La Guerra Civil en perspectiva (I)
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La Guerra Civil en perspectiva (I)

Los caprichos de la guerra, de Goya; y Pío Baroja: “Los visionarios”, una premonición literaria, y precisa, sobre la Guerra Civil.

El profesor Tamames inicia un nuevo serial en Tribuna, en este caso dedicado a la Guerra Civil. 

Aunque han pasado 83 años desde 1939, cuando terminó la guerra civil, un fratricidio casi inconmensurable, el interés por aquel largo episodio de casi mil días, permanece en la memoria histórica, y tal vez podría decirse que en el propio ADN de los españoles más ignaros. Fue un trauma de proporciones hasta entonces desconocidas en los conflictos entre españoles, con consecuencias económicas y sociales que aún resuenan en nuestro tiempo. Y sobre todo, historiográficamente hablando, con caracterizaciones muy diversas según el signo ideológico de cada uno. En la serie que hoy empieza, daremos una visión de aquellos sucesos que se iniciaron el 18 de julio de 1936, buscando lo que de imparcialidad podamos conseguir, en una visión de un enfrentamiento trágico, y cuyas notas más representativas, de un lado y del otro, aún se discuten sin encontrar ninguna clase de armonía.

 

 

 

Introducción

 

El 18 de julio, algunos periodistas y escritores, cada vez menos, recuerdan la efeméride del comienzo de la guerra civil, ese mismo día. Una guerra que rompió las expectativas de España, de irse transformando en una democracia, cierto que con toda una serie de presagios, también, de que pudiera acabar en una dictadura de izquierdas. Por el resultado del 16 de febrero de 1936, de las elecciones generales, que dieron la mayoría a los partidos del llamado Frente Popular, encabezado por la Izquierda Republicana de Manuel Azaña y los socialistas, enfrentados entre sí, Indalecio Prieto y Largo Caballero.

 

Las previsiones de que podría haber una guerra civil estaban por doquier. Y con el tiempo, para mí un aviso importante, y más que documentado, fue el libro Los visionarios, de Pío Baroja, de un viaje por Andalucía; donde en todas partes se esperaba el estallido de un conflicto, en gran medida por la desigualdad existente entre clases sociales, y por la renuencia de las instituciones tradicionales a cambiar ese estado de cosas, que necesitaba de la modernización.

 

Sin más preámbulo, porque podría ser muy largo, entramos en el tema de la guerra civil española 1936/1939, como lectura de un verano –lleno de incertidumbres, por cierto—, para los lectores de Republica.com, después de la primera oleada de la pandemia, y cuando se intuye la segunda.

 

Manuel Azaña: no supo hacer una República sentida por todos y consistente para la Historia

 

Las fuerzas en presencia

 

En el artículo que hoy comienza, veremos, sucesivamente, cuatro temas: una idea de por qué llegó la guerra civil (1936-1939), un esquema de las opera­ciones militares, las consecuencias demográficas de la con­tienda, y sus efectos económicos.

 

Todavía hoy podrá decirse —como durante treinta y seis años (1939-1975) de insistencia oficial del régimen anterior— que el alzamiento mi­litar tenía como objetivo iniciar una cruzada contra una Re­pública que inevitablemente llevaba a España al caos. Podrá afirmarse que la falta de orden público, los ataques a la Igle­sia, los continuos brotes de violencia, etc., resultaban inso­portables para el curso normal de la sociedad. Pero en el fon­do, en el alzamiento militar del 18 de julio de 1936 —y en su ulterior desarrollo quedó bien claro— que había un instinto de conservación de las posiciones de todas las fuerzas de dere­cha que apoyaron, desde un principio, la rebelión de una parte del Ejército.

