La dictadura de Miguel Primo de Rivera (y XVIII)
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La dictadura de Miguel Primo de Rivera (y XVIII)

Último capítulo del largo serial que el profesor Ramón Tamames ha dedicado a analizar la dictadura de Miguel Primo de Rivera. 

 

¡Terminamos hoy la serie sobre Primo de Rivera en dieciocho entregas sucesivas, pero que creo sinceramente merecían la pena! Y veremos en este último registro cómo y cuándo se marchó el dictador, más silenciosamente que cuando entró. Dejando detrás un balance de realizaciones impresionante, pero sin saber cómo establecer tras él mismo una democracia solvente en España. Tampoco le ayudó nada en esa empresa Alfonso XIII que no vaciló en vituperar la fase más creativa de su reinado. Si en 1927, resuelta la penosa guerra de África, Primo de Rivera hubiera hecho elecciones generales, tal vez hubiera tenido ocasión de gobernar como un dictador que dejaba de serlo para cambiarse a demócrata… Observarán los lectores de Tribuna que la entrega de hoy es mucho más larga de lo habitual: lógico para poder terminar.

 

 

Consummatum est

 

A pesar de tantos episodios contrarios, al dictador, por lo menos en las apariencias exteriores, le parecía que todo seguía más o menos normal. Así, el 1 de enero de 1930 preparó una de sus habituales notas oficiosas dirigida a todos los alcaldes, para felicitarles el año nuevo, deseando que "la atención sobre cosas tan serias y fun­damentales como la buena y justa administración de un pueblo no se distraiga por rumores, maniobras ni presagios, que con intenciones perversas se propagan con frecuencia lamentable".

 

Pero el círculo iba cerrándose en torno al general. Un paso más en ese sentido se dio –de esa manera lo comentó Miguel Maura, en su libro Así cayó Alfonso XIII— el 2 de enero de 1930, cuando en el despacho ya antes comentado, el rey probablemente le dijo al gene­ral que su propuesta no era viable. Y en el curso de la audiencia, el dictador, conocedor como pocos de la manera de ser del soberano, intuyó que había terminado su privanza y se le preparaba el clásico borboneo para fecha inminente. "Debió notarlo –agregó Miguel Mau­ra—porque a partir de ese día, su actuación, desordenada y fantásti­ca, precipitó los acontecimientos".

 

Tres ministros –Calvo Sotelo, Guadalhorce y Andes— escribie­ron una carta al presidente del gobierno el 5 de enero de 1930. "La salida de la dictadura –le dijeron— debe ser gallarda", y acto seguido le invitaban a convocar las urnas para demostrar que gozaba "de la inmensa ma­yoría de la opinión... manifestada electoralmente...". La respuesta del general no se hizo esperar, y fue desalentadora para sus propios mi­nistros. De un lado, mostraba una aparente fe ciega en su plan re­constituyente; del otro, un desdén olímpico por la consulta electoral: "No necesito, ni quiero, ni espero nada del sufragio".

 

General Sanjurjo, el gran amigo militar de Primo de Rivera, que tanto cooperó con el Gobierno de la dictadura, y que en 1932 quiso emular a Don Miguel con un golpe de Estado contra la Segunda República, que falló por completo.

 

Horas después, en declaraciones hechas el 6 de enero de 1930, el dictador dijo que el séptimo año de su mandato sería el último, agregando acto seguido: «para dentro de unos meses hay que pre­parar la crisis, ¡qué bien suena a algunos esta palabra! Esto sí que es nuevo en España: un gobierno preparando su propia salida con más de medio año de anticipación. Y es que el actual no es un go­bierno político, de turno o de tanda, como los que hemos conocido hasta ahora; lo es de un régimen que vive del prestigio de su justifi­cación y servicios».

 

Pocos días más tarde, el 25, Primo de Rivera recibió a los re­presentantes de prensa. Uno de ellos le preguntó abiertamente por la actitud del general Goded hacia el Gobierno, y como el presidente le dijera que no entendía la pregunta, el periodista agregó: "Se habla de una conspiración que el general Goded acaudilla". Entonces, Primo de Ri­vera habló gravemente:

 

No hay nada más disparatado. Goded es uno de los más presti­giosos generales de nuestro ejército, con porvenir más amplio, porque es de los más jóvenes, y tiene una disciplina y una idea del cumplimiento de su deber bastante más exacta de lo que algunos suponen.

