La Dictadura de Miguel Primo de Rivera (X)
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La Dictadura de Miguel Primo de Rivera (X)

Abd el Krim, antiguamente funcionario en el Rif, y luego revolucionario y presidente de la República de ese mismo nombre

Nueva entrega del serial de la Dictadura de Miguel Primo de Rivera que firma Ramón Tamames para TRIBUNA GRUPO

Entramos hoy en la X entrega del largo tratamiento que estamos dando a la Dictadura del General Primo de Rivera, entre 1923 y 1931. Y no debe sorprender esa longitud por dos razones: la casi total ignorancia hoy por los españoles de aquel semiseptenio, y la importancia que tuvo para la modernización del país, y los nuevos episodios del final de Alfonso XII y la Segunda República española. En ese sentido, entramos hoy en lo que fue la clave de todo el periodo, la Guerra de Marruecos.

 

El primer abandonismo de Primo de Rivera

Precisamente tras el golpe del 13 de septiembre de 1923, el malestar cundió en las guarniciones españolas en Marruecos, debido al abandonismo que ya había personalizado el general Primo de Rivera. Actitud contra la cual se realizaron por los militares españoles más belicosos algunos ataques a los rifeños, entre ellos el realizado por un jefe legionario que estaba en el puesto de vanguardia de Ben-Tieb, al borde de las montañas que enmarcaron el desastre de Annual de 1921, en las proximidades de Melilla. El protagonista de esa acción fue el teniente coronel Francisco Franco, el mismo que en el número de abril de 1924 de la Revista de Tropas Coloniales, publicó un artículo con el significativo título Pasividad e inacción; empezando así la etapa de su vida que él mismo denominó “mi rebeldía frente a Primo de Rivera”.

 

La tesis de Franco era que los sucesos de 1921 habían marcado una regresión en la guerra de Marruecos, desde el punto y hora en que el valor efectivo de las unidades bajó de nivel, y las disponibilidades antes capaces para resolver la situación, habían pasado a ser insuficientes. Además, la derrota de Annual tuvo como consecuencia una fatal enseñanza para los indígenas: “los sometidos de ayer, en su fanatismo rencoroso, creen posible una nueva matanza de arrumis (cristianos) y un nuevo triunfo del estado de anarquía…”.

 

Y profundizando más en sus invectivas, Franco sostenía que “la psicología de los pueblos bereberes, fanáticos e impresionables, imprime grandes cambios en la actitud, y basta un jefe prestigioso, o un santón melenudo, para turbar y aun levantar cabilas y aduares… Aceptan con resignación coránica el mando del más fuerte, pero aprovechan toda ocasión de recobrar su independencia…”.

 

Por último, en su escrito, Franco lanzó un verdadero reto al dictador, al exponer su presunción de que la primavera del año 1924 podía abrir un paréntesis en la actividad militar, por la reducción del gasto público, impulsada por “las cuentas que los economistas hacían de la guerra”. Y además de eso Franco hizo su propia propuesta: “apaguemos los focos de rebeldía y en las zonas sometidas reine la tranquilidad y confianza aseguradas por el desarme. De otra manera, el más ligero viento podrá convertir en pavesas nuestro edificio”.

 

Frente a esos posicionamientos, Primo de Rivera siguió siendo partidario del abandono del protectorado, reproduciendo así la opinión más generalizada de toda España. Pocos lo vieron tan claro como José Calvo Sotelo al referirse al dictador como el “verdadero apóstol del pacifismo”, lo que explicaba su sincero afecto por Aristide Briand, que andando el tiempo sería el firmante, con el estadounidense Kellogg, del famoso tratado Briand-Kellogg de 27 de agosto de 1928, “para terminar con todas las guerras del mundo”. Más aún, Primo de Rivera estaba abiertamente a favor de la Sociedad de Naciones (SDN) y de su idea de desarme universal absoluto. Algo que a su juicio sólo podría conseguirse con un ejército internacional puesto a las órdenes de la propia SDN. Ideas verdaderamente luminosas, que difícilmente permiten que Primo de Rivera pueda ser tildado históricamente de militarote.

