierno regional, también producto de un poco edificante tira y afloja de ‘tu estas consejerías y yo las otras’ que, de nuevo, se va a parecer mucho al mercadeo que quienes se reparten el botín niegan. Ahí también se la juega Cs con ese discurso de que ‘el cambio es que entremos nosotros’. Puede que vayan a necesitar más que regeneración para vigilar entre doce procuradores (y ya veremos cuántos consejeros) a 29 representantes de un partido como el PP.