 

Los militares

 

Esos militares que se sublevaron, esperaban asumir de nuevo el poder decisorio en la vida política española, en vez de aceptar su papel de estar al servicio de una democracia liberal o de un socialismo más o menos avanzado. Pero no podemos olvidar que no se sublevó, ni mucho menos, todo el Ejército: de 24 generales de División, sólo se alzaron contra la República cuatro: Franco, Goded, Cabanellas y Queipo de Llano. Y de los 57 generales de Brigada sólo se rebelaron 18. Aunque es verdad que el hecho de que, entre los coroneles y oficiales, la cosa fue muy diferente.

 

Por otro lado, hay que recordar que la sublevación militar triunfó en aquellas zonas en que fue acom­pañada de la defección de la Guardia Civil. Sin olvidar tam­poco las precauciones que tomaron los principales subleva­dos; Mola residenció a su familia en Bayona de Francia «has­ta verlas venir»; y lo propio hizo Franco con su mujer y su hija en Burdeos.

 

Indalecio Prieto: el posibilismo en el PSOE, con Azaña, no tuvo cabida política en el Frente Popular

 

Iglesia y derechas

 

La Iglesia quería recuperar su predominio espiritual y sus anteriores prerrogativas en materia de familia, educación e incluso finanzas. No se resignaba a replegarse al mundo de lo espiritual. Los terratenientes, industriales y grandes financieros espe­raban volver atrás, al statu quo de las vísperas del 14 de abril de 1931, que después del 16 de febrero de 1936, con el pro­grama del Frente Popular, se veía seriamente amenazado por la Reforma Agraria, por los proyectos fiscales, por la parti­cipación obrera.

 

A ese respecto, es bien significativo, por ejem­plo, que Juan March prometiera una fuerte suma a la junta financiadora de la sublevación, a cambio de tener un simpa­tizante en el directorio o gobierno que se formase tras triun­far el golpe; lo que no pudo ocurrir porque la persona por él preconizada sucumbió al comienzo de la rebeldía. Y el mis­mo March pagó las primeras cuentas de la gasolina que se consumió en la zona antirrepublicana; como también los pri­meros aviones que, desde Marruecos, permitieron iniciar el puente aéreo con los aeródromos de Tablada (Sevilla) y Jerez de la Frontera.

 

Por lo demás, dentro del sistema del mono­polio mundial petrolero, ejercido de hecho por «las siete hermanas» y sus filiales, hubo un discreto entendimiento, para que Caltex aprovisionara a Franco y la Cities Services lo hi­ciera a la República, compartiéndose así el posible riesgo final. La verdad es que con haberse cortado los suministros de gasolina —lo cual podrían haber hecho con facilidad EE.UU. y el Reino Unido—, la guerra difícilmente podría haber du­rado más de unas pocas semanas. Por último, no es menos significativo el hecho de que días antes de iniciarse la guerra civil, Gil Robles entregara a Mola 500.000 pesetas que a la CEDA le habían sobrado de la campaña electoral de febrero.

 

Adicionalmente, de cara al alzamiento, muchos segmentos de las clases medias y aun elementos de bajos ingresos, en la inercia de obedecer a los de arriba, no aspiraban a otra cosa que a mantener sus situaciones más o menos acomoda­das —o de acatamiento rutinario—resignándose o aceptando de buen grado la movilidad vertical individual para mejorar, en vez de luchar por una nueva distribución de riqueza y renta a nivel global.

 

Franco: mando único y disciplina. Con Hitler en Hendaya, 1940

 

Los carlistas y los demás tradicionalistas, por su parte, conspiraron, y marcharon al frente después, con una convic­ción más o menos firme de que el hundimiento de la Repú­blica les permitiría recuperar sus fueros y, tal vez —los me­nos—, hasta entronizar a su pretendiente.

 

Finalmente, los falangistas, al calor de la ayuda nazi y fas­cista que daban por asegurada, y sobre la base de ser el grupo con una mayor agresividad ideológica en el contexto de la derecha, contaban con lograr el dominio del aparato del Es­tado para, desde él, aplicar su programa nacional-sindicalis­ta; en una pretendida vía media entre capitalismo y socialis­mo, que hiciese posible igualmente el acceso de España a una serie de reivindicaciones de signo imperial.