 

En ese contexto, a menos de un año después de iniciarse la dictadura, Primo de Rivera, dándose cuenta, ya como gobernante y no como mero observador, de lo gravoso que Marruecos era para la vida española, se decidió por una política de efectiva economía y, en consecuencia vio la solución del problema de Marruecos en la retirada del protectorado. Decisión que le honraba como hombre de gobierno –dijo Ramos Oliveira, al igual que otros muchos—, puesto que esa actitud abandonista era la misma política encarnada por su mayor adversario, Santiago Alba; estando además en abierta contradicción con los deseos de los oficiales en África, que equiparaban esa retirada con el final del Ejército español.

 

Para materializar esa política de abandono, el dictador trató –como antes lo había hecho Alba— de llegar a un convenio con Abd El Krim, para suministrarle una renta, como compensación por su no agresividad, de un millón de pesetas al mes. Cifra que, teniendo en cuenta los 104.000 hombres del ejército español por entonces situados en el territorio, podría haber representado una gran economía, reduciendo los gastos totales a menos de la mitad. Sin embargo, el acuerdo no llegó a prosperar. El caudillo norteafricano quería algo más: ser Presidente de la República del Rif.

 

En ese ambiente de actitudes abandonistas preconizadas por el dictador, el 19 de julio de 1924 se produjo un episodio bien significativo, cuando el teniente coronel Franco, en presencia del comandante supremo de las fuerzas españolas en Marruecos, general Sanjurjo, se enfrentó meditada y abiertamente a Primo de Rivera, quien había acudido a un banquete legionario a celebrar en el ya citado puesto de Ben-Tieb. Donde por cierto, según Ricardo de la Cierva, no se elaboró, en contra de lo que luego dijo la leyenda, un menú a base exclusivamente de huevos.

 

En el curso de ese encuentro –de gran tirantez, según Ramón Garriga narró ampliamente en el libro Juan March y su tiempo—, el que hacía portavoz de sus compañeros de armas ante el dictador, Francisco Franco, utilizó los argumentos ya comentados, de su artículo en la Revista de Tropas Coloniales. Sin embargo, la situación encrespada se calmó tras una conversación más reducida, prácticamente a solas, entre los dos protagonistas del duelo dialéctico; de la que seguramente surgió la decisión de Primo de Rivera de mantener la defensa de una zona a definir en torno a las comandancias de Ceuta y Melilla.

 

Se definió de esa manera la línea Primo de Rivera, para asegurar en la parte occidental un frente continuo, protector de los caminos de Tetuán a Ceuta y Tánger. Lo cual implicaba el abandono de Xauen y del rosario de pequeños fortines en su entorno, no menos de cuatrocientos blocaos.

 

Esa retirada se hizo de forma ordenada, pero de tal manera que Abd el Krim llegó a considerar derrotados a los españoles, alcanzando entonces los confines del protectorado francés. Y ante ese panorama, Lyautey, el alto residente francés en Marruceos, sugirió la necesaria colaboración con el ejercito español para acabar con Abd el Krim.

 

El acuerdo hispano-francés y el desembarco de Alhucemas

El gobierno de París aceptó de inmediato las propuestas de Lyautey en pro de una cooperación integral entre las dos hermanas latinas, superando así lo que en años enteros de relación diplomática no se había conseguido: la unidad de acción de las dos naciones protectoras contra el enemigo común. Ante la inesperada reacción francesa, el dictador, a pesar de que la ofrecida alianza implicaba una rectificación completa de su política de abandonismo, se avino al esfuerzo combinado que se le proponía.

