La Dictadura de Miguel Primo de Rivera (XIII)
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La Dictadura de Miguel Primo de Rivera (XIII)

Nueva entrega del serial de Miguel Primo de Rivera que firma Ramón Tamames para TRIBUNA GRUPO.

Entramos hoy en una parte poco estudiada de la Dictadura del General Primo de Rivera, que coincidió, y no por casualidad, con la Edad de Plata de la cultura española, como podrá verse en esta entrega de nuestra serie y en la siguiente, para los lectores de Tribuna. Hubo una especie de primum vivere, deinde philosophare; en otras palabras, con la estabilidad política de seis años y medio, en un país en rápido crecimiento económico y en transformación sociológica, hubo como un revivir de la literatura y de todas las artes. Fue una contribución a mejorar España, aunque fuera en un ambiente en que el dictador mantenía a 20 millones de ciudadanos como menores de edad en lo que se refiere a la política.

 

 

Cambio social y Edad de Plata de la cultura

 

La dictadura de Primo de Rivera fue, efectivamente, una etapa de notable calma social al verse las reivindicaciones del movimiento obrero oficialmente encauzadas, en su mayor parte, a través de la UGT y del corporativismo de la propia ejecutiva de Don Miguel. Sin llegar nunca a la situación crispada de la fase anterior de comienzo de la década de 1920, ni a lo que luego sería la eclosión de los años 30, de agitación in crescendo hasta alcanzarse el clímax de la guerra civil 1936/1939.

 

En ese contexto de paz social comparativa, la beligerancia de los intelectuales contra la dictadura resultó escasa al principio, no llegando siempre a ser realmente virulenta. Todo ello en un proceso 1923/30 en el que se produjeron cambios importantes en la sociedad, imperceptibles muchos de ellos de momento; pero que resultaron decisivos en sucesivas transformaciones. Así sucedió con el crecimiento económico, el progreso de urbanización, el descenso del analfabetismo, la inserción de la mujer en la nueva legislación social y en otras facetas de la vida, sin olvidar la gran intensidad que tuvieron temas como la educación y la cultura.

 

Y de lo que no cabe duda, como dice José Ramón Trujillo, experto de la literatura y la cultura españolas de la época, el tiempo de Primo de Rivera resultó estelar, incluso más allá de lo que es posible explicar en función del crecimiento económico. Por todo ello, a esta entrega de la serie para Tribuna, le asignamos una razonable importancia; en el sentido de apreciar cómo se configuró toda una nueva mentalidad, período al que llegó a denominarse, junto con el lustro de la república (1931/1936), la Edad de plata de la cultura española.

 

Jorge Luis Borges y Ortega y Gasset: dos observadores y actores, en parte a pesar suyo, del gran nivel del arte durante la Dictadura

 

Para empezar, en el tiempo que nos ocupa, se mostraron activas tres generaciones literarias: la del 98, la de 1914, y la del 27. Y sus éxitos nutrieron la vida espiritual española de tal manera, que todavía hoy siguen siendo parte notable del sustrato cultural y mental de la España del presente. Situación que se produjo por la coincidencia de los movimientos artísticos y literarios en plena madurez y de alto prestigio social, con las nuevas corrientes europeas de entonces, lo que dotó a España de una musculosa vida intelectual, según algunos testimonios, a nivel comparable con potencias culturales como Francia, Inglaterra o Rusia.

 

El resplandor de la década de 1920 que estamos refiriendo, se hizo aún más notable por el hecho de que durante los decenios de 1900 y 1910, nada hacía suponer que se produciría una revolución de tal envergadura. En ese sentido, un primer indicio de por dónde irían las cosas lo dio, en 1921, la revista Baleares, con Guillermo de Torre, Gabriel Alomar y Jorge Luis Borges al frente. Ellos fueron los autores del Manifiesto Ultraísta, que actuó como introducción de un inédito concepto artístico: lo que José Ortega y Gasset definiría más adelante en su ensayo La deshumanización del arte (1925), al observar que las jóvenes promociones atendían a lo nuevo antes que a lo moderno, siguiendo así los pasos dados previamente por Juan Ramón Jiménez o Ramón Gómez de la Serna.

 

La corte del faraón, de Vicente Lleó, fue un gran exponente de los musicales de entonces en España, revividos en la película en que resplandece Ana Belén

 

Teatro, ópera y música

 

En el tiempo que nos ocupa, el esparcimiento sobre todo nocturno de los españoles tuvo un nombre fundamental: el teatro; con la apertura de gran número de salas nuevas en todo el país. Y de manera muy especial en Madrid, donde a los tradicionales escenarios de finales del siglo XIX y principios del XX (Español, Novedades, Comedia, Apolo, Circo Price…), se unieron los nuevos cosos de la Princesa (hoy María Guerrero), Maravillas (próximo a la calle de Fuencarral), Reina Victoria (Carrera de San Jerónimo), Lara (llamado la bombonera), etc.