 

La pretendida conjura de Goded no estuvo nunca clara. Gabriel Maura en su ¿Por qué cayó Alfonso XIII? sostiene que más bien se trató de un grupo de oficiales, jóvenes y un tanto alocados, que te­nían entre manos una conspiración militar, encaminada a derribar la dictadura, sin saber bien lo que había de poner en su lugar en caso de lograr el objetivo.

 

Primo de Rivera, en su última foto con Alfonso XIII, que una vez borboneado, aunque con dimisión previa, no dudó en vituperar a quien presentó una vez al rey de Italia, Víctor Manuel, diciendo aquello de “éste es mi Mussolini”

 

¿Dimisión, o borboneo?

 

Todo lo que vamos refiriendo –actitud del rey, postura de Calvo So-telo dimitiendo, presunta rebelión del general Goded, etc.— decidió a Primo de Rivera a hacer una prueba, algo insólito en cualquier dictador distinto de él. Planteó, el domingo 26 de enero, una consulta, en forma de nota oficiosa, a los militares para saber si seguía contando con su apoyo en un momento tan proceloso.

 

 

 

Sólo dos de las respuestas, recibidas el lunes 27 de enero de 1930, res­pondieron plenamente a las esperanzas de Primo de Rivera: las firmadas por los generales Sanjurjo y Marzo. Otras contestaciones de los consultados, mostraron sorpresa por el parecer que se les pedía. Y la mayoría expresó la normal sumisión al rey y al gobierno consti­tuido. En cualquier caso, como dijo después el Duque de Maura, “no contenían conjunta ni aisladamente los votos de fervorosa adhesión a la persona y a la política del 13 de septiembre de 1923".

 

Como también dijo Miguel Maura, la famosa nota fue total y genuinamente espontánea del dictador, puesto que nadie, ni sus más íntimos, tuvo de ella la menor idea antes de su publicación. Y desde luego, significó el suicidio político del dictador, al convertirse en el pretexto ideal en manos del rey para dar al borboneo un perfecto barniz de lógica y obligada solución.

 

Efectivamente, el rey consideró insostenible la situación tras publicarse la famosa nota del domingo 26 de enero. Y así se lo dijo al siguiente martes 28, al Conde de los Andes, ahora ministro de Ha­cienda en sustitución de Calvo Sotelo. Hablaba con él del caso, cuan­do espontáneamente compareció Primo de Rivera en palacio, para dimitir; “en compañía del ministro de la Gobernación, Martínez Anido, que desde tiempo atrás venía reclamando también que se aceptara su propia dimisión". El rey aceptó la renuncia y, por tanto, el final de la dictadura.

 

Pero como recuerda Eduardo de Guzmán, en su libro bajo el muy escueto título de 1930, Primo de Rivera pensaba que no podía interrumpirse su obra, y apresuradamente, escribió para el Rey una cuartilla, con los nombres de quienes consideraba que debían desem­peñar las carteras del futuro gobierno; poniendo al General Berenguer al frente.

 

Las postreras palabras de la última nota oficiosa de don Miguel Primo de Rivera fueron las siguiente: "Y ahora, a descansar un poco, lo indispensable, para reponer la salud y equilibrar los nervios: idos mil trescientos veintiséis días seguidos de inquietud, de responsabili­dad y de trabajo! Y luego, si Dios quiere, a volver a servir a España, donde sea y como sea, hasta morir".

 

El mismo día de la dimisión borboneada, González Ruano entrevistó al Conde de Romanones:

 

- Hombre, si no viene usted por aquí, voy a buscarle! Es un momento en que no puedo evitar las ganas de hablar. ¿Ve usted cómo cayó? ¡No había de caer!

- ¿Usted esperaba ahora la crisis, conde?

- Sí, cuando leí el domingo la nota oficiosa ya pensé que esto se iba. Vacilaba el tinglado como una de esas escenografías que le gustan a usted.

- ¿Y la solución con el general Berenguer?

- Bien. Muy bien. Solución tranquila. Las dictaduras no suelen
salir por la puerta, sino por la ventana. En cuanto a la actua­ción de la Corona me parece un acierto indiscutible. Primero, por aceptar la dimisión de Primo de Rivera. Segundo, por ha­ber encargado de formar gobierno a Berenguer, el más civil
de todos los militares...

 

Luego, cuando González Ruano se trasladó al hotelito de Lerroux, en la calle O'Donell, la conversación fue de tenor muy distinto:

 

- Esto es un paso. Sólo un paso más. La solución ¿sabe usted en qué estriba?

- No.

- Pues en la República.

- ¡Ah! ¡Ya!