 

Cuestión de liderazgo

 

Frente a todas esas pretensiones, los defensores de la Re­pública resistieron dos años, ocho meses y trece días. La mez­cla de republicanos, socialistas, comunistas y anarquistas, sin embargo, era mucho menos homogeneizable que la del bando de la derecha. Y las desavenencias internas que inevitablemente se produjeron, dieron origen a una debilidad que contrapesó los no pocos entusiasmos iniciales.

 

La falta de un líder indiscutible fue decisiva también para la derrota republicana. Frente al caudillaje omnímodo de Franco, en el lado republicano todo fueron situaciones harto confusas, Azaña se replegó sobre sí mismo; Largo Caballero, ebrio de vanidad «leninista», fue luego desbancado; a Prieto se le pusieron todas las zancadillas. Los posibles caudillos militares de la izquierda —Miaja, Rojo, Líster, Modesto...— no llegaron ninguno a lograr el triunfo que les permitiera encauzar la guerra a la victoria.

 

Largo Caballero: “El Lenin español”, se lo creyó, y eso marcó la senda de la derrota

 

Por lo demás, el parlamentarismo que sub­sistió durante la contienda, la falta de solidaridad de la reta­guardia con el frente de batalla; las experiencias, derroches, y conspiraciones anarquistas y del POUM en Cataluña —con elementos sin duda de sincera búsqueda de la revolución— debilitaron la causa republicana de forma muy acusada por comparación con el monolitismo de la victoria que Franco supo imponer en su bando. En cuanto al PCE se mantuvo durante toda la contienda, muy pendiente de lo que dijera Moscú, fundamentalmente Stalin. Y aunque ayuda soviética, fue siempre costosa, y sometida a los vaivenes de las propias orientaciones de los comunistas en Rusia.

 

Componente internacional

 

Por otra parte, aunque la guerra fue básicamente una lu­cha civil, fratricida, con puntos de vista antagónicos sobre el futuro del país y con distintos enfoques sobre el ideal de so­ciedad, no significó tampoco que no tuviera una decisiva com­ponente-internacional desde sus primeros momentos. Hay que darse cuenta de lo que era la Europa del verano de 1936, con la Alemania hitleriana que se rearmaba rápidamente para im­poner sus condiciones por la fuerza, y que encontró en España un campo de experimentación de sus nuevos ingenios y de sus sistemas bélicos.

 

En la misma línea, las ambiciones de Mussolini, tras su conquista de Abisinia, seguían creciendo; y España apareció como un nuevo jalón en el proyecto de en­durecer al «débil pueblo italiano». Por el contrario, «las de­mocracias», Francia e Inglaterra, se vieron sumidas en el des­concierto, y optaron por el apaciguamiento del nazismo y del fascismo. En ello está la explicación básica de la farsa del «Comité de no intervención», formado en Londres a poco de iniciarse la guerra, y que en realidad lo que hizo fue «salvar la cara» de las democracias frente al intervencionismo de Alemania, Italia y Portugal.

 

La defensa de la República, fue apoyada desde el exterior por México —más simbólica que efectivamente—, con los vo­luntarios de las Brigadas Internacionales, y por fuerzas inte­lectuales de todo el mundo. Pero la ayuda más importante que recibió, fue la proveniente de la Unión Soviética, pero fluctuando en función de las cambiantes aspiraciones tácti­cas de Stalin. Y a la postre, el tan aireado «peligro comu­nista de España» dio a la guerra civil el signo de una «Cru­zada», no sólo dentro de España (donde la reaccionaria jerar­quía eclesiástica se ocupó de ello desde el principio), sino también entre las clases y grupos más conservadores de otros países. Lo cual explica, a su vez, la amedrentada renuencia de «las democracias» a sostener al gobierno democrático de Ma­drid frente al alzamiento militar y contra las injerencias na­zis y fascistas.

