La Dictadura de Miguel Primo de Rivera (XV)
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La Dictadura de Miguel Primo de Rivera (XV)

El profesor Tamames sigue analizando desde todas las vertientes cómo fue la Dictadura de Primero de Rivera.

“Se está Vd. pasando, Prof. Tamames, porque la Dictadura de Primo de Rivera no fue para tanto”. Pero esa idea es fácil de rebatir, porque con la Dictadura, volis nolis, se modernizó España en muchos aspectos y creció la clase media. Aunque, lamentablemente, también serviría de letra de cambio girada a plazo fijo, para la proclamación de la Segunda República en 1931; entre otras cosas, porque Alfonso XIII quiso continuar con el régimen dictatorial, pero con personas menos capaces que Primo de Rivera (Berenguer y Aznar). Luego, se abrió la gran crisis política española que conduciría a la guerra civil 1936/39. Por lo demás, los tiempos de Don Miguel Primo de Rivera, asegurado el crecimiento económico y una estabilidad autoritaria de la política, permitieron el desarrollo de una parte importante del “Medio Siglo de Plata” de la cultura española. Tema con el que seguimos hoy.

 

 

La Generación del 98

 

En el área estrictamente literaria, la huella de Benito Pérez Galdós, muerto en 1920, se dejó sentir profundamente durante todo el tiempo de la dictadura. Al igual que sucedió con la ausencia de Emilia Pardo Bazán, desaparecida el mismo año. Con los dos, finiquitó la época de la narrativa realista-naturalista de extracción decimonónica.

 

Y en cierto modo veteranos, pero más jóvenes que los anteriores, durante la dictadura siguieron muy activos los autores de la generación del 98, expresión utilizada por primera vez en un artículo de Azorín publicado en 1903; para abarcar un grupo de escritores que en sus trabajos reflexionaron en profundidad sobre las difíciles circunstancias de España como consecuencia del desastre de 1898. Y en su labor, fueron más allá de los libros, dando lustre con sus artículos de prensa a los principales diarios y semanarios de España y de Hispanoamérica.

 

Miguel de Unamuno (1864-1936), filósofo, considerado como uno de los mejores prosistas españoles, escribió en la época que nos ocupa —influido por su ya comentado alejamiento de Madrid por decisión del dictador—, lo mejor de su poesía: Rimas adentro (1923), Teresa (1924), De Fuerteventura a París (1925) y Romancero del destierro (1928).

 

Ramón María del Valle-Inclán (1869-1936), otro gran carácter de la generación del 98, en los años previos a la dictadura dio a la luz algunas de sus obras teatrales cimeras: Divinas palabras, Luces de bohemia (1920), Cara de plata (1922). Ya en tiempos de Primo de Rivera, con el que chocó dialécticamente varias veces, produjo Ligazón (1926) y La hija del capitán (1927). También publicó por entonces El ruedo ibérico, y su gran anticipo de novela hispanoamericana, Tirano Banderas.

 

José Martínez Ruiz, Azorín (1874-1967) fue en los años de la dictadura el gran articulista, escueto y reflexivo, de los periódicos españoles e hispanoamericanos, especialmente ABC, para después recoger parte de esa producción en una serie de colecciones. Publicó, además, El chirrión de los políticos (1923), como muestra de su benevolencia con la dictadura en sus primeros tiempos.

 

Antonio Machado, el gran poeta de la Generación del 98, de quien todavía se discute si sus restos mortales, que están en Colliure (sur de Francia, 1939), deben o no volver a España

 

El gran poeta Antonio Machado (1887-1939) publicó en tiempos de Primo de Rivera sus Nuevas canciones (1924), y dejó trabajar a sus personajes Abel Martín y Juan de Mairena. Se reveló como el gran poeta popular de la época, junto a Federico García Lorca, a quien nos referimos en la generación del 27. Mientras tanto, Manuel Machado recogió su propia obra en un tomo de Poesías completas (1928).

 

Pío Baroja (1875-1956) ese “fauno reumático que ha leído un poco a Kant”, según dijo uno de sus peores adversarios, y al propio tiempo el novelista español más preocupado por los temas históricos, políticos y de la ciencia, desarrolló entre 1923 y 1935 una fase particularmente significativa: sus Memorias de un hombre de acción, en cuyos 22 volúmenes narró las turbulentas aventuras, durante la primera parte del siglo XIX del infatigable héroe Avinareta, lejano pariente del autor.

 

Ramón Pérez de Ayala (1888-1962) ya era un novelista extraordinario durante la dictadura, por su largo acervo, en el que figuraba su obra cumbre Troteras y danzaderas. Durante la época que nos ocupa, trabajó en temas relacionados con la educación sexual de los jóvenes: Luna de miel, luna de hiel (1923), y su continuación Los trabajos de Urbano y Simona (1923), que representan probablemente las obras más intelectualizadas del autor; no tanto por el tono ensayístico como por el evidente simbolismo de todos los personajes y situaciones. En sus dos últimas novelas Tigre Juan (1926), y su continuación, El curandero de su honra (1926), trató el problema del honor conyugal y la hombría, según las ideas marañonianas.

 

Juan Ramón Jiménez: le seleccionamos entre los muchos componentes de la Generación de 1914, por haber sido el tercer Premio Nobel de Literatura (1956) que ha tenido España; después de Echegaray y de Benavente

 

La Generación de 1914

 

Entre la generación del 98 y la de 1927, nos encontramos con la menos definida de 1914, de escritores y pensadores de relevancia singular, que produjeron en el tiempo de la dictadura algunas de sus mejores aportaciones: fundamentalmente Ramón Menéndez Pidal, Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez, y Gabriel Miró.

 

A Ramón Menéndez Pidal (1869-1968), que fue director de la Real Academia Española en dos ocasiones, cabe considerársele como el fundador y máximo representante de la moderna Filología Hispánica, por la labor que realizó desde el Centro de Estudios Históricos creado por él mismo en 1910; como laboratorio dependiente de la Junta de Ampliación de Estudios, con la función principal de recuperar textos y documentos del idioma, contribuyendo así a un nuevo enfoque en cuanto a su proceso de formación. En 1926 completó su obra fundamental, Orígenes del español, calificada por Millet como “gran acontecimiento en la historia del romanismo”. Concluyó también por entonces la redacción de La España del Cid.

       

Por su parte, José Ortega y Gasset (1883-1955), hijo de Ortega y Munilla, director que había sido del diario El Imparcial, ejerció de catedrático de Metafísica en la Universidad de Madrid, y se convirtió en el gran promotor y árbitro de la cultura hispánica; especialmente a partir de la fundación de Revista de Occidente, en 1923. En ella se incluyeron textos de las generaciones del 98 y del 27. En 1925 publicó su ensayo El arte deshumanizado, al que ya nos hemos referido.

 

Por otro lado, Juan Ramón Jiménez (1881-1958) fue el iniciador de nuevas orientaciones en la poesía española. Su obra primera, de ecos modernistas, dio paso luego a una concepción renovadora que alcanzó su máximo nivel en la Segunda antología poética, publicada en 1922. Durante la dictadura escribió poemas para un gran libro, La estación total (que vería la luz mucho después, en 1946) y se convirtió en editor de revistas de gran impacto en el mundo literario: Índice (1921), (1925), y Ley (1927). Muchos años después, en 1956, estando exiliado en Puerto Rico, recibió el Premio Nobel de Literatura.

 

Por último, de la gente de 1914, ha de recordarse a Gabriel Miró (1879-1930) quien en 1922 publicó Niño y grande, y que en 1925 recibió el Premio Mariano de Cavia de ABC por su relato Huerto de cruces. En 1927, Azorín, Palacio Valdés y Ricardo León propusieron su ingreso en la Real Academia Española, pero la propuesta fue rechazada, al igual que la presentada dos años después. En 1928 publicó Años y leguas, prolongación ideal del Libro de Sigüenza. Miró fue, sobre todo, un riguroso estilista (Ortega habló de su prosa hecha a tórculo).

 

Federico García Lorca, indudablemente, el más recordado escritor de la Generación del 27. Difícil imaginar adónde habría llegado con su talento de no haber sido asesinado en 1936, al comenzar la guerra civil, cuando sólo tenía 38 años

 

La Generación del 27

 

En 1927 se conmemoró el tercer centenario de la muerte de Luis de Góngora, un acontecimiento que sirvió para aglutinar a una serie de autores que, bajo lo que luego sería la Generación del 27. Componentes del grupo fueron los poetas Pedro Salinas, Federico García Lorca, Jorge Guillén, Rafael Alberti, Gerardo Diego, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Manuel Altolaguirre, José Bergamín, Emilio Prados y Dámaso Alonso; y se vincularon a ellos algunos prosistas, como José María de Cossío y Ramón Gómez de la Serna. Los más populares de toda la serie fueron Federico García Lorca y Rafael Alberti.

 

La coincidencia cronológica de esa vasta irrupción en la república de las letras durante el gobierno de Primo de Rivera, llevó a que en la época, sin ningún desdoro inicialmente, se conociera ese colectivo como Generación de la dictadura. Si bien ese nombre suscitó después algunas reacciones más o menos airadas; como las de Luis Cernuda cuando dijo que “nada hay de común entre esa generación y el golpe de Estado que instauró el directorio, y hasta se diría que resulta ofensivo para ella establecer tal conexión”.

 

En la generación de 1927, la nueva literatura buscó, por encima de todo, la originalidad de pensamiento y expresión en la senda a una creación pura, que suprimiera los elementos más descriptivos y sentimentales, a fin de alcanzar la belleza mediante el hermetismo y el empleo de la metáfora. Su poesía, en palabras de Ortega, equivalía a “un álgebra superior, que reinventó la tradición gongorina, situándose tan lejos del esteticismo como de la moralización”.

 

Los poetas del 27 eran casi todos ellos de formación universitaria, atentos a los movimientos literarios europeos y excelentes conocedores de la poesía española. Rasgo común del grupo fue la fecunda alianza de tradición e innovación, perceptible en la métrica.

 

Dos ismos influyeron sobre todo en la poesía, en su primera etapa: el ultraísmo y el creacionismo. Ambas escuelas identificaban el acto creativo con la metáfora; lo sustantivo en el poema era la imagen autónoma e independiente del mundo real o de las ideas. En ese sentido, dos principales orientaciones coexistieron en la generación del 27: la primera era la recreación imaginativa y artística de temas folklóricos, en la obra de García Lorca y Alberti; la segunda, una actitud clasicista –influida por Valéry— consistente en una poesía intelectual o pura y en el pleno desplazamiento del centro de interés del poeta hacia el poema. Guillén y Salinas fueron las figuras relevantes de tal tendencia. Hacia 1930, el surrealismo influyó en la poesía de Lorca, Alberti, Cernuda y Aleixandre, entre otros.

 

 

En resumen, nuestra tarea en el día de hoy ha sido sintetizar lo que supusieron varias generaciones literarias de mucha importancia en la cultura española. Con personajes que todavía son referencia para muchas reflexiones sobre lo bueno y malo, y también regular, que nos viene del pasado. Dejamos aquí el tema, y seguiremos la próxima semana. Y en el entretanto, los lectores de Tribuna pueden conectar, como siempre, con el autor a través del correo electrónico [email protected].

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