 

Sic transit gloria mundi

 

Al declinar sus poderes, Miguel Primo de Rivera, seguro ya de que se desbordaría contra él la tempestad de un rencor contenido a duras penas por espacio de seis años, se aisló en su domicilio de la madri­leña calle de Zurbano, negándose a recibir visitas, ni siquiera a los amigos más leales. Estaba enfermo. "Quien lo vio en su ocaso -dice Miguel Herrero García en su estudio biográfico del general— no podrá olvidar nunca la melancolía y el dolor que brillaban en sus ojos. Más que la diabetes diagnosticada por los médicos, el general padecía de ingratitud; y para el mal de la in­gratitud no había medicina posible".

 

Según algunos testimonios, el dictador se arrepintió de haber dimitido, y en la entrevista que tuvo en Las Rozas con su fiel amigo el general Sanjurjo, por entonces director de la Guardia Civil, empezaron a tratar, según sostienen algunos, un plan de sublevación. En ese contexto, pensó en ir a Barcelona a entrevistarse con el general Barrera, capitán general de Cataluña.

 

El caso es que el dictador, dimitido y entristecido, salió de Ma­drid el 12 de febrero de 1930, en automóvil para ir a la ciudad condal. Pero en Calatayud, por nevada, hubo de pasar al tren. Luego, ya en la capital catalana, se dirigió a la Capitanía Ge­neral, solo y a pie, como un particular, vestido de paisano, y contó al supremo jefe militar de Cataluña lo que tenía proyectado con Sanjurjo. Pero Barrera, así lo cuenta Jacinto Capella, viéndole nervioso y enfermo, le aconsejó un poco de calma, que siguiera su proyectado viaje a París y que dejara pasar unos días, para luego hablar más tranquilamente.

 

El ex dictador en París

 

Efectivamente, Primo de Rivera tomó el tren de Barcelona a Port Bou y luego a París, y allí se refugió en el modesto Hotel Mont-Royal, donde entre el dolor y la nostalgia, escribió una serie de cuatro artículos para el diario La Nación, de Buenos Aires: “Me llega el momento de poner término a este último artículo de la serie prometida, padeciendo fiebre, encerrado en el cuarto del hotel en que habito, al que llegan todos los días, por numerosos telegramas, cartas y tarjetas, la expresión de afectos y fidelidades de España que me sirven de gran consuelo. Como llega también la manifestación de hospitalidad y cortesía de distinguidas familias de Francia y de la colonia hispanoamericana, aquí tan im­portante".

 

El último viaje del General Primo de Rivera, una gran despedida multitudinaria en Madrid que penosamente ignoró el propio rey

 

Su estancia en París –dice Ramón de Franch— fue controlada paso a paso por Quiñones de León, embajador de España y conocido masón: "El valet de Briand, intrigante en la política anglofrancesa, se constituyó en la sombra de Primo de Rivera. Lo hacía seguir a todas partes. Fue asiduo del general; como si le hubiera nacido una amistad fraterna. Pero apenas se conocían". Por su parte, Miguel Herrero Gar­cía, manifiesta un tanto misteriosamente que "esto no quiere decir que Quiñones de Le­ón... No; al embajador de España solamente le asignamos el papel de informador. Y es suficiente para nuestra hipótesis".

 

En cualquier caso, Primo de Rivera hacía vida corriente en París. Comía bien, paseaba, dormía, escribía y reflexionaba. Nada hacía presagiar su rápido fin. La salud no ofrecía mayores peligros y pro­yectaba un viaje a Italia. "Su padecimiento era el mismo de siempre. Alguna ligera molestia, pero nada inquietante. Nunca hizo una vida más honesta y recatada. Reposo, serenidad, un cierto olvido... Amo­res filiales le rodeaban de cuidados y atenciones. No trabajaba en na­da. Le reconocían los médicos y lo encontraban tan enterizo y fuerte como un castillo".

 

Y a pesar de todo eso, una mañana, cuando volvieron sus hijas de misa, lo vieron muerto sobre la cama. Una hora antes leía los pe­riódicos.

 

Dejando en suspenso la incertidumbre de cuál fue la verdadera causa de la muerte del general, en lo que sigue haremos el relato de la despedi­da de París de sus restos mortales, según el testimonio de González Ruano: "A las cinco de la tarde del día 17 de marzo [de 1930] tuvo lugar el funeral parisi­no. Era un día frío y lluvioso, y en el pasillo del hotel se apretujaban los amigos... Al fin arrancó el cortejo camino la estación de Austerlitz, donde se celebró la ceremonia oficial. Primeramente, el desfile, uno a uno ante el ataúd; después, el otro desfile, el de los soldados de todas las armas que la República Francesa había congregado para rendir honores al caballero yaciente, que además de presidir el go­bierno de España por seis años y 129 días era gran oficial de la Le­gión de Honor".