 

Una actitud así no fue de extrañar en el caso de la Inglaterra de Chamberlain y Edén, pero resultó dra­mática en el caso de la Francia de León Blum (socialista y presidente del gobierno del Frente Popular de junio del 36 a junio del 37). Luego, en Francia también se entró en una acti­tud claramente antirrepublicana con el radical Daladier, quien tras la caída del Frente Popular francés asumió la presiden­cia del gobierno de Francia; junto con Chamberlain, de he­cho pactó con Hitler en octubre de 1938, en Múnich, el defi­nitivo abandono de la causa republicana española. Por lo de­más, la repercusión de esas «preocupaciones por el comu­nismo» —junto con la acción del embajador Kennedy desde Londres— fue decisiva para llevar a Roosevelt a posiciones muy conservadoras.

 

Los desastres de la guerra

 

La guerra fue un desastre, aún mayor que los contempla­dos por Goya y luego reflejados en sus inmortales aguafuer­tes. No sólo la guerra y la destrucción se abatieron sobre un país lleno de vida y de proyectos, sino que luego vinieron las condenas, las ejecuciones, y la opresión sin límites del primer decenio de los «años de paz de Franco». Cuando en noviem­bre de 1963, Manuel Fraga —como ministro de Información y Turismo de Franco— organizó, orquestó y magnificó, por acuerdo del Gobierno, los festejos para glorificar los XXV años de PAZ, el abad de Montserrat, Monseñor Escarré, en Le Afon­de, en declaraciones a José Antonio Nováis dijo: «España, y éste es el gran problema, sigue aún dividida en dos partidos. No tenemos tras de nosotros veinticinco años de paz, sino sólo veinticinco años de victoria. Éste es un régimen que se dice cristiano, pero en el que el Estado no obedece, a los principios básicos del cristianismo…».

 

Después de esas declaraciones, Franco negoció a través de la Embajada de España en el Va­ticano, para que desde Roma se reclamase la presencia del abad Escarré en un convento benedictino italiano, donde vi­vió en destierro hasta que cuatro años más tarde, agonizante, fue traído a España para morir a las pocas horas en Mont­serrat. Veinte años después, en 1983, Fernando Fernán Gómez, al final de su obra Las bicicletas son para el verano pone en boca de su protagonista cómo el 1 de abril de 1939 «no llegó la paz sino la victoria» de los mismos que provocaron la guerra. Vae victis, ¡Ah de los vencidos!

 

Pero antes de entrar en otros detalles de la guerra civil, sería injusto no comentar que los republicanos como Azaña no persiguieran una transición de la República más pausada y teniendo en cuenta muchos intereses afectados. Se quiso hacer todo rápidamente, para laminar a los adversarios y el resultado final, dicho de una manera tal vez simple pero contundente, es que la República fue, por ambos lados, el periodo de preparación de la guerra, sin paliativos. Por eso hoy no tiene sentido que la izquierda pretenda que en la segunda transición busque la victoria de una república imaginaria, y que la derecha empiece a argumentar con planteamientos que recuerdan la dialéctica de otros tiempos.

 

 

 

La Constitución del 78 no es heredera de la del 31

 

Definitivamente, la Constitución de 1978, no es la heredera directa de la de 1931. La vigente es un pacto entre el pasado y el futuro, hecho en el presente, que tiene sus propios principios inspiradores, que no deben ser ni de izquierda ni de derecha, sino de respeto de los derechos humanos, búsqueda de la igualdad de oportunidades, y resolución pacífica y justa de todos los conflictos.

 

Con esas aclaraciones y otras que vendrán, acometemos la historia de la Guerra Civil en pocas páginas.

 

Dejamos hoy la cuestión hasta el próximo viernes y, como saben los lectores de Tribuna, pueden conectar con el autor a través del correo electrónico [email protected].

Comentarios

Giliprogre 14/01/2022 16:26 #1
Estoy preocupado. Llevo dos sin saber de Franco.

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