 

El 27 de junio de 1925 se celebró en Madrid una asamblea de representantes franceses y españoles, para concertar algún tipo de convenio. Reconociéndose al final la necesidad ineludible de “conjugar las operaciones militares... y no pactar paces separadas”. Aunque en principio se planteó aplazar las operaciones aliadas hasta el año siguiente. Decisión de principio que no convenció al dictador, a la sazón en Tetuán, por lo cual rápidamente retornó a Madrid, y expuso su punto de vista sobre la urgencia de un desembarco en Alhucemas. Luego, tras la firma de un acuerdo sobre seguridad y neutralidad en la zona de Tánger, el 27 de julio de 1925, Primo de Rivera recibió la visita del Mariscal Pétain —que había sucedido a Lyautey en el Marruecos francés— y juntos, en Tetúan, acordaron el plan de ataque conjunto.

 

Por el lado español, la principal operación a desarrollar, con apoyo francés, era el largamente previsto desembarco en la bahía de Alhucemas, para de esa manera romper en dos el espacio ocupado por Abd El Krim y sus fuerzas (véase mapa). Primo de Rivera se ocuparía personalmente de organizar la operación, y para llevarla a cabo dispondría de 46 buques de guerra (de los cuales ocho franceses) y 200 aviones. Además de barcos cisterna para agua potable, mulos porta-ametralladoras, vehículos de todas clases, armamento, municiones, y vituallas. El principal objetivo era ocupar una cabecera de playa que permitiera la inmediata maniobra de un cuerpo de ejército de unos 20.000 hombres.

 

El 28 de agosto, Francia inició la ofensiva terrestre en su zona. Y Primo de Rivera, en contra del parecer de sus consejeros, embarcó el 6 de septiembre en el acorazado Alfonso XIII, que puso rumbo a la bahía de Alhucemas, donde a pesar de lo que muchas veces se ha dicho, el desembarco distó mucho de ser un éxito inmediato, porque no estaba tan preparado como oficialmente se manifestaba. Paul Preston, en su biografía de Franco, lo expresa con mucha claridad: “No se hizo ningún esfuerzo por mantener las operaciones en secreto, ni durante la planificación, ni durante la noche del 7 de septiembre, cuando los barcos españoles arribaron a la bahía con las luces encendidas y las tropas cantando”.

 

 

Luego, como resultado del pobre reconocimiento hecho del terreno, las lanchas encallaron en los bajíos y bancos de arena, quedando demasiado alejadas de la costa como para que pudieran descender los carros de combate y los demás pertrechos. El agua tenía más de metro y medio de profundidad, y muchos soldados no sabían nadar. Los rifeños, atrincherados, abrieron fuego de inmediato.

 

El oficial de marina a cargo de las lanchas de desembarco informó por radio al alto mando de la flota, el cual ordenó retirarse a las naves. Pero Franco decidió que un paso atrás en ese momento afectaría a la moral de sus hombres y enardecería la de los rifeños. En consecuencia, hizo caso omiso de la orden y le dijo al corneta que diera la señal de atacar.

 

Los legionarios saltaron por la borda de sus embarcaciones, vadearon hasta la costa y establecieron con éxito la ansiada cabeza de playa. Ulteriormente, Franco fue convocado ante sus superiores para que explicara su acción, lo cual hizo basándose en el principio de que bajo fuego enemigo, el reglamento militar ofrecía a los oficiales un cierto grado de iniciativa.

 

Establecida la cabeza de playa, los abastecimientos de vituallas y municiones resultaban insuficientes para permitir el avance. La comunicación de nave a costa era muy deficiente, y el apoyo de la artillería resultaba limitado. Todo lo cual explica por qué transcurrieron dos semanas antes de que se diera la orden de avanzar más allá de las playas de Alhucemas, bajo el castigo de las baterías de morteros de Abd El Krim. Y otra vez fue la obstinación de Franco, la que hizo proseguir el ataque español, quien en esas acciones conquistó un protagonismo que presagiaba su futuro.