 

Después, con lenguaje de mucho sentimiento, González Ruano describió cómo el cadáver del general fue transportado a España. Su paso por ciudades y aldeas fue prueba de que una gran parte del pueblo le seguía queriendo. Pero mucho más expresivo, por haberlo vivido en directo, resultó el testimonio de Calvo Sotelo sobre el trán­sito de los restos mortales del general desde la frontera francesa a la capital de España:

 

La llegada a Madrid fue la eclosión final, a pesar de las mani­pulaciones oficiales que recuerda César González Ruano: el odio y la persecución del Gabinete Berenguer le acompañó hasta la tumba, negándole el derecho indiscutible de ser enterrado en el panteón de hombres ilustres. Además, en el Real Decreto que se dictó sobre los honores que habían de tributársele en el sepelio, no se recordó su calidad de ex-Presidente del consejo de ministros. Y a tales muestras de falta de sensibilidad se les dio broche de oro con una posterior nota, en la que decía que “el entierro, muy concurrido, había sido una prueba de curiosidad popular".

 

El mejor epitafio al dictador se lo puso uno de los personajes más conservadores, y candidato también que fue en algún momento a la dictadura en España, Juan de la Cierva: "La hazaña de Marrue­cos, en circunstancias de gravedad extrema, acreció su prestigio... Llevaba dentro un gran motor que le impulsaba y tendía a ensanchar el campo de su actividad- Tuvo grandes aciertos; inspiró ilimitada confianza; el dinero acudía a las emisiones de valores... Pero al mis­mo tiempo tenía alejados y perseguidos a los hombres políticos de la monarquía, y luchaba en vano por atraerse definitivamente a socia­listas y republicanos".

 

Según Joaquín Leguina y Asunción Sánchez, en el libro Ramón Franco y la Dictadura de Primo de Rivera, después de proclamarse la República, Alfonso XIII, ya exiliado en Roma, dijo a unos visitantes españoles: “Sí, sí, la Dictadura hizo dos cosas importantes en España: los firmes especiales de las carreteras y la República”.  Pocas ruindades así pueden encontrarse en el juicio de un protagonista de la historia… cuyo autor se llevó su merecido al tener que renunciar al trono

 

Cuatro años después de la muerte del dictador, su hijo José Antonio, en las Cortes Republicanas de 1933 realizó la más encendida defensa de su padre y su política. El joven Primo de Rivera, solo 30 años de edad, terminó su oración parlamentaria pidiendo la cancelación respetuosa, histórica y objetiva de la obra de la dictadura "con el reconocimiento de los servicios, las honestidades, y el sacrificio admirable de quien la encarnó". Y como expresa Manuel Penella en su libro La Falange Teórica. De José Antonio Primo de Rivera a Dionisio Ridruejo:

 

José Antonio Primo de Rivera, que inició su carrera política con la defensa de la obra de su padre

El joven José Antonio Primo de Rivera vio a su padre debatirse en una soledad creciente; empezó a sentirse cada vez más incómodo con las fuerzas e instituciones que le ofrecían resistencia. Él era, desde luego, un buen hijo, y tomó nota de todos los agravios sufridos por su padre. Pensó que al rey le faltaba carácter para apoyar el proyecto paterno y que por eso se empeñaba en mirar hacia atrás, hacia la Constitución de Cánovas; pensó que la Iglesia, teniéndolo todo, le estaba incordiando con exigencias desmesuradas; no pasó por alto la terca oposición de algunos hombres de negocios, empeñados en sabotear las tendencias intervencionistas y nacionalizadoras; pensó que los militares, en lugar de apoyar a su padre de verdad, lo envidiaban mezquinamente; pensó que los aristócratas eran demasiado egoístas y que por eso no admitían las molestias que provocaba el impulso regeneracionista.

 

Por Decreto del Gobierno de Franco, el 25 de marzo de 1947, las cenizas del general fueron sepultadas conforme a su rango en Jerez de la Frontera, su ciudad natal, en el histórico templo de la vir­gen patrona de Jerez, Nuestra Señora de la Merced. De esa forma se cumplió su expreso y público deseo: "Si cien veces naciera, anhelaría que fuese en Jerez, donde también quisiera venir a morir, para que aquí se guardasen mis cenizas".

 

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