 

La competencia que funcionó entre esos pequeños y grandes coliseos, originó una búsqueda constante de novedades dramáticas, que llevó a un amplio desarrollo del género, que en el tiempo de Primo de Rivera se polarizó en un nombre: Jacinto Benavente, que había obtenido el Premio Nobel de Literatura en 1922, que había sido diputado a Cortes en 1918, y a quien se le eligió para reemplazar a Menéndez Pelayo al frente de la Real Academia Española. Ese éxito social, el gran premio recibido en Estocolmo, su inclinación conservadora y la gran popularidad de dramaturgo –salió a hombros del teatro en varias ocasiones—, le acarrearon la antipatía mayoritaria de sus colegas. Lo cual le llevó a dejar de escribir teatro por un tiempo, dedicándose a viajar, precisamente en los últimos años de la dictadura. En 1929 visitó el nuevo país de los soviets, y fruto de ese viaje, ya en 1932, sería su libro Santa Rusia, que dentro de la politización del momento indignó a la burguesía española.

 

Al lado de la obra de Benavente y de Valle Inclán, al que luego nos referimos al reseñar la generación del 98, hubo otras manifestaciones teatrales igualmente valiosas: Manuel Machado con Juan de Mañara y La Lola se va a los puertos, las Leyendas en verso de Eduardo Marquina, y el teatro humorístico y costumbrista de los hermanos Joaquín y Serafín Álvarez Quintero.

 

Albéniz y Granados, los dos grandes puntales de la música nacida en Cataluña, y que expresa como ninguna el sentimiento nacional de las Españas

 

En términos de espectáculo ha de registrarse aquí lo ocurrido el 23 de septiembre de 1928, más bien de crónica de sucesos: el incendio que destruyó el Teatro Novedades de Madrid, ocasionando un gran número de víctimas. Se inició el fuego a las nueve de la noche en el área de las tramoyas, cuando estaba representándose el sainete La mejor del puerto –de Francisco Alonso, Luis Fernández de Sevilla y Anselmo C. Carreño—, con el local abarrotado de público. El jefe de tramoyistas dio la alarma, pero sólo lo hizo cuando el fuego ya había prendido en los decorados. Numerosos espectadores se precipitaban en tropel hacia las puertas, en tanto que otros se deslizaron al patio de butacas por las columnas desde las localidades superiores, e incluso se arrojaron al vacío. El pánico hizo que al menos 80 personas murieran aplastadas y asfixiadas, con un centenar largo de heridos.

 

En términos menos aciagos, la ópera se mantuvo durante el tiempo de la dictadura como una de las grandes aficiones de la alta sociedad y la burguesía, con montajes muy costosos. En octubre de 1925, el inicio de la temporada en el Liceo de Barcelona quedó marcado por la revelación del gran tenor aragonés Miguel Fleta, que debutó con Carmen de Bizet; para continuar después con Tosca, Aída y La Bohème. De tal manera se apreció su voz, que al año siguiente fue contratado para estrenar Turandot, de Puccini, en la Scala de Milán.

 

También floreció el género chico, en busca de la afluencia masiva de público, mediante fórmulas más económicas; y con funciones por horas, en las que se entremezclaban la zarzuela y el sainete. La corte del faraón, de Vicente Lleó fue la muestra más completa de ese género.

 

Conforme se instalaba la competencia del cinematógrafo, tendió a desarrollarse un género considerado por los más exquisitos como ínfimo: las revistas de cabaret y de varietés. El éxito se conseguía con planteles de mujeres hermosas y más o menos ligeras de ropa, y con voces atractivas algunas de ellas, cantantes frustradas de zarzuela: Raquel Méller, la Criolla, la Fornarina, Sagrario Álvarez, o La Chelito, que se hicieron famosas con canciones picantes, como La pulga. Celia Gámez potenció el género, destacando en su repertorio Las Leandras. El éxito fue tal, que este tipo de espectáculos hubo que trasladarlo a salones de gran aforo; y no pocas veces con escándalo de algunos gobernadores civiles, que prohibían las actuaciones al considerarlas contrarias a la moral pública.

 

En la música que hoy llamamos clásica brillaron en la época Turina, Esplá y Falla, que como antes Albéniz y Granados, dieron forma a una auténtica música nacional; que recuperó la tradición y los aires populares sin caer en el casticismo. Aún muy jóvenes, y para figurar ya más bien dentro de la generación de la república, hay que mencionar también a Ernesto Halfter, junto a Bacarisse, Guridi y Usandizaga.

 

Y por cierto, si saben Vds. manejar la aplicación Spotify, conecten para escuchar la pieza musical Concertino, de Bacarisse: un sonido excelso que surge de la serenidad del alma y se extiende a mucha distancia…

 

Y como siempre, si quieren conectar con el autor, en el interim a la semana próxima, pueden hacerlo a través del correo electrónico [email protected].