 

Las mieles del triunfo

La operación de Alhucemas, septiembre y octubre de 1925, y la perspectiva inmediata de la reduc­ción del foco rebelde rifeño, no sólo era el éxito tantas veces soñado, sino que además colocaban a Primo de Rivera ante una grave pregunta: ¿Qué política seguir en Marruecos una vez que militarmente quedase dominado? El consejo de Cambó en esa hora in­quietante para la dictadura era inevitable, o me­jor dicho, resultó completamente natural, y se hizo por vía epistolar, directamente al general:

 

"Por una de aquellas aparentes paradojas que se dan en la vida pública, usted y yo sostuvimos que España tenía que limitar al grado mínimo su acción en Marruecos, y ambos hemos tenido que rectificar en los dos momentos en que mayor cantidad de hombres y dinero ha habido que enviar a Marruecos. Y es que tanto usted como yo, hubimos de rendimos a la evidencia de que un Estado sin prestigio y un Ejército sin honor, no pueden vivir. Y a ambos no nos consentía ese sentimiento hacer otra cosa –yo, después del desastre de Annual, en 1921, usted, después del desastre del Lau, en 1924 [ya comentado en la cita de Sánchez del Arco del punto anterior de este mismo capítulo]—, que emprender una acción bélica ofensiva, culminada ahora con el desembarco de Alhucemas".

 

Así las cosas, la operación acabó por salir adelante, y pocas semanas después, ya con el triunfo asegurado, el 9 de noviembre de 1925, Primo de Rivera recibió un gran homenaje en Melilla. Inmediatamente después de lo cual, cedió la alta comisaría de España en Marruecos a Sanjurjo. En poco más de dos meses, se había progresado más que en catorce años, entre 1909 y 1923.

 

El nuevo alto comisario dirigió la ocupación de todo el protectorado. Para ello, recuerda Ricardo de la Cierva, impuso un cambio radical en la táctica frente a los rifeños: el territorio se iba ocupando paso a paso para no cederlo más, sin retiradas desesperantes. Sólo se admitía la sumisión según la regla inflexible “un hombre, un fusil”. Además, la relación con los jefes locales y el pueblo rifeño se vio facilitada al haberse comprobado que Abd El Krim no era un caudillo invencible. Se logró así que la mayoría de los moros notables pasaran a cooperar con las tropas ocupantes. A pesar de lo cual, la guerra aún necesitó de dos duras campañas, las de 1926 y 1927, con operaciones militares de elevado coste en vidas humanas.

 

El principio del fin se produjo el 27 de mayo de 1926, cuando Abd El Krim se entregó a las autoridades francesas, a las que prefería respecto a las españolas, por aquello de que éstas tenían algunas cuentas más que saldar con el Caudillo del Rif, sobre todo la de Annual. El 11 de agosto los españoles recuperaron Xauen. Y unas semanas más  tarde llegaron  a  Axdir,  cuartel general de Abd El Krim; contra el cual se lanzó la Legión el 2 de octubre de 1926 hasta lograr la rendición. En la primavera de 1927 se logró la extinción de los últimos focos de resistencia rifeña.

 

El dictador –dijo Antonio Ramos Oliveira— había prometido resolver el problema de Marruecos y lo cumplió. No como inicialmente había pensado, abandonando el territorio, sino con la gloria de la conquista: “La oligarquía jamás hubiera puesto fin a la guerra, y no porque, en muchos aspectos, le conviniera la perpetuación de la aventura, sino porque era irresoluta, y porque a pesar de tener el poder en sus manos, no era capaz de organizar nada”. Ni siquiera un acuerdo con Francia, lo que fuera de toda duda constituyó una de las claves de la pacificación del protectorado.

 

Dejamos aquí el tema hasta el próximo viernes, 8 de enero, y aprovecha el autor para felicitar 2021 a los lectores de Tribuna.com. Y como siempre, esos lectores podrán conectar con el propio autor a través del correo electrónico [email protected].

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