La estafa política de los acuerdos programáticos

FOTO: La mente es maravillosa.

El espectáculo que están ofreciendo nuestros representantes políticos, de cualquier ideología o territorio, pone en evidencia aquel paradigma de la vocación por el servicio público hasta el punto de etiquetar esta profesión como de auténtico nido de intereses. No hace falta que las encuestas del CIS digan una cosa u otra sobre lo que piensan los ciudadanos de los políticos. A la vista está la consideración, pero más evidente es la sensación que ofrece todo este baile de conflictos interesados que algunos mezclan en un envoltorio semántico con eso de los “acuerdos programáticos”.

 

En realidad, tales acuerdos no están basados en filosofías ideológicas. Cuando los partidos, enfrascados en sus pactos, hablan de acuerdos es mentira que estén acogiéndose únicamente a sus programas electorales para imponer una serie de medidas y acordar una política común entre diferentes fuerzas políticas. Lo hacen como atajo para transformar el gran objetivo del poder a través del reparto de cargos y sueldos con una insultante falta de tacto hacia el votante que ha pasado varias veces por las urnas en los últimos meses con la esperanza de contribuir a cambiar y mejorar las cosas.

 

Si un acuerdo programático se basa en conseguir una vicepresidencia, varios asesores liberados, consejerías, concejalías u otros puestos, estamos hablando de un fraude que los votantes no pueden consentir. Los ejemplos recientes de las negociaciones para cerrar los  gobiernos autonómicos parecen más bien una agencia de colocación que ofrece la posibilidad de empezar a cobrar un salario al día siguiente de tomar posesión del acta correspondiente, al margen de que se forme gobierno antes o después y se empiece realmente a trabajar.

 

La política es mucho más seria que un juego de trileros donde se premia la picaresca que muchas veces viene acompañada de fraude. El sentimiento de decepción que se palpa en la calle parece que no va con lo que piensan los protagonistas de escenas propias de países más acostumbrados a la gresca abierta que a la seriedad habitual de España. Insultos en twitter, negociaciones rotas por la interpretación de unas declaraciones, sabotajes en investiduras… auténticos chantajes y monedas de cambio. La simple amenaza con una nueva convocatoria electoral es un insulto para un país que ha estado votando en abril y mayo, y que ahora espera tener un gobierno nacional y muchos gobiernos autonómicos que se han utilizado como piezas de subasta.

 

No es normal esta sucesión de situaciones desesperantes y sin decoro. Los partidos y los políticos están para servir a los intereses comunes. Quién no tenga esa interpretación de la vida pública está estafando un sentimiento. Pero, a estas alturas, pedir a un político que pise el barro de la realidad cotidiana parece algo inverosímil. Una lástima que el nivel de confianza en nuestras instituciones y sus representantes sea tan escaso. Recuperarlo debería ser el primer empeño, pero para eso hace falta que se pongan a trabajar, y de momento solo han recogido el acta que les concede el derecho a cobrar.