La mayor amenaza para la democracia
Cyl dots mini

La mayor amenaza para la democracia

El pasado domingo el mundo asistía a la nueva vuelta de tuerca que Maduro ha dado a ese garrote vil con el que desde hace años estrangula al pueblo venezolano. Han sido esta vez unas elecciones en las que no creían ni los propios seguidores del caudillo caribeño, que no se han tomado ni la molestia de acudir a esas urnas ficticias. Las cifras de participación hablan por sí mismas. Si según los datos oficiales solo acudieron a votar el treinta por ciento de los electores, podemos fácilmente imaginar cuántos lo hicieron en realidad.

 

Parece que ni siquiera sirvió para alentar a los votantes esa amenaza de Diosdado Cabello, el número dos del régimen, que advirtió que se quedaría sin comida quien no acudiese a las urnas. Claro que como comida tampoco tienen los que han ido a votar, tal vez no sonara muy creíble. De hecho, ni el propio Maduro, el sátrapa todopoderoso, se atrevió a acudir al colegio electoral en el que está censado, en el popular barrio de Catia, todo un bastión del chavismo en Caracas. Votó, de forma irregular, resguardado tras los muros del cuartel de Fuerte Tiuna. Tal vez está perdiendo su confianza en el amor de ese pueblo al que sojuzga y desangra.

 

Pero el que no ha perdido su confianza en las bondades de esa revolución, de la que ya han escapado a la carrera más de seis millones de venezolanos resignados a tener que buscarse la vida lejos de su país, es nuestro expresidente José Luis Rodríguez Zapatero. El mismo que asegura que el apoyo de Bildu a los presupuestos “engrandece la memoria de la democracia”, dice ahora desde Caracas que no entiende “a quienes no le dan validez a este proceso”. Allá él. Afortunadamente jubilado de la política española, ahora solo se representa a sí mismo y es muy libre de defender las tropelías de Maduro o de fotografiarse junto a Rafael Correa y a Evo Morales. Sus razones tendrá.

 

Casi de forma simultánea a este nuevo episodio en el que el comunismo vuelve a demostrar cuál es su manera de entender la democracia, la libertad y los derechos humanos, en España celebrábamos el aniversario de nuestra Constitución. Fue una celebración diferente, como casi todo lo es en este año nefasto, bajo la sombra de los 70.000 fallecidos por la pandemia, en la que la muerte de la propia Constitución ya comienza a antojarse una posibilidad cada vez más real.

 

El nuevo allegado del Gobierno, Arnaldo Otegui, por supuesto ausente del acto, aprovechaba la ocasión para emitir una declaración sobre “el régimen del 78”, en la que culpó a la Carta Magna de todos los males, una postura por otra parte lógica para un condenado por secuestro y pertenencia a una banda terrorista que se empeñó en llenar de muerte y odio los mejores años de nuestra historia. Y de nuevo tuvimos que escuchar su amenaza: “El horizonte político es monarquía o repúblicas, en plural”.

 

Si ya es grave que un Gobierno blanquee a semejante individuo y a su partido al buscar su innecesario apoyo para aprobar unos presupuestos, mucho peor es que el vicepresidente nombrado por Pedro Sánchez añada a renglón seguido que “estamos ante la transformación profunda de la idea de España y del Estado, que interpela a todas las instituciones, también a la monarquía, tanto en lo que toca a una determinada forma de organización territorial como en lo que respecta al modelo económico español”. La hoja de ruta es evidente. Se trata de expulsar al Rey y dirigirnos hacia una economía comunista similar a la de Venezuela o a la de cualquier otra versión latinoamericana (Cuba, Bolivia, Ecuador…) que con tanto éxito practican la planificación, la intervención estatal, la corrupción y el expolio.

 

Ahora, una vez aprobados los presupuestos, de lo que se trata es de repetir esa cantinela de la crisis de la monarquía, sin la que todos los españoles seremos por fin felices. De convencernos de que hay un clamor popular que exige la renuncia de Felipe VI, ese felón que en aquel histórico discurso del 3 de octubre de 2017 se atrevió a amenazar la democracia al afirmar que nadie está por encima de la ley. Ni siquiera Junqueras y compañía, los otros aliados con los que Pablo Iglesias quiere transformar España en un puñado de paraísos republicanos independientes para que podamos ser tan felices como los venezolanos. Un viaje para el que la existencia del Rey se antoja un obstáculo.

 

El Rey, dicen Iglesias y compañía, no es democrático porque no lo vota el pueblo. ¿Sometería Iglesias su cargo como vicepresidente a una votación popular? En las últimas elecciones no le votaron ni un 13% de los españoles. Además, la monarquía debe ser abolida porque es corrupción, como demuestran las supuestas comisiones de Don Juan Carlos, al que de momento ningún tribunal ha condenado. Pero debe ser una corrupción muy diferente a la del Partido Socialista o a la de los independentistas catalanes, que sí han sido condenados varias veces. Desde su nuevo cargo de vicepresidente, la corrupción de algunos partidos políticos ya no preocupa al vicepresidente, que maneja con soltura su doble vara de medir los valores democráticos.     

 

Pero, sobre todo, el mayor pecado de la monarquía es que la derecha la defiende. Y eso no se puede consentir. El paladín de las nuevas repúblicas progresistas, independientes y plurales solo admitirá en ellas a los que piensan como él. Hay que expulsar de la vida pública a la mitad de la población española, que en las últimas elecciones votó al PP, a Vox y a Ciudadanos: “Ustedes no volverán a pisar el Consejo de Ministros”. Esa es su forma de entender la democracia. Como la entiende Maduro. Porque como dice el manifiesto firmado por Iglesias, Zapatero, Correa y Morales, “la mayor amenaza para la democracia es el golpismo de ultraderecha”.

 

Ellos van a salvar a nuestra democracia de sus verdaderas amenazas. Por ejemplo, de esos militares retirados, con menos cerebro que galones, que llenan su tiempo libre escribiendo gilipolleces en un chat privado. Una amenaza mucho mayor para la democracia que si la ministra consorte de Galapagar anuncia de forma pública, en una red social, que la intención de su partido es guillotinar al Rey. O que si Rufián y Otegui nos dicen que han venido a Madrid a “tumbar el régimen”. O que Iglesias siga empeñado, pese a las reiteradas advertencias de Bruselas, en nombrar a dedo a los miembros del Consejo General del Poder Judicial. Porque claro, si no los nombra él, son también un gran peligro para esa democracia que está tan empeñado en mantener a salvo de sus mayores